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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Estados Unidos reconoció desplegar armas de control espacial en órbita, marcando un hito en la carrera espacial para defenderse de amenazas. El anuncio plantea interrogantes sobre la militarización y la contaminación por satélites. El astrónomo Rodrigo Herrera Camus advierte sobre el impacto de la proliferación de satélites en la astronomía. La falta de regulación internacional en el espacio, incluidos los residuos espaciales, genera preocupación.

El anuncio de Estados Unidos, el lunes pasado, marcó un punto de inflexión en la carrera espacial: por primera vez, ese país reconoció que ha desplegado armas de control espacial en órbita. Según el secretario de la Fuerza Aérea estadounidense, Troy May, esta capacidad está destinada a defender a las fuerzas estadounidenses frente a acciones hostiles de adversarios.

El reconocimiento oficial de algo que hasta ahora era solo una sospecha abre interrogantes sobre qué está ocurriendo realmente más allá de nuestra atmósfera, un espacio que carece de regulación actualizada y que enfrenta amenazas desde la militarización hasta la contaminación por satélites comerciales.

En conversación con Bío Bío, Rodrigo Herrera Camus, astrónomo de la Universidad de Concepción y director del Núcleo Milenio de Galaxias, advierte sobre una doble amenaza: la militarización del espacio y la proliferación descontrolada de satélites que amenaza con hacer imposible la observación astronómica.

La confirmación de las armas espaciales

—¿Cuál es el panorama hoy día de la órbita terrestre? Con esta noticia de Estados Unidos nos enteramos de que no solo hay satélites y chatarra, sino que también hay armas circulando. ¿Es algo novedoso o ya se sospechaba en el mundo científico?

Ciertamente, era una sospecha, por el alto nivel de inversión que siempre ha tenido Estados Unidos en empresas armamentistas. Pero es la primera vez que se admite de forma pública que Estados Unidos tiene armas orbitando nuestra Tierra. No se especificó qué tipo de armas y eso queda abierto a la especulación. Pero, claramente, esto era una sospecha y no con Estados Unidos, sino también de otras potencias como China, en relación a lo que puedan estar intentando hacer en términos armamentistas en el espacio y que en el futuro puede ser en otros lugares como la Luna, por ejemplo.

—¿El mundo científico mira esto de qué manera? ¿Está enterado? Porque me imagino que para desarrollar este tipo de armas hay científicos que están detrás. ¿Esos científicos que participan de estas tareas militares tienen vínculo con la academia? ¿Hay información que circula?

Por supuesto. Generalmente, la formación de muchos de los científicos que trabajan en este tipo de industria armamentista en Estados Unidos es gente que se formó en la academia, en la ciencia, y que después termina trabajando para grupos que desarrollan armamento. Generalmente, una vez que empiezas a trabajar, por ejemplo, para el Pentágono o para contratistas trabajando para el Pentágono, ya no puedes hablar de esos temas. Yo estudié en Estados Unidos mi doctorado, tengo muchos amigos que comenzaron a trabajar para este tipo de empresas y nunca más me han podido contar qué es lo que están haciendo. Pero puedo decir que uno tiene la formación para poder construir este tipo de satélites o armas que se despliegan en el espacio, tal como lo está admitiendo por primera vez Estados Unidos.

—¿Qué arma espacial podría desarrollar la tecnología actual?

Lo primero es entender que como hay un tratado que prohíbe el uso de armas nucleares en el espacio, por lo tanto uno esperaría que Estados Unidos esté respetando ese tratado, y que lo que haya no sean armas nucleares. Dicho esto, uno podría imaginarse armas que permitieran, por ejemplo, interceptar cohetes que puedan atravesar continentes, por ejemplo de Rusia o China, que pudieran apuntar a Estados Unidos. O armas que pudieran destruir satélites claves de Rusia o China. Hoy día sabemos que los satélites son súper importantes para poder desarrollar una guerra. Y tener la capacidad de poder destruir satélites de otros países es algo altamente valorado. En esa línea, han habido pruebas. Estados Unidos y China han hecho pruebas, por ejemplo, de destruir satélites que son sus propios satélites, para demostrar que tienen la tecnología, pero uno se podría imaginar que perfectamente lo podrían hacer con satélites de otros países.

—¿Hay algún antecedente de que algún país haya destruido el satélite de un adversario?

No, no hay antecedentes de eso hasta el momento. Solo satélites propios para demostrar que tienen la capacidad.

