El próximo 4 de octubre será la primera vuelta presidencial en Brasil. Tras las elecciones de Perú y Colombia, los comicios serán relevantes para la izquierda latinoamericana y volverán a desarrollarse en un escenario polarizado.

Luiz Inácio Lula da Silva llega a la elección con 80 años y sin un sucesor claro en el Partido de los Trabajadores (PT). Según la encuestadora Datafolha, Lula cuenta con un 47% de aprobación personal, pero solo un 32% evalúa su gobierno positivamente. Lula pertenece a una generación de dirigentes de izquierda formada cuando los sindicatos eran uno de sus principales espacios de organización política. Esa trayectoria puede ser una fortaleza, pero también una limitación ante electores jóvenes y distantes de sus primeros gobiernos.

En comicios recientes, las figuras presentadas como ajenas a la política tradicional han ganado protagonismo. Lula no puede presentarse como un outsider, pero su campaña intenta recuperar la imagen del dirigente sindical que enfrentaba a las élites y denunciaba las injusticias sociales. Para muchos electores, esa trayectoria ya es historia. La estrategia busca reducir el peso de su condición de presidente y proyectar una imagen más irreverente en las redes sociales.

En la derecha, las principales encuestas sitúan al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, como el rival más probable de Lula en una eventual segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre. También destaca el crecimiento del escritor Augusto Cury, quien disputa el tercer lugar en una elección con 13 candidaturas.

Independientemente de quién gane, la gobernabilidad será uno de los principales desafíos. Brasil cuenta con una veintena de partidos representados en la Cámara de Diputados, por lo que el próximo presidente deberá construir una coalición amplia.

A ello se suma el presupuesto impositivo -establecido en 2015-, que obliga al Ejecutivo a ejecutar determinadas enmiendas parlamentarias. El mecanismo aumentó la capacidad del Congreso para decidir sobre el gasto federal y redujo uno de los recursos utilizados tradicionalmente por el Ejecutivo para negociar apoyo legislativo.

Lula deberá convencer a los brasileños de que un nuevo mandato sería preferible al regreso del bolsonarismo. Sin embargo, a diferencia de 2018, ese sector ya no puede recurrir con la misma claridad a la carta del outsider. Flávio no posee el carisma de su padre y su trayectoria resulta inseparable de él. En otro escenario, el candidato del bolsonarismo podría haber sido Tarcísio de Freitas, de São Paulo, mientras Romeu Zema, de Minas Gerais, representa una alternativa dentro de una derecha más amplia.

Una victoria de Lula permitiría a la izquierda conservar el gobierno del país más poblado de América Latina, en un momento de avance de candidaturas de derecha. Junto con Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay, su continuidad ofrecería un contrapeso a esa tendencia. Un triunfo de Flávio Bolsonaro, en cambio, reforzaría la interpretación de un giro regional hacia la derecha, aunque también podría leerse como otro episodio de castigo a los oficialismos.

Hugo Jofré
Investigador asociado Instituto Libertad

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile