Durante años, parte de la izquierda chilena se habituó a pensar la derecha casi exclusivamente como administradora del modelo económico. Era una mirada incompleta incluso antes, pero hoy resulta claramente insuficiente.
Una de las peores tentaciones de la izquierda después de su derrota es refugiarse en las palabras automáticas. “Fascismo”, “ultraderecha”, “neoliberalismo”, “reacción”, o peor aún, la tontera de los “fachospobres”. Ellas describen algo real, pero usadas como reflejo, sin precisión, terminan funcionando más como desahogo que como análisis.
Una izquierda que no analiza bien a su adversario se condena a perder dos veces, es decir, en las urnas y en la comprensión del país. Lo primero que corresponde hacer es nombrar bien a la derecha que hoy tiene Chile por delante.
Norberto Bobbio, en un libro breve y sustancioso que no ha perdido vigencia (Derecha e izquierda), recordaba que la distinción entre derecha e izquierda no ha muerto, pese a tantos funerales prematuros. Su tesis central era simple y fuerte: la diferencia más persistente entre ambas no está en los modales, ni en la retórica, sino en la distinta actitud frente a la igualdad y a la libertad.
La izquierda tiende a considerar las desigualdades como un problema a reducir; la derecha tiende a ver muchas de ellas como naturales, inevitables o parte de la libertad. Ese sigue siendo, en lo esencial, la distinción decisiva.
Traído a Chile, eso obliga a despejar una confusión. La derecha que hoy se articula en torno a José Antonio Kast no es simplemente una derecha “más dura” que la centroderecha tradicional, ni solo una versión más enfática de la vieja derecha económica. Como ha sugerido José Joaquín Brunner, estamos ante una derecha diversificada pero claramente orientada por el orden y la autoridad, con apoyos orgánicos en el empresariado, afinidades con el mundo de la seguridad y fuerzas armadas, un sólido componente tecnocrático en lo económico y cercanía con sectores conservadores en el plano valórico y religioso. No es solo una coalición electoral, es un bloque con vocación de conducción integral.
Ese punto es clave. Durante años, parte de la izquierda chilena se habituó a pensar la derecha casi exclusivamente como administradora del modelo económico. Era una mirada incompleta incluso antes, pero hoy resulta claramente insuficiente. La nueva derecha no comparece solo con gráficos, crecimiento y promesas de eficiencia. Comparece también con relato moral, con lenguaje de autoridad, con una oferta de orden en una sociedad fatigada por la inseguridad, el desborde migratorio, la fragmentación institucional y la sensación de decadencia pública.
Si la izquierda no entiende eso, seguirá discutiendo con una derecha imaginaria mientras la derecha real le gana el partido en la cancha de la experiencia cotidiana. El problema, sin embargo, no se resuelve copiando el lenguaje del adversario. Cada vez que la izquierda intenta volverse una fuerza vergonzante en seguridad, orden o control, no se fortalece, se desdibuja. La tarea, por tanto, no es mimetizarse, sino reconstruir una respuesta propia.
Esa respuesta empieza por admitir una verdad que puede ser molesta: la izquierda chilena habló durante demasiado tiempo para sí misma, o para su acotado mundo social (con lenguaje sobre todo moral), y dejó de hablarle con claridad al país social realmente existente. Se volvió a ratos más expresiva que persuasiva. En nombre de causas justas, fue perdiendo la capacidad de ordenar prioridades, jerarquizar urgencias y comprender el miedo, el cansancio y la demanda de normalidad de las mayorías.
Por eso el desafío no consiste solo en “resistir” a Kast, consiste en entender qué necesidades, angustias y deseos está capturando su gobierno. La derecha actual no avanza únicamente por manipulación mediática o poder económico, avanza porque logra conectar con una experiencia social efectiva: la percepción de desorden, fragilidad estatal, impunidad y pérdida de control. Si la izquierda niega esa experiencia, o la trivializa como puro conservadurismo (también la izquierda puede ser conservadora), vuelve a regalarle la realidad a su adversario.
La izquierda tiene una tarea histórica mucho más exigente que denunciar a la derecha: debe demostrar que puede ofrecer orden democrático sin autoritarismo, seguridad sin brutalidades, crecimiento sin abusos. Y puede ofrecer un control migratorio sin inhumanidad y cohesión nacional sin integrismos morales. Puede parecer poco, pero es su único camino serio de renovación de todas sus sensibilidades, incluida la comunista.
Bobbio ayuda también aquí. Su gran aporte fue mostrar que la igualdad sigue siendo la piedra de tope entre derecha e izquierda. No una igualdad mecánica ni infantil, sino la convicción de que no toda desigualdad es “natural” y de que una sociedad democrática debe corregir aquellas que humillan, excluyen o condenan de antemano.
Si la derecha de hoy se define por naturalizar jerarquías y reforzar el mando como principio ordenador, la izquierda debe volver a hacer visible que el orden social no es neutro, siempre beneficia más a unos que a otros. Y que la pregunta decisiva no es solo quién manda, sino en beneficio de quién se organiza la autoridad y bajo qué límites.
La izquierda chilena no saldrá de su actual intemperie con reivindicaciones del ciclo que terminó y menos la búsqueda afanosa de supuestos “legados”. Tampoco con insolencias discursivas en el Congreso, ni con la ilusión de que basta esperar el desgaste natural del gobierno. Saldrá si reconstruye una inteligencia política sobria, realista y propositiva sin renunciar a su rol de oposición, imprescindible en las democracias liberales.
Eso supone dejar de hablar de la derecha como un ogro comodín y empezar a describir el bloque histórico concreto que hoy emerge en Chile: su cultura, sus apoyos, su lenguaje, su promesa de orden, su vínculo (o dependencia) con el empresariado, sus símbolos de autoridad.
Solo cuando una fuerza política vuelve a definir muy bien a su adversario empieza, de verdad, a prepararse para derrotarlo.
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