En Chile, al parecer, la plata no aparece cuando se necesita, sino cuando bajan las encuestas.

El gobierno de José Kast llegó al poder con un mensaje claro: la seguridad sería la prioridad número uno. No era una promesa secundaria ni un simple eslogan, sino el eje sobre el cual se construyó su propuesta política y la base de la confianza que “le vendieron” a millones de chilenos.

Pero esa coherencia duró poco. En su primera semana, el gobierno anunció un recorte presupuestario del 3% de manera transversal para todos los ministerios, una medida que en la práctica implicaba una reducción de más de 70 mil millones de pesos para las policías. La explicación fue tajante: “no hay plata”.

La señal política es evidente y preocupante. No se puede construir una agenda de seguridad debilitando, desde el primer día, a las instituciones encargadas de ejecutarla. No se trata solo de números, sino de prioridades reales. Porque cuando se recorta donde se prometió fortalecer, lo que queda en evidencia son las falacias sobre las cuales se construyó un discurso para ganar voluntades.

Días después, tras el desplome del apoyo a José Kast, el gobierno dio pie atrás y decidió excluir a seguridad del recorte. Entonces la pregunta se vuelve inevitable: si hace unos días no había recursos, e incluso la ministra Mara Sedini hablaba de que Chile estaba en quiebra, ¿qué cambió realmente? ¿La situación fiscal del país o simplemente la presión pública?

Lo ocurrido no responde a una planificación seria ni a una evaluación técnica consistente. Más bien, refleja una forma de gobernar reactiva, donde las decisiones no se sostienen en convicciones firmes, sino que se ajustan según el impacto inmediato en la opinión pública. Y eso, en materia de seguridad, no solo es preocupante, es derechamente irresponsable.

La ciudadanía necesita resultados —que hasta ahora no se ven— y además coherencia. No basta con corregir decisiones cuando el costo político se hace evidente; se requiere convicción desde el inicio. No es aceptable que en cuestión de días se pase de argumentar falta de recursos a encontrar soluciones cuando la popularidad cae.

En materia de seguridad se debe cumplir la palabra empeñada, porque no veo cambios en las cifras de delincuencia en el mes de marzo. Muchos dirán que estoy siendo injusto, que llevan apenas 18 días, no fui yo ni mi mundo político el que contaba los días en reversa que les quedaban a los delincuentes “para entregarse a la justicia” o peor aún, a los extranjeros para “voluntariamente abandonar el país” –como si su familia fuera originaria de Chile o todos los extranjeros fueran delincuentes—. Esas fueron las consignas de Kast; bueno, el plazo llegó sobradamente y no veo delincuentes entregándose a la justicia.

Pero quizás la lección más clara de estos días es otra: en Chile, al parecer, la plata no aparece cuando se necesita, sino cuando bajan las encuestas. Y si ese es el criterio, entonces más que un problema fiscal, lo que tenemos es un problema de coherencia.

Solo basta ver el informe de febrero de 2026 de la DIPRES, donde claramente se muestra que en el tesoro fiscal existían más de 3600 millones de dólares, no los 46 con los que se intentó convencer que se dejaron.

A esta altura, pasamos de que los delincuentes se entregarían solos por miedo a Kast a un “no hay plata” aún extraño, pero que si baja en las encuestas, “sí hay plata”…Da la impresión de que José Kast no está de acuerdo ni siquiera con lo que él mismo piensa, mucho menos con lo que dicen sus ministros.