Las repúblicas no caen de golpe. Persisten en sus formas mientras su contenido se vacía. Roma tardó en advertirlo.

Las repúblicas no se degradan por falta de leyes, sino por el desgaste del carácter de quienes las ejercen. Roma lo aprendió tarde: mantuvo sus instituciones cuando ya había perdido el sentido de ellas. La ambición dejó de ocultarse bajo el deber y comenzó a exhibirse sin pudor. Ese tránsito no destruye de inmediato. Corroe.

Algo de ese proceso se reconoce hoy. La política ha dejado de presentarse como un ejercicio de inteligencia aplicada y se ha convertido en una práctica de exposición. La comparecencia pública ya no descansa en lo que se sabe, sino en lo que se muestra. La peritia ha sido desplazada por la presencia.

Los rasgos se repiten con una regularidad inquietante: identidades reconfiguradas —incluso en el apellido, bajo pretextos filiales—; trayectorias académicas discretas o inconclusas y experiencias laborales débiles; y un tránsito abrupto desde el aprendizaje