—¿Qué porcentaje de satélites crees tú que están destinados a materias de defensa?

Esa es una pregunta superdifícil de contestar. Nosotros, los astrónomos, hacemos observaciones del cielo, por ejemplo el telescopio Rubin hace observaciones del cielo y podemos ver satélites. Pero muchos de estos satélites que vemos, simplemente no sabemos qué rol están cumpliendo en el espacio. Son cosas y materias que se mantienen en secreto. Podemos ver estos satélites pasar, pero no necesariamente sabemos qué tipo de satélites son. Esta información es altamente confidencial. Como astrónomos es como si pudiéramos mirar por sobre la pared, pero no tenemos más información al respecto.

La amenaza de los millones de satélites

—¿Cuántos satélites hoy día están circulando? ¿Hay alguna cifra exacta?

No hay cifras exactas, pero ahora que existe esta nueva tecnología para poder desarrollar, por ejemplo, estos trenes de satélites como Elon Musk con Starlink o Jeff Bezos que está comenzando su propio proyecto, estamos hablando de millones de satélites que van a estar orbitando la Tierra. Ahora, la mayoría de estos tienen objetivos como conectividad a Internet, monitoreo de la Tierra, etc. Quiero aprovechar para decir que para nosotros, los astrónomos, este es un gran problema. Por ejemplo, aquí desde Chile, donde tenemos los cielos más privilegiados para hacer astronomía, siempre estamos luchando contra la contaminación lumínica. Pero ahora se levanta esta nueva amenaza, de millones de satélites orbitando la Tierra, y ahí nosotros, por más que nos esforcemos en disminuir la contaminación lumínica en Chile, no tenemos cómo combatir contra Bezos, contra Musk y todos estos titanes que quieren llenar de satélites el espacio. Es súper difícil.

—¿Esos satélites interfieren en las observaciones que ustedes hacen? ¿Son capaces de molestar?

Molestan, molestan. Hay estudios que ha hecho el Observatorio Europeo Austral que demuestran que en el futuro, si tú ves los trenes de satélites que tienen planificados tanto Amazon como Starlink, van a afectar 30% a 40% de las observaciones que hacen observatorios de alta tecnología como el Vera Rubin, que está en La Serena. Entonces estamos hablando de un gran impacto. Y no sólo eso, este año Estados Unidos aprobó lanzar un satélite que es un espejo de 18 por 18 metros que va a iluminar zonas oscuras reflejando el sol. Quieren enviar miles de esos. Cuando eso ocurra, la luminosidad del cielo, el brillo del cielo, va a aumentar en un 30% o 40%. Eso afectará la capacidad de mirar el universo. Como astrónomo, es muy frustrante, porque mientras estamos dando la pelea por mantener cielos prístinos en el norte de Chile, pareciera que esta carrera espacial nos va a dejar fuera de liga, y eso es supercomplicado.

—¿Se nota el aumento de la presencia de objetos en la atmósfera terrestre desde las observaciones que se hacen desde Chile?

Por supuesto que se nota. De hecho, hay imágenes superinteresantes, que son muy metafóricas, porque muestran literalmente como tú ves una estrella y ves los trenes de satélites pasar como que fueran la reja de una celda, porque al estar en movimiento, en nuestras observaciones estos satélites que pasan dibujan líneas en nuestras imágenes. Literalmente, es como que estuvieran encerrando a las estrellas en una especie de prisión satelital. La gente podrá pensar que esto es muy romántico y que le estoy poniendo color, pero la verdad es que las capacidades que tenemos en el norte de Chile para hacer observación astronómica son únicas en el mundo. Es como que los ojos de la humanidad estuvieran aquí. Si nosotros no protegemos esto, vamos a estar perdiendo la capacidad que tenemos como humanidad de explorar el cosmos del que venimos. Creo que son cosas fundamentales que tenemos que cuidar.

—Hay una Oficina de Residuos Espaciales de la Agencia Espacial Europea que señala que, en promedio, por día, más de tres satélites o cuerpos de cohetes intactos reentran en la atmósfera terrestre, pero se lanzan 10 nuevas cargas útiles. Para un ciudadano común es sorprendente.

Exactamente. Antes, para lanzar algo al espacio, tenías que hacerlo a través de los países. Hoy en día hay empresas privadas como SpaceX. Y en el futuro van a seguir aumentando estas empresas privadas capaces de lanzar cosas al espacio. Va a ser un acuerdo entre privados. Ya no tendré que ir a hablar con la NASA, con la ESA en Europa, puedo hacer un trato directo con Elon Musk y que me envíe al espacio lo que yo quiera enviar. Es un cambio exponencial y esto está gritando que necesitamos regular, que necesitamos proteger nuestro cielo.

El vacío de regulación internacional

—¿Hay alguna regulación del espacio, de la órbita, de la atmósfera?

No hay, y ese es el gran problema. El único tratado que tenemos es de 1967 y regula básicamente que no pueden haber armas nucleares en el espacio. Tanto China como Rusia han tratado de actualizar este tratado para que diga que no puede haber ningún tipo de arma en el espacio. Estados Unidos se opuso. Después, Estados Unidos con Japón, en 2024, presentaron una nueva propuesta para reforzar que no hayan armas nucleares, pero dejaba abierta la puerta para que haya otro tipo de armas en el espacio. Lamentablemente, hasta el día de hoy no hay un consenso ni una nueva actualización de algo que tenemos de 1967, cuando no existía la tecnología que existe hoy.

—Por lo tanto, es un tratado que está absolutamente obsoleto…

Obsoleto, totalmente. Hoy día no hay regulación. Tampoco hay regulación respecto a la Luna. O sea, hay una carrera para quién llega a la Luna, quien llega al polo sur de la Luna, quién va a acceder a esos recursos y formar una base, de quién son los minerales que hay en los asteroides, de quiénes son los recursos que están en la Luna. Ese tratado no está hecho para las necesidades o la tecnología que existe hoy en día. Y tampoco hay regulación respecto a esta infinidad de satélites que circulan en nuestra órbita, muchos de los cuales quedan obsoletos, se transforman en basura e interfieren, entre otras cosas, en la observación. Eso no está regulado. No hay ningún consenso de qué hacer con toda esta chatarra que se está instalando en la órbita terrestre.

—¿No hay consenso sobre los residuos espaciales?

No hay consenso y, de hecho, mientras hay algunos países que son más cuidadosos, tienen más recursos y más tecnología para poder hacer que estos cuerpos desciendan, se quemen en la atmósfera, hay otros países que simplemente confían en que esto va a caer en el Océano Pacífico porque es suficientemente grande y no va a causar ningún daño. Hay una falta de regulación bastante grande. Cuando tengamos un millón de satélites orbitando la Tierra ya va a ser demasiado tarde para seguir haciendo investigación como la que hacemos hoy desde el norte de Chile.

—Más allá de lo positivo que ha sido Starlink para la conectividad de muchas comunidades que estaban aisladas en el planeta, ¿se puede encontrar un balance?

Mira, yo escribí una columna porque tenemos que encontrar ese balance. Starlink hace un gran trabajo para poder entregar conectividad. Es lo mismo que podríamos pensar en el norte de Chile. Yo creo que pueden convivir las mineras con los telescopios, solo que tenemos que sentarnos en la mesa, conversar cómo lo vamos a hacer para que ambas cosas que benefician en este caso al país, puedan funcionar de manera conjunta.

—Mirando más allá de nuestra atmósfera, a partir de las observaciones, ¿qué es el universo? Un científico como tú, que mira el universo, ¿a qué se enfrenta? ¿Qué preguntas o interrogantes te generan?

La pregunta más importante del Núcleo Milenio que lidero en Concepción es precisamente entender cómo se formaron las galaxias. Porque, por ejemplo, con el Rubin, tú tomas una imagen del universo y todas las galaxias se ven distintas, distintos colores, distintas formas, pero todo viene de un origen común, el Big Bang. ¿Qué pasó entre medio? ¿Cómo se formó nuestra galaxia? ¿Qué se formó primero? ¿Por qué tiene brazos, espirales? Son preguntas abiertas que tratamos de entender, porque cuando entendemos esto, de alguna manera entendemos nuestro origen, la composición química de nuestros huesos, de nuestra Tierra, todo está ligado al estudio del universo y también la materia oscura, por ejemplo. Son grandes incógnitas que todavía están abiertas. Y la respuesta a estas preguntas fundamentales de la física van a venir de la exploración del espacio. Es muy difícil poder conseguirlo aquí en laboratorios terrestres. Entonces no podemos perder nuestra capacidad de mirar el cielo, porque perdemos la posibilidad de hacernos estas preguntas fundamentales y buscar sus respuestas.