Economía
El Presidente que despidi√≥ a m√°s de 11.000 funcionarios p√ļblicos en huelga ilegal
Publicado por: Christian Leal
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Ronald Reagan no es precisamente mi tipo de presidente favorito. Fuera de ser inflexible en temas considerados “val√≥ricos” como el aborto, se dedic√≥ a desarrollar el arsenal m√°s terror√≠ficamente masivo de armas nucleares que el planeta haya visto. Fue durante su mandato que surgi√≥ la alusi√≥n a “el bot√≥n“. Ese con el que se pod√≠a acabar el mundo.

Claramente si a Reagan no le faltaba algo, era determinación.

Por eso quiz√° no debiera extra√Īarnos que tambi√©n fuera durante su mandato que se tomara una de las decisiones m√°s duras que jam√°s se haya tomado en ninguna otra naci√≥n: el despido de m√°s de 11.000 funcionarios p√ļblicos en huelga.

En realidad fueron 11.345 para ser exactos. Fue a comienzos de agosto de 1981, cuando el sindicato de trabajadores de controladores a√©reos de Estados Unidos, la Patco (Professional Air Traffic Controllers Organization), declar√≥ una huelga nacional en busca de mejoras salariales, reducci√≥n de su horario laboral y dejar de ser considerados funcionarios p√ļblicos lo que -entre otras cosas- hac√≠a ilegal su protesta.

Para Reagan la situación era bastante irónica. Pese a ser Republicano, había apoyado el derecho de los trabajadores a sindicalizarse y exigir mejoras en sus condiciones laborales, como el más izquierdista de los demócratas. La razón estaba en su pasado, ya que durante su carrera en Hollywood organizó en 1952 la primera huelga de actores que, tras una paralización de dos meses, logró ordenar una situación por entonces bastante precaria.

Esta fama llev√≥ a que incluso la propia Patco apoyara su campa√Īa presidencial en vez de favorecer la reelecci√≥n del dem√≥crata Jimmy Carter. Y al inicio todo pareci√≥ andar de maravillas. Incluso Reagan lleg√≥ al punto -in√©dito hasta entonces- de ofrecer directamente un aumento de sueldo a los controladores a√©reos, para evitar que escalaran a un conflicto.

Pero la Patco no estaba para recibir nada m√°s unas chauchas. Con m√°s de 13.000 miembros afiliados, se sent√≠an con el suficiente poder para ir por m√°s. Despu√©s de todo, en 1970 ya le hab√≠an doblado la mano incluso a Nixon, con m√°s de 2.000 controladores a√©reos report√°ndose “enfermos” para no vulnerar la ley federal contra las huelgas de trabajadores p√ļblicos.

Podr√≠a decirse que por entonces sus demandas eran justas: se mejor√≥ la tecnolog√≠a con que trabajaban, se aument√≥ la capacitaci√≥n de los controladores (a un curso que requer√≠a cerca de 3 a√Īos) y por cierto, se aument√≥ progresivamente su sueldo.

Esto llev√≥ a que ocupar una silla en la torre de control de un aeropuerto se convirtiera en una opci√≥n de vida bastante atractiva. Seg√ļn el profesor de historia de la universidad de Georgetown, Joseph McCartin, pronto se vio a los controladores a√©reos como una forma r√°pida de ganar dinero y alcanzar un estatus que sobrepasaba la clase media sin necesidad de ir a la Universidad.

Si ya ten√≠amos eso… ¬Ņpor qu√© no conseguir algo m√°s?

Para 1981, la Patco ni siquiera se molest√≥ en fingir que estaban enfermos. Pese a que estaba prohibido por ley, sus 13.000 trabajadores se declararon en huelga y dejaron en tierra al transporte a√©reo de carga y pasajeros del pa√≠s. Despu√©s de todo, desde 1962 hab√≠an ocurrido 32 huelgas ilegales de funcionarios p√ļblicos, sin que ninguna administraci√≥n se atreviera a desafiar sus movimientos pese a que la ley los respaldaba.

Pero la Patco había subestimado la firmeza de Reagan. Superado por su interés en demostrar fuerza ante los soviéticos en una cada vez más friccionada Guerra Fría, el presidente respondió con un ultimátum ese mismo día: vuelvan al trabajo en 48 horas o todos serán despedidos.

White House

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¬ŅQu√© acaso hablaba en serio? Imposible. S√≥lo deb√≠an ser bravuconadas. Nadie se atrever√≠a a despedir a un estamento p√ļblico completo, y menos a√ļn a uno de funcionarios con labores especializadas.

Sólo 1.300 de los huelguistas regresaron a sus puestos de trabajo. Cumpliendo su palabra, dos días más tarde, Reagan invocó la normativa federal y no sólo despidió a 11.345 funcionarios, sino que les prohibió volver a ejercer un empleo en el aparato estatal de por vida.

Como imaginar√°n, la situaci√≥n no fue f√°cil de resolver. Se tuvo que recurrir a reemplazos, supervisores, controladores militares e incluso realizar cursos de capacitaci√≥n intensivos para retomar el tr√°fico a√©reo. Aunque la Administraci√≥n Federal de Aviaci√≥n de Estados Unidos asegur√≥ que le tom√≥ s√≥lo 2 a√Īos regresar el sistema a la normalidad, en realidad se requiri√≥ una d√©cada y una inversi√≥n de miles de millones de d√≥lares para regularizarlo en su totalidad.

Sin embargo Reagan logr√≥ su cometido. Envi√≥ una se√Īal de dureza que impresion√≥ incluso a los l√≠deres sovi√©ticos, y de paso se asegur√≥ de que ning√ļn otro estamento del aparato p√ļblico de la Uni√≥n se sintiera con el derecho de realizar una huelga. Jam√°s.

La iron√≠a final, sin embargo, fue que la medida tomada por Reagan a la larga tuvo m√°s impacto sobre los trabajadores del sector privado, a los que el antiguo cowboy de la pantalla grande se hab√≠a encargado de defender, que sobre los del sector p√ļblico.

“El Presidente invoc√≥ una ley que le permit√≠a declarar vacantes los puestos de trabajo de empleados p√ļblicos y que nadie pens√≥ que tendr√≠a el valor de utilizar, menos en aquella escala. Pero como saben Reagan triunf√≥, aunque a√ļn m√°s importantes fueron las consecuencias en el sector privado, donde los empleadores -hasta entonces- no hab√≠an tenido el valor de despedir a los trabajadores que se declararan en huelga”, concluy√≥ sobre el tema el economista Alan Greenspan, al analizar la pol√≠tica del hombre fuerte que contribuy√≥ a crear los sindicatos y hasta cierto punto, acab√≥ por destruirlos.

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