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Sara Soto Martinich destacó por su calidez y labor profesional en el Hospital Calvo Mackenna y la Casa Nacional del Niño. Durante más de 40 años, influenció a generaciones de médicos en cuidados intensivos pediátricos. En un contexto de alta complejidad, se destacó por su dedicación y empatía hacia niños y familias vulnerables. Su compromiso ético y humano dejó un legado en la protección infantil y la medicina chilena. Reconocida por el Colegio Médico, su ausencia deja un vacío en el sistema de salud.
“Sarita sufría mucho con el frío, cosa que llamaba mucho la atención para alguien oriunda de Punta Arenas. Por eso y otras cosas, ella se definía a sí misma como una sureña rara”, recuerdan con simpatía quienes convivieron a Sara Soto Martinich.
Sara Soto Martinich hizo de la calidez el mejor tratamiento de cientos de niños y niñas que pasaron por el Servicio. Un calor que irradió en otros a través de su impecable labor profesional. Un rasgo difícil de separar de su meritorio desempeño como intensivista en el Hospital Calvo Mackenna. Y, además, en su rol fundamental como una de las médicas dentro de la Casa Nacional del Niño.
Casa Nacional del Niño y Hospital Luis Calvo Mackenna
La Casa Nacional del Niño fue fundada en 1761 bajo el nombre de “Casa de Expósitos”. Sirvió para acoger a los lactantes abandonados en los célebres “tornos” donde las madres abandonaban, de forma anónima, a sus bebés. Luego surgió, en 1942, el Hospital Luis Calvo Mackenna en lo que fuese la Chacra Chacón en Providencia.
El reconocido hospital de niños pasó de ser un asilo tradicional a convertirse en un centro médico pedagógico y pediátrico de vanguardia. Allí, la doctora Sara Soto destacó por su desempeño en la Unidad de Tratamientos Intensivos influyendo en varias generaciones de médicos.
Como parte de su vocación por el cuidado infantil, la doctora llegó a la Casa Nacional en 1991, mientras, en paralelo, completaba turnos en el Hospital. Eran los años del paso desde la antigua Corporación de Ayuda al Menor, CORDAM, al Servicio Nacional de Menores (SENAME). Esta repartición, décadas más tarde, daría paso al actual Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia.
Por entonces, las residencias operaban como Centros de Observación y Diagnóstico (COD) o Centros de Tránsito y Distribución (CTD). Estaban formadas por funcionarios que comenzaban a visibilizar las vulneraciones de derechos tras años de postergación institucional. Así lo explica Rosario Zepeda, actual psicóloga de Casa Nacional en Ñuñoa, parte de la red del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia.

Cuidados y afectos de alta complejidad
“Sarita era por lejos la funcionaria que llevaba más años en toda la Casa Nacional. Tenía más de 40 años de servicio aquí y ella vivía para su trabajo con los niños. Tanto acá como en el Hospital Calvo Mackenna. También hacía clases en la Universidad Mayor, pero para ella la Casa Nacional era su adoración y siempre dio todo de sí por mejorar la vida de los niños y sus compañeros desde su profesión. Estaba a diario con nosotros, muchas veces más allá de sus turnos. Tenía todos los espacios para dedicarse exclusivamente a la medicina, pero siempre privilegió su trabajo en la Casa Nacional y la atención de los niños más vulnerados”, agrega Rosario Zepeda.
Cuando el Hospital convivía con la Casa Nacional, el 60% de los niños ingresados padecían patologías de alta complejidad, cardiopatías congénitas, secuelas por consumo de sustancias durante la gestación o síndromes genéticos de baja frecuencia.
El doctor Osvaldo Artaza, ex Ministro de Salud y antiguo director del Hospital Calvo Mackenna, trabajó con la doctora Soto durante ese tiempo. Recuerda que “en aquellos años, que una pediatra apoyara en la Casa Nacional era sumamente complejo. Desde una perspectiva académica o profesional. Ya que no era una labor «atractiva», por decirlo así. Era un lugar de mucha precariedad social y material, donde solo se podía permanecer desde un nivel de compromiso humano superlativo. Eso refleja con claridad el tipo de persona que fue la doctora Soto”, explica.
