Ucrania no pide a nadie elegir entre religión y política. Lo que proponemos es distinguir claramente entre la auténtica labor espiritual y los intentos de instrumentalizar la fe para fines geopolíticos.
La guerra de Rusia contra Ucrania no se libra únicamente con misiles, tanques y drones. También se libra mediante palabras, símbolos, proyectos culturales, iniciativas aparentemente humanitarias y redes de influencia construidas durante años mucho más allá de las fronteras rusas. Lo que a menudo se denomina como “el poder blando” se ha convertido, en manos del Kremlin, en una herramienta de influencia política, desinformación y justificación de la agresión.
América Latina no es una excepción.
Durante los últimos años hemos observado cómo Rusia utiliza centros culturales, organizaciones sociales, plataformas mediáticas y estructuras religiosas para promover narrativas favorables a sus intereses. Su objetivo es claro: presentar al agresor como víctima, cuestionar el derecho de Ucrania a defenderse, sembrar desconfianza hacia las instituciones democráticas y generar una percepción favorable hacia las políticas autoritarias del Kremlin.
Un lugar particular dentro de este sistema lo ocupa la Iglesia Ortodoxa Rusa. No se trata de cuestionar la fe ni el derecho de las personas a profesar cualquier religión. Ucrania, incluso en las condiciones más difíciles de la guerra, continúa garantizando plenamente la libertad de conciencia y de culto.
El problema surge cuando determinadas estructuras religiosas son utilizadas como instrumentos políticos.
La historia demuestra que este fenómeno no es nuevo. En distintas épocas, instituciones religiosas han sido utilizadas por estados y movimientos políticos para legitimar proyectos de poder, movilizar a la población o encubrir actividades que poco tenían que ver con la misión espiritual que decían representar.
En tales casos, cualquier cuestionamiento sobre sus actividades era presentado como un supuesto “ataque a la fe” o una “persecución religiosa”, desviando la atención de los hechos concretos que motivaban la preocupación pública. Precisamente por ello, en las democracias modernas resulta fundamental distinguir entre la libertad religiosa —que debe ser protegida sin reservas— y el uso instrumental de estructuras religiosas para fines políticos, ideológicos o de influencia extranjera.
El patriarca Kirill de Moscú ha respaldado públicamente la agresión rusa contra Ucrania y ha contribuido a otorgarle una justificación pseudoespiritual, por lo cual está sujeto a sanciones por parte de algunos países europeos. Por ello, cada vez más democracias observan con atención las actividades de determinadas organizaciones vinculadas a la Iglesia Ortodoxa Rusa, especialmente cuando la labor religiosa se entremezcla con campañas de influencia política y desinformación.
Según relatos periodísticos, en varios países de América Latina, incluido Chile, en las sedes parroquiales de dicha iglesia se realizan con frecuencia eventos destinados a difundir narrativas promovidas por el Estado ruso, popularizando el concepto del llamado Russkiy Mir (“mundo ruso”) y promoviendo las posiciones del Kremlin respecto de la guerra contra Ucrania.
La estrategia rusa de influencia hace tiempo que superó los límites de la diplomacia tradicional. Abarca festivales culturales, programas educativos, intercambios juveniles, actividades conmemorativas e iniciativas religiosas. Con frecuencia estas acciones se presentan como apolíticas. Sin embargo, detrás de una aparente “neutralidad” suele encontrarse un esfuerzo sistemático para promover la ideología del denominado “mundo ruso”, un concepto que ha servido como uno de los fundamentos ideológicos de la agresión armada contra Ucrania.
Por ello, la comunidad internacional presta cada vez más atención no solo a las amenazas militares, sino también a las herramientas informativas, culturales y religiosas utilizadas para proyectar influencia política.
Ucrania invita a sus socios a analizar estos procesos con objetividad y responsabilidad. Las sociedades democráticas tienen derecho a conocer quién financia iniciativas concretas, qué mensajes transmiten y si determinadas plataformas culturales, sociales o religiosas están siendo utilizadas para promover los intereses de un Estado que ha desencadenado la mayor guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
La protección de la democracia comienza con la transparencia.
Ucrania no pide a nadie elegir entre religión y política. Lo que proponemos es distinguir claramente entre la auténtica labor espiritual y los intentos de instrumentalizar la fe para fines geopolíticos.
La libertad religiosa es uno de los valores fundamentales del mundo democrático. Pero también lo es el derecho de las sociedades a protegerse frente a la desinformación, la manipulación y las formas encubiertas de injerencia extranjera.
Esta discusión ya no concierne únicamente a Ucrania. Concierne a todas las democracias que aspiran a preservar su libertad, su soberanía y la integridad de su espacio público frente a quienes buscan utilizar la cultura, la religión y la información como herramientas de influencia política.
Porque la libertad no solo se defiende en los campos de batalla. Esa defensa también se realiza en el terreno de las ideas, de la verdad y de la transparencia.
Enviando corrección, espere un momento...
