En los últimos días, el país ha estado con la mirada puesta en las regiones afectadas por uno de los temporales más intensos de las últimas décadas. Ríos desbordados, viviendas destruidas, familias evacuadas y, lamentablemente, vidas humanas perdidas. Es una tragedia que exige, primero que todo, solidaridad con quienes lo han perdido todo y reconocimiento al trabajo de equipos de emergencia, bomberos y funcionarios públicos que han estado en terreno desde el primer día.

Desde el CDGA UC, este temporal nos mandata a formular una afirmación que, a primera vista, puede parecer contraintuitiva: no se trata de un fenómeno que contradiga el diagnóstico que hemos venido sosteniendo sobre la megasequía que afecta al país desde hace, al menos, catorce años. Por el contrario, constituye una confirmación de dicho diagnóstico, en la medida en que ambos fenómenos: escasez y exceso, son manifestaciones de una misma dinámica climática subyacente.

“Los modelos climáticos que proyectan una reducción sostenida de las precipitaciones en el largo plazo son los mismos que anticipan un aumento en la frecuencia e intensidad de los eventos hídricos extremos, incluyendo episodios de lluvia excepcional como el vivido esta semana. Esta doble tendencia hacia la sequía y hacia el extremo pluviométrico, exige un mismo tipo de respuesta institucional, hoy inexistente”.

Una gobernanza pensada para la emergencia, no proactiva

En la investigación que reunimos en el libro “Sequías en Chile: Impacto, monitoreo y políticas de gestión”, identificamos seis dimensiones en las que la institucionalidad hídrica chilena presenta brechas críticas: el marco legal, la coordinación entre organismos, los instrumentos económicos, el monitoreo y alerta temprana, la evaluación de vulnerabilidad y la participación de las comunidades locales.

Hasta ahora, ese diagnóstico se discutía casi exclusivamente a propósito de la escasez hídrica. Esta semana quedó claro que aplica igual ante el exceso.

Los instrumentos con que el Estado ha respondido al temporal (declaraciones de emergencia, evacuaciones de última hora, despliegue de ayuda una vez que el daño ya ocurrió) son, en esencia, los mismos que usamos para la sequía: reactivos, activados cuando el problema ya es visible, en lugar de anticipados por un sistema de monitoreo y evaluación de riesgo permanente. No existe hoy una plataforma nacional integrada capaz de anticipar tanto una crecida como una sequía extrema con la anticipación que la ciencia ya permite.

Mirar la cuenca como un todo

Hay comunidades que hoy se inundan en cauces que, hace pocos años, estaban en sequía extrema; el río Petorca es un ejemplo elocuente, pero no el único: estos días también han crecido con fuerza el Elqui, el Choapa, el Huasco y el Huatulame en el norte.

Son cuencas que hace apenas meses discutíamos por su escasez, y que hoy protagonizan crecidas que obligan a evacuar poblaciones enteras. Esa paradoja aparente solo se entiende si dejamos de mirar la sequía y la inundación como problemas separados, y empezamos a gestionar el agua a nivel de cuenca, de forma integrada, descentralizada y con participación de las comunidades que mejor conocen su territorio. Hoy no tenemos una institución que mire la cuenca como un todo.

La pregunta que deja este temporal no es si Chile cuenta con los diagnósticos técnicos para prevenir estos episodios. Los tiene y llevan años sobre la mesa. La pregunta es: ¿Una vez que pase la emergencia, tendremos la voluntad institucional de traducir ese conocimiento en una política de gestión del riesgo hídrico a largo plazo, antes de que llegue el próximo evento extremo, cualquiera sea su signo?

Guillermo Donoso
Director del Centro de Derecho y Gestión de Aguas UC

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