Notas
¬ŅEs el az√ļcar un t√≥xico tan da√Īino y adictivo como el alcohol o el cigarrillo?
Publicado por: Christian Leal
¬ŅEncontraste alg√ļn error? Av√≠sanos visitas

Considerada un elemento b√°sico en la dieta occidental moderna, el az√ļcar ha sido sindicada durante las √ļltimas d√©cadas como la principal culpable de provocar caries dentales y aumentar los niveles de obesidad en la poblaci√≥n, sobre todo la infantil.

Sin embargo, recientemente algunos investigadores han ido m√°s all√°, radicalizando sus posturas hasta afirmar sin mediastintas que el az√ļcar deber√≠a ser considerada una sustancia t√≥xica; un dulce veneno cuyos efectos acumulativos son capaces de provocar enfermedades tan letales como el c√°ncer.

Uno de sus principales detractores es el doctor Robert Lustig, un pediatra especialista en endocrinolog√≠a -el estudio de las hormonas- cuya ponencia en la Universidad de California advirtiendo sobre las consecuencias del consumo de az√ļcar, o m√°s espec√≠ficamente de la sacarosa y del jarabe de ma√≠z, ya se encumbra hacia el mill√≥n y medio de visitas en YouTube.

Para Lustig, el concepto tradicional de que el az√ļcar es da√Īina s√≥lo por su gran aporte en calor√≠as y los consabidos resultados que esto produce, resulta enga√Īoso. En un art√≠culo del New York Times, su teor√≠a se explica en que si bien algunos alimentos pueden ser “isocal√≥ricos” (es decir, tener la misma cantidad de calor√≠as), no son “isometab√≥licos”, o sea, el cuerpo los absorbe de forma diferente.

Por ejemplo, las 100 calor√≠as que aporta una papa o el pan (emintentemente glucosa), son muy distintas de 100 calor√≠as entregadas en el az√ļcar, que se reparten a partes casi iguales entre glucosa y fructosa.

Esto es porque mientras la glucosa es absorbida por pr√°cticamente todas las c√©lulas del cuerpo, la fructosa del az√ļcar va a parar al h√≠gado. Peor a√ļn: si la fructosa del az√ļcar es tomada en forma l√≠quida -como la de contenida en bebidas gasificadas o jugos de fruta- su efecto se acelera, exigiendo un trabajo mayor al h√≠gado.

Y si se le exige al hígado procesar más fructosa de la que es capaz en un tiempo limitado, esta se convierte en grasa, cuya acumulación deriva en una cadena de problemas que comienzan con la insulino resistencia y la obesidad, para terminar convirtiéndose en problemas cardíacos, diabetes e incluso, cáncer.

De hecho, Lustig se ha convertido en un detractor tan fuerte del consumo de az√ļcar que no ha dudado en compararlas con el alcohol y los cigarrillos, tanto por su capacidad de adicci√≥n como por sus efectos. “Jarabe de ma√≠z alto en fructosa, az√ļcar… no hay diferencia. El punto es que ambas son da√Īinas, igualmente da√Īinas e igualmente venenosas”, indic√≥ durante una conferencia en San Francisco en diciembre pasado.

Pero, ¬Ņc√≥mo podemos saber cu√°nto es una cantidad “excesiva” de az√ļcar? Por desgracia, no hay un acuerdo en la comunidad m√©dica respecto de ello. En 1986, la Administraci√≥n de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos, determin√≥ que una persona puede consumir hasta 18 kilos de az√ļcar por a√Īo o, a diario, 200 calor√≠as de az√ļcar.

En t√©rminos pr√°cticos, esto significa que si uno consume la cantidad de az√ļcar contenida en una lata y media de Coca Cola o 2 tazas de jugo de fruta, podemos sentirnos seguros.

El problema es que ya en 1986, el consumo anual promedio de az√ļcar de un estadounidense -y por similitud de dietas, de un chileno- era de 34 kilos, mientras que en 2000 se hab√≠a elevado a 40 kilos al a√Īo.

Este aumento ha llevado a pensar a algunos cient√≠ficos que puede estar estrechamente vinculado con el da√Īo a la salud. As√≠, mientras en 1980 uno de cada 7 estadounidenses era obeso y se contaban 6 millones de diab√©ticos; en 2000 las cifras se dispararon, con 1 de 3 personas sufriendo obesidad y otros 14 millones sufriendo de diabetes.

Otros estudios y observaciones en poblaciones cuya dieta ha variado en los √ļltimos a√Īos tienen indicaciones similares. Por ejemplo, hasta 1966, los casos de c√°ncer y diabetes entre los Inuit en Canad√° -tambi√©n conocidos como esquimales- eran pr√°cticamente inexistentes. Despu√©s de 1980, a medida que su dieta fue asimilando los productos considerados modernos, estos empezaron a elevarse de forma notoria.

Craig Thompson, uno de los mayores investigadores en la materia, es tajante respecto de los efectos del az√ļcar: “Pr√°cticamente he eliminado el az√ļcar refinada de mi dieta, y la consumo tan poco como me es posible pues he llegado al convencimiento de que est√° relacionada con mis posibilidades de contraer c√°ncer”, se√Īala.

En tanto Lewis Cantley, director del Centro para el cáncer en la escuela Médica de Harvard es mucho más sucinto:

“Dig√°moslo de esta forma: el az√ļcar me asusta”, sentencia Cantley.

Tendencias Ahora