En este entramado, los niños a menudo crecen con certezas parciales, sin acceso completo a la información sobre su origen biológico, y al mismo tiempo con vínculos afectivos consolidados que la ley no siempre reconoce.

El sistema de filiación en Chile ha priorizado durante mucho tiempo la apariencia legal sobre los vínculos de cuidado y la verdad biológica, generando tensiones profundas en las familias.

En muchas familias chilenas conviven adultos que figuran como padres legales, otros que asumen día a día el cuidado y el afecto, y la verdad biológica que a veces solo se descubre con los años. Estas tres dimensiones pueden coincidir o entrar en tensión, y los niños viven en medio de esa complejidad.

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Obligar a sostener una paternidad únicamente por el registro legal sin considerar los vínculos reales y la necesidad de conocer el origen biológico genera conflictos que atraviesan la vida cotidiana y los afectos. 

En este entramado, los niños a menudo crecen con certezas parciales, sin acceso completo a la información sobre su origen biológico, y al mismo tiempo con vínculos afectivos consolidados que la ley no siempre reconoce.

El conflicto no es abstracto ni técnico. Es social y humano.

Obligar a sostener una paternidad únicamente por el registro legal puede generar frustración, confusión y conflictos dentro de los hogares. Los lazos que se construyen día a día, la dedicación de padres sociales y la necesidad de identidad de los niños quedan atrapados en un sistema que históricamente ha visto la filiación como un dato formal antes que como un reflejo de la vida real.

Decisiones recientes muestran que es posible un enfoque distinto. La Corte Suprema ha reafirmado la importancia de escuchar a los niños en los procesos de filiación, reconociendo que su voz es central para que las resoluciones reflejen la realidad familiar y los vínculos afectivos existentes.

La Corte de Apelaciones de San Miguel ha flexibilizado los plazos de impugnación de la filiación, entendiendo que la necesidad de conocer la verdad biológica puede surgir años después y que los tribunales deben adaptarse a las circunstancias concretas de cada familia.

Estas decisiones evidencian que la justicia puede equilibrar estabilidad legal, afecto, cuidado y derecho a la verdad.

Lo relevante es que esta mirada considera simultáneamente tres dimensiones: los lazos afectivos consolidados, la filiación legal y la verdad biológica. Ninguna de ellas queda subordinada a las otras; la justicia reconoce que los niños tienen derecho a conocer su origen sin que ello disminuya los vínculos sociales que sostienen su crianza.

Los padres que ejercen cuidado real no pierden su lugar, pero la información sobre la biología deja de ser un vacío. El resultado es un modelo más humano, que refleja la complejidad de la vida familiar y reconoce la diversidad de experiencias en los hogares.

El desafío permanece en consolidar estos criterios, garantizando que todos los tribunales apliquen estándares homogéneos que respeten la voz de los niños, valoren los vínculos de cuidado y consideren la verdad biológica.

Mientras eso no ocurra, muchas familias seguirán enfrentando tensiones innecesarias, atrapadas entre lo que dice la ley y lo que viven día a día. La ventana que abren la Corte Suprema y la Corte de San Miguel demuestra que es posible mirar la filiación con humanidad, equilibrando afecto, responsabilidad y derecho a la identidad, y mostrando que la justicia puede reflejar la vida real sin sacrificar la estabilidad legal.

Natalia Reyes Inostroza
Abogada

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