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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La obra de Luis Ureta invita al público a ser jurado y decidir la inocencia o culpabilidad del acusado en un tema que polariza la discusión legal y ética. La producción de la cía. La Puerta destaca por su esencia teatral, basada en un juicio en tribunal con jurado en vivo. La presencia de la actriz Ana Reeves como jueza añade profundidad al elenco. El montaje estimula el diálogo y la escucha, desafiando al espectador a razonar y sentir para determinar el veredicto final. La trama, inspirada en un piloto que debe decidir derribar un avión de pasajeros, explora la incertidumbre y la duda ética, generando suspenso e intriga.

La obra postula que el público sea el jurado y decida al final si el acusado es inocente o culpable en un tema que polariza la discusión legal y ética.

Por Leopoldo Pulgar Ibarra

Una especie de retorno a lo esencial muestra esta producción de Luis Ureta, director de la cía. La Puerta en sus 35 años de vida (Comedia Funeraria, 1991; Los Monstruos, 1993; Edipo Asesor, 2001; Plaga, 2009; Subterráneo, 2024).

Pero no hay que equivocarse: no implica que se ausenten las experiencias logradas en los procesos escénicos desarrollados durante su exitosa trayectoria.

Este montaje hace resonar la voz del dramaturgo alemán Ferdinand von Schirach. Pero, sobre todo, subraya un valor social y personal, escaso actualmente: escuchar al otro, entender su razonamiento y comprender que la verdad no solo es elusiva, sino que sus fragmentos pueden encontrarse en diversos espacios sociales y personales.

En este sentido, la estructura de la obra, apegada cien por ciento a un juicio en un tribunal con jurado presente, se convierte en un formato muy útil cuando invita a dejar de lado los prejuicios y razonar a partir de lo que dicen querellantes y defensores, acusados y testigos.

Una experiencia que obligará a cada uno de los intervinientes a ejercer esa maravilla que es la palabra hablada, aquello que distingue al ser humano, con toda la riqueza y peligros que pueden llegar a tener sus contenidos.

La obra y la palabra, que la constituye por excelencia, contribuyen a volver a esa conducta esencial de escuchar. Un estado que deja amplio espacio para razonar y sentir, apreciar, equilibrar y determinar la inocencia o culpabilidad de una persona.

En este sentido, el montaje avanza según su propio ritmo, ese que permite al espectador apropiarse del argumento general y particular. Los detalles, el lugar desde donde se inicia el debate, por donde se escurren las palabras y las motivaciones, sus potencialidades y debilidades. De unos y otros. También las distorsiones y el abuso sofista del discurso.

Un ritmo colectivo mueve a la propuesta. En un espacio donde autor y director, lo actoral y escenográfico, planteamientos, refutaciones, percepciones de la audiencia, la palabra y el silencio, escuchar y ser escuchado tienen la misma importancia.

Entre estos factores, y muy unido a la palabra, nace y crece el diálogo, que no es sinónimo de consentimiento ni rechazo a lo que dice el otro. Por lo que se requiere juego limpio, responsabilidad ética, aproximarse lo más posible a una verdad.

Veredicto, foto de Juan Sebastián Eslava

Estrategias discursivas

El ingreso de la actriz Ana Reeves a escena como jueza de este tribunal es un factor determinante para perfilar la línea actoral del elenco.

Su sola presencia anuncia a una artista avezada. Una performer con un comportamiento corporal estable, segura, irónica en el gesto, la mirada y la voz.

Trazas de humor que también aportará el abogado defensor. Sin embargo, no guiarse por los prejuicios no significa ser “juicioso”: el temple de cada participante, la pasión acumulada y creciente son inevitables. Reorientan y activan la discusión legal.

Este formato no requiere quiebres violentos ni exabruptos (aunque podrían existir). El desarrollo de las estrategias discursivas de defensor y acusador tienen en sí misma una dinámica explosiva, sorprendente y entretenida al ocupar la terminología legal y la forma de instalarla en el debate.

Sin contar que, en este caso, se trata de dilucidar si el piloto que comandaba un avión de guerra tenía o no el derecho de derribar a una nave de pasajeros con casi doscientas personas, para evitar que fuera estrellado en un estadio con 70 mil asistentes.

En realidad, la disyuntiva es una falacia, porque relaciona y compara una situación que se produce con otra que nunca llega a ocurrir. Más aún, porque si se estrellara nadie puede anticipar con certeza que aniquilaría a la totalidad de las personas, por el tamaño que tiene un estadio.

En todo caso, aporta un aspecto muy importante al juicio, además de influir en la conclusión ética y subjetiva que cada espectador pueda formarse.

Tiene relación con la incertidumbre y la duda que quedan expuestas en esta obra en toda su enorme dimensión. Aunque la defensa del militar diga que se apega a la ley que se puede y debe ejercer, y los querellantes se apoyen en que nadie tiene derecho a quitarle la vida a otro.

Incertidumbre y duda. En estos dos estados de ánimo radica lo explosivo, movilizador y provocador del argumento que esta obra consigue proyectar con una cuota de suspenso e intranquilidad. Además de la posibilidad de ayudar a perderse en el follaje de la legalidad y la ética. Al final, el público entregará su veredicto.

Veredicto, foto de Juan Sebastián Eslava

Veredicto

Dramaturgia: Ferdinand von Schirach (Alemania)
Dirección: Luis Ureta
Elenco: Ana Reeves, Sergio Piña, Pablo Cerda, Bárbara Ruiz-Tagle, Víctor Montero, Macarena Silva, Maximiliano Pascal, Francisca Celis

Diseño escénico e iluminación: Eduardo Cerón
Diseño vestuario: Karin Ehrmann
Colaboradores: Espacio Checoslovaquia, Goethe Institut, UNIACC.
Asistencia de dirección: Thais Zuñiga
Producción general: Camila Provoste Cid

Matucana 100.
Jueves a domingo, 19.00 horas.
Entradas entre $ 7.000 y $ 12.000.
Hasta 07 junio 2026.