En ese escenario era donde más destacaba la humana dedicación de la Dra. Soto, coincide María Cristina Rojas, ex directora de la Casa Nacional y gran amiga de ella. “Nosotros estábamos insertos en la parte posterior del Hospital y nos tocaba ver los casos más complejos que te puedas imaginar: desde niños recién trasplantados de riñón hasta enfermedades neurológicas severas; cosas terribles que Sarita siempre veía más allá del compromiso profesional como doctora, donde brillaba extraordinariamente. Todos confiábamos plenamente en sus diagnósticos y recomendaciones”. Tanto Rojas como Zepeda coinciden en que la doctora tenía un ojo clínico privilegiado.
Doctores de antes
“Era una de esos típicos doctores de antes, que no necesitaban montones de exámenes para recién entregar un diagnóstico. Yo creo que ella, como pediatra, llegó a ver a la totalidad de los hijos de las funcionarias de la Casa Nacional. Incluso a mis nietos. Ella generaba mucha confianza por su experiencia y su trato con los niños”, recuerda María Cristina Rojas.
Esos pacientes y sus tutores se encontraban con una profesional muy acogedora. “Encantadora”, añade Rojas. “Nunca vi un niño o niña que se resistiera a sus examinaciones. Tal era su cercanía y el grado de afecto que proyectaba. Algo muy diferente a ese trato frío y distante que se suele ver por estos días por parte de algunos médicos”.
En la misma sintonía, Artaza continúa destacando las virtudes de la médica que también lo marcó como profesional y maestra: “Desde el punto de vista profesional, Sarita fue una pediatra excelente: dedicada, comprometida y profundamente meticulosa. En su trabajo cotidiano generaba e irradiaba cercanía, calidez y una enorme empatía, tanto hacia los niños y sus familias como hacia todo el equipo de salud, incluyendo médicos, enfermeras y personal técnico”.
“Ella, por ser mayor que mi generación, fue de las primeras mujeres en dedicarse a los cuidados intensivos pediátricos en Chile. Fue una pionera en el desarrollo de una especialidad que en ese momento era incipiente, y de quien aprendimos muchísimo todos los médicos que veníamos detrás”, agrega el actual decano de la Facultad de Salud y Ciencias Sociales de la Universidad de las Américas.
Una escuela para la medicina
El pasado mes de diciembre, en el Día del Médico; el Colegio Médico de Chile participó de un reconocimiento a los doctores y doctoras de la Casa Nacional. El nombre de Soto sonó como ejemplo y parte de esa historia, como la guía que es hoy la norma para el trabajo con niños, niñas y adolescentes en las residencias del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia.
Si bien la Dra. Soto no experimentó la maternidad, adoraba a sus tres sobrinos y como característica profesional se involucraba al máximo en los procesos de adopción de los niños que veía crecer y sanar en la Casa Nacional.
“Estamos hablando de una época distante, donde no existía la conciencia actual sobre la protección infantil. Con recursos mínimos o prácticamente nulos, Sarita estuvo ahí cuidándolos y protegiéndolos bajo condiciones que hoy nos resultarían inaceptables e incomprensibles. Eso me lleva a pensar que más que de grandes discursos, ella fue una mujer de testimonio: de actuar, de estar presente y de hacer las cosas bien desde el bajo perfil y el anonimato”, destaca el ex Director del Hospital Calvo Mackenna.
Adopciones
María Cristina Rojas, por su parte, subraya otro punto importante de esa entrega total que evidenciaban quienes trabajaban con Soto: “Lo que a ella le encantaba, dónde más se involucraba, era en los procesos de adopción. Colaboraba a lo largo de todo el proceso y, como tenía a su cargo las salas de los más chiquititos, que eran los que mayoritariamente salían en adopción, siempre se emocionaba muchísimo al presentarlos a los padres adoptivos”, recuerda sobre el momento en que culminaba un proceso que muchas veces la doctora Soto acompañaba desde la cuna. Para ella, la creación de nueva familia desde el amor y el compromiso no era un mero papeleo.
Cuando un bebé entraba en proceso de adopción, ella se daba el tiempo de hablar largamente con los futuros padres para explicarles el diagnóstico, sus características y la importancia de que crecieran en el seno de una familia donde se pudiese reparar la vulneración en la primera infancia.Un estándar ético para nuevas generaciones
Como única doctora de la Casa Nacional en esa época, Soto articuló una red de atención integral entre la residencia y la alta complejidad hospitalaria donde garantizaba que cada lactante tuviera acceso prioritario a tratamientos especialistas.
Así, durante más de cuatro décadas, la Casa Nacional del Niño acogió una de las trayectorias médicas y humanas más extraordinarias de la salud pública chilena. La doctora Soto construyó un sistema de protección infantil donde el estándar ético y el rigor profesional sembraron raíces sólidas para el desarrollo de un servicio que ve sus valores como norte.
“Con la partida de personas como Sarita Soto, Chile y la medicina pierden un nivel de ética, austeridad y compromiso social con el carácter de verdadero apostolado. En tiempos donde la comercialización afecta tanto a la medicina como a otras disciplinas, ese sello de trabajo abnegado y dedicación silenciosa se ha vuelto cada vez más difícil de encontrar”, reflexiona Artaza sobre la herencia de la doctora del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia.

Compañerismo y humanidad
María Cecilia Acevedo, pediatra y amiga de Sarita Soto, se une al recuerdo de quienes compartieron con la intensivista del Hospital Calvo Mackenna. En su caso, recuerda que llegó como pasante hace 30 años donde compartió el espacio médico en la UTI para reencontrarse con su colega años más tarde en Casa Nacional.
“La UTI era un lugar extremadamente estresante para cualquiera, pero ella jamás perdió su calidez y gran acogida ni en los momentos más complejos. Eso hacía más llevadero el trabajo allí. Creo que era la única persona capaz de humanizar ese ambiente tan difícil”, rememora sobre una mirada que comparte con otros doctores que también trabajaron con ella y que destacan su gran responsabilidad y que nunca faltó a un turno.
En Casa Nacional compartieron oficina durante unos siete años como pediatras del lugar. “Jamás tuvimos un problema. Al contrario, vivíamos un compañerismo absoluto, con un trato de lealtad y apoyo mutuo inigualable. De ella aprendí una lección de vida fundamental: su total generosidad y su asombrosa capacidad de contener a quien lo necesitara, incluso a quienes la hubieran maltratado previamente. Sara no conocía el rencor”, señala Acevedo.
El afecto, talento y compromiso de la Dra. Sara Soto, deja en la memoria del país una lección imborrable sobre el verdadero significado de la vocación en el servicio público. Una mujer que sanó desde la presencia y el tiempo de valor que entregó de sí según quienes la conocieron. No solo salvó vidas y protegió a la infancia más postergada, sino que edificó un modelo de rigor técnico y profunda humanidad que hoy constituye parte fundamental de la memoria histórica y afectiva de la Casa Nacional del Niño.
El homenaje de los funcionarios del Servicio
El Colegio Médico de Chile alcanzó a conmemorar a la Dra. Soto en una actividad del Servicio que reconocía a los doctores y doctoras de Casa Nacional en el Día Nacional del Médico. La Presidenta de Colmed Santiago, Dra. Francisca Crispi, recuerda sobre este homenaje que el trabajo de la doctora Sara Soto Martinich es “un ejemplo para nuestro gremio”: “Un testimonio de cómo esta profesión puede dejar un legado de entrega y cariño en cada paciente atendido y en cada médico formado bajo su guía. Su trayectoria constituye un motivo de profundo orgullo para el Colegio Médico de Santiago. Y una inspiración para todos quienes confiamos en un sistema de salud que debe proteger a niños, niñas y adolescentes”.
Desde la Asociación de Funcionarios/as del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia (ANFUSEPNA), lamentan también esta pérdida de una profesional que dejó un espacio difícil de llenar. Especialmente en tiempos donde, en general, los equipos que asumen la labor del cuidado enfrentan un modelo de atención de alta complejidad técnica con cada vez menos margen para el desarrollo del vínculo humano. Un espacio del cuidado de la niñez que resiente la ausencia de la Dra. Soto, creen:
“Cuando se enfermó no pudimos hacer un homenaje a su tremenda trayectoria profesional y humana y sé que ella habría estado feliz de recibir este reconocimiento. Quisiéramos agradecerle por todo lo que hizo por tantos niños y niñas de nuestra querida Casa Nacional. Y por nosotros, sus compañeros y amigos, con quienes siempre tuvo la amabilidad y disposición de ayudarnos, con altruismo y generosidad”, dice Rosario Zepeda
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