Una política exterior que funciona como un acto de ilusionismo: ahora está, ahora no está y, nadie explica el truco.

En las últimas semanas, Chile ha sido escenario de una curiosa innovación en política exterior: la diplomacia imaginaria. No se anuncia, no se explica, no se asume…pero ocurre. Y cuando ocurre, sus efectos son bien reales.

Nadie informó oficialmente que Israel participaría en FIDAE 2026. No hubo comunicado, no hubo vocería, no hubo decisión transparente. Simplemente, un día apareció en la página web de la feria el nombre de una empresa estatal israelí, Israel Aerospace Industries. Así, sin contexto ni explicación, como si se tratara de un detalle irrelevante y no de una definición política de alto impacto.

Fue la Comunidad Palestina de Chile la que encendió la alerta. A través de un comunicado público, dejó en evidencia lo que hasta entonces se mantenía en silencio. A esa denuncia se sumó rápidamente la presión de la sociedad civil, que no solo expresó su rechazo, sino que incluso comenzó a organizar movilizaciones. Y entonces, tan súbitamente como había aparecido, la empresa israelí desapareció del sitio web de FIDAE. Otra vez, sin explicación.

Una política exterior que funciona como un acto de ilusionismo: ahora está, ahora no está y, nadie explica el truco.

Pero el episodio no terminó ahí. Mientras en Chile la participación se desvanecía sin que nadie diera la cara, la embajada de Israel en nuestro país publicaba en redes sociales contenidos que afirmaban o sugerían su presencia en la feria.

Imágenes, mensajes, gestos comunicacionales que buscaban instalar una narrativa completamente distinta a lo que realmente estaba ocurriendo. Incluso vimos al embajador posar en la inauguración, instalado en la testera como quien forma parte del evento…aunque nunca tuvo intervención alguna. Una escena incómoda, casi penosa, pero sobre todo reveladora.

Porque ya no se trata solo de confusión. Se trata de construir una realidad paralela.

Y si aún quedaban dudas sobre la naturaleza de esta relación, la propia embajada de Israel en Chile se encargó de despejarlas. En una publicación en redes sociales, destacó que su industria militar se caracteriza por ser “combatproven”, es decir, probada en combate en escenarios reales en los últimos años, ofreciendo esas capacidades como una oportunidad de cooperación con Chile.

La frase no es técnica. Es brutalmente explícita. Porque esos “escenarios reales” tienen nombre y rostro: son los territorios palestinos ocupados, es Gaza, es una población civil sometida a bombardeos, desplazamiento y violencia sistemática.

No se trata entonces de una industria cualquiera, ni de una simple relación comercial. Se trata de tecnología desarrollada, perfeccionada y validada en contextos de ocupación y de un genocidio en curso. Y lo más inquietante no es solo que eso ocurra, sino que se diga con orgullo, como si fuera un atributo de calidad.

Cuando una industria bélica se jacta de haber sido probada sobre población civil, el debate deja de ser político o diplomático. Se convierte, inevitablemente, en un juicio moral.

Como si esto fuera poco, desde Israel, el canciller Gideon Sa’ar agradecía públicamente a Chile por retirarse de un grupo internacional del que nunca ha sido parte. No es una interpretación discutible ni una diferencia de matices: es simplemente falso. Pero se dijo igual, se publicó igual, y se dejó circular como si los hechos fueran opcionales.

En paralelo, el embajador de Israel en Chile decidió elevar aún más el tono, protagonizando una interpelación pública, agresiva e impropia contra Juan Gabriel Valdés, excanciller y diplomático de larga trayectoria. No se trató de un debate de ideas, sino de un ataque directo, impropio de cualquier estándar diplomático. Más allá de las posiciones políticas, lo ocurrido constituye una falta de respeto evidente hacia un compatriota y, por extensión, hacia el país.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué está pasando?

Porque cuando un mismo actor instala información falsa, proyecta presencias inexistentes y además se permite agredir públicamente a figuras chilenas, ya no estamos frente a episodios aislados. Estamos frente a un patrón. Un patrón de desinformación, de presión comunicacional y de desprecio por las formas más básicas de la diplomacia. Y frente a eso, el silencio del gobierno no es neutral. Es una señal.

Chile ha construido su política exterior sobre la base del respeto al derecho internacional, del multilateralismo y de la seriedad institucional. No es casualidad: es una necesidad para un país que depende de reglas claras en el sistema internacional. Pero esos principios se vacían de contenido cuando no se defienden en la práctica.

Porque la soberanía no se ejerce solo en discursos. Se ejerce cuando se fijan límites. Cuando se exige respeto. Cuando se dice, con claridad, que en Chile no se viene a instalar mentiras ni a insultar a nuestros compatriotas.

Si no somos capaces de hacerlo, entonces conviene asumirlo con honestidad: no es solo la diplomacia la que se vuelve imaginaria. Es también nuestra propia capacidad, o incapacidad, de hacernos respetar.