Condenar la política agresiva de Trump y Netanyahu no debe relativizar ni silenciar el terrorismo iraní.
Relativizar los abusos y violaciones de los derechos fundamentales, así como callar ante los crímenes contra la humanidad que vemos a diario, es un fenómeno que forma parte de nuestra realidad cotidiana. Lo observamos en los medios de comunicación y redes sociales, en una academia cada vez más ideologizada y empobrecida y hasta en las conversaciones dentro de nuestro entorno cercano.
Generalmente, esta relativización se hace sutilmente, o para ser más preciso, solapadamente. Se recurre a la técnica del “empate”, esa que consiste en reconocer que un hecho es condenable, pero agregar otro comparable; como si el oprobio requiriera de una romana que lo equilibre. El otro recurso es utilizar ese ambiguo “sin embargo” que acompaña la condena, argumentando exclusas o un contexto que explicaría lo abominable, sin tomar una posición de principio sobre el hecho o situación.
Estos últimos días, casi todos los sectores reprobaron la miserable encerrona de algunos estudiantes de la universidad a Valdivia a la ministra Lincolao. Pero hubo organizaciones estudiantiles y “juventudes” de partidos políticos que, en sus respectivas declaraciones, agregaron ese “sin embargo” al que nos referimos. “Lo ocurrido no justifica criminalizar el legítimo derecho a expresarse” (sic) —afirmaron—; como si la agresión formara parte de una expresión legítima. Después, el silencio de quienes acostumbran a manifestarse a la primera ocasión que se presenta no hizo otra cosa que tratar de ocultar lo repugnante.
Esta relativización, que muchas veces esconde una aceptación de hechos o situaciones deleznables, es preocupante y amerita nuestra atención. Lo que debiera ser repudiado por ser contrario a normas y moral, es a veces atenuado de tal forma que se termina por normalizarlo.
Lo mismo sucede en los escenarios interraciales, donde los fenómenos son procesados únicamente en función de los intereses de grupos de poder o de presión, excluyendo normas y principios.
En el actual conflicto que tiene como teatro de operaciones al Oriente Medio, el silencio y el relativismo son parte de una estrategia. La confusión reina y, “a río revuelto”, no solo hay ganancia de pescador, sino que “quien pestañea pierde”.
La estrategia de desinformación, en la que la mentira, el silencio y el relativismo están insertos, se encuentra en el poder mediático y es tan fuerte, que los expertos no cuentan con elementos incuestionables de análisis, mientras las bolsas juegan con descaro, causando las consecuencias que conocemos.
El poder de los ayatolás
En columnas anteriores hemos condenado, sin reservas ni excusas, tanto el actuar del gobierno de los EEUU como el de Israel, destacando la responsabilidad de ambos frente a los crímenes atroces cometidos.
Pero convengamos en que ni Trump ni Netanyahu —por inhumanos que sean sus procederes— están al origen del conflicto. Los gobernantes de la República Islámica de Irán no han sido ni son una víctima de esta guerra; muy por el contrario, son quienes, simplemente, han generado el drama que hoy trasciende a su territorio e impacta al mundo en su conjunto.
Cuando el islamismo chií derrocó al Sha, Mohammad Reza Pahlavi, en 1979, dos fueron los países que pasaron a ser los enemigos de los ayatolás: Los Estados Unidos, por su apoyo al exdictador persa, e Israel, estigmatizado como el Estado sionista, por un sinnúmero de razones, pero, principalmente, por el antisemitismo propio de los movimientos integristas musulmanes, sean estos chiíes o sunitas. Mientras en las calles de Teherán se quemaban las banderas del primero y tomaban como rehenes a sus diplomáticos, se hacía oficial el discurso de “borrar del mapa” al Estado de Israel.
Una alianza geopolítica “antiimperialista” fue entonces impulsada por el régimen iraní, agrupando a varios Estados de Oriente Medio. Esta fue uniendo a otros países, cuyos intereses convergían puntualmente con los de la dictadura islámica, como Rusia, Cuba, Venezuela, y contó con el apoyo explícito o silencioso de movimientos de izquierda a nivel mundial.
Sabemos que es el régimen iraní el que creó y financió las milicias de Hezbolá (Partido de Dios) en el Líbano, destruyendo de paso un Estado de frágil equilibrio político, y el que ha financiado a los terroristas de Hamas en Gaza y a los hutíes de Yemen, todos con el mismo propósito de destruir Israel, hasta hacerlo desaparecer.
A este actuar permanente dentro de su entorno cercano, se agregan actos terroristas desplegados en Europa, o hasta en Argentina, y, por cierto, la represión contra su propio pueblo desde hace casi cinco décadas. Una dictadura oscurantista que relega a las mujeres a la esclavitud y acalla toda disidencia con la cárcel o la horca. No son solo los actuales bombardeos los que han dado muerte a miles de iraníes, sino, sobre todo, la represión de los barbados carceleros islámicos.
Una amenaza global
Hace unos días, un destacado académico me envió un video con una intervención del presidente Lula, en la que condenaba las acciones de Donald Trump en Irán. Lo hacía con fuerza, y sus argumentos eran emotivos y sólidos. Pero hubo un punto —y no menor— en que discrepamos con mi amigo académico. Lula decía que Irán no buscaba poseer el arma nuclear y que las acusaciones a este respecto eran una falacia. Y es aquí, justamente, donde la relativización se vuelve peligrosa y cómplice.
Cuando la comunidad internacional constató que Irán se encontraba en un proceso acelerado de enriquecimiento de uranio, el que podía conducir a la creación de una bomba nuclear, se le impusieron sanciones. Ello obligó a la dictadura chií a sentarse a dialogar con la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y luego a largas negociaciones con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania y la UE. Las sanciones fueron alzadas en el 2015.
Sin embargo, Irán se negó permanentemente a las inspecciones previstas en el acuerdo; luego aceptó algunas, pero limitadas. Esto hizo que Estados Unidos se retirara del acuerdo conocido como JCPOA (Plan de Acción Integral Conjunto), firmado en Viena. La voluntad de Irán de obstaculizar el proceso ha sido evidente y ha durado mucho.
Nos encontramos en presencia de un Estado que pretende poseer el arma nuclear en total violación del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) de 1968 y de la normativa ulterior que lo completa.
Condenar entonces la política agresiva de Trump y Netanyahu no debe relativizar ni silenciar el terrorismo iraní. En otras palabras, en este complejo asunto, la lucha no es entre buenos y malos, y la desinformación no debe alejarnos de algunos básicos principios que la razón impone: El primero, la prohibición de la guerra y de su corolario de crímenes.
Volver a la razón parece ser la meta; ver más allá de la consigna, denunciar la manipulación de la información y el relativismo que encubre, ya que de tanto callar frente al oprobio, corremos el riesgo de terminar por aplaudirlo.
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