Es el conjunto de la sociedad, y especialmente quienes ostentan el liderazgo y el poder, quienes deben rendir cuentas sobre el clima que han sembrado.

Las escenas de violencia que han sacudido a nuestras comunidades educativas en los últimos días nos han impactado por su crudeza. Sin embargo, más allá del espanto, surge una pregunta urgente: ¿De qué son síntoma estos sucesos?

El juicio generalizado suele ser perezoso. Tiende a poner el foco exclusivamente en los jóvenes, asumiendo que en ellos reside una “naturaleza” disruptiva que debe ser domesticada mediante la sanción y el castigo.

Una vez más, el mundo adulto proyecta sus prejuicios, descargando la responsabilidad de la violencia en una generación a la que tacha de irresponsable e irrespetuosa, sin mirar el espejo en el que esos jóvenes se reflejan.

Debemos ser claros: la violencia en las escuelas tiene raíces que se extienden mucho más allá de sus muros. Nuestra sociedad ha llegado a un punto crítico donde la diversidad ha dejado de ser vista como una riqueza. Hemos olvidado que el encuentro entre perspectivas distintas es lo que produce conocimiento y cohesión social. Hoy, el disenso no se procesa; se elimina.

Esta crisis de convivencia toca la fibra misma de la educación. El conocimiento no es un simple traspaso de información de docente a estudiante; es un acto de creación colectiva basado en el diálogo y el respeto.

Cuando la intolerancia se instala en nuestras relaciones, renunciamos a esa construcción. Lo que queda es el deseo de imponer: el “otro” deja de ser un interlocutor para convertirse en un sujeto a adoctrinar o, peor aún, en una visión “bárbara” o “inmoral” que debe someterse.

La polarización que vivimos hoy niega el encuentro y convierte a la violencia en la única vía para resolver diferencias. Ya no se trata de construir con el otro, sino de destruir y eliminar al que piensa distinto.

Por lo tanto, los hechos de los que hemos sido testigos no nacen en el aula; reflejan una sociedad que fomenta la exclusión y el castigo hacia quien no se alinea con el poder de turno. Señalar a la escuela o a los jóvenes como el problema es un error de diagnóstico profundo.

Es el conjunto de la sociedad, y especialmente quienes ostentan el liderazgo y el poder, quienes deben rendir cuentas sobre el clima que han sembrado.

Como dice el viejo proverbio: “cuando el dedo apunta a la luna, el necio mira el dedo”. Los jóvenes son el dedo que señala la crisis; la luna es la sociedad fracturada que nos negamos a ver.

Mario Bugueño
Especialista en Convivencia Escolar
Centro de Estudios Saberes Docentes – Universidad de Chile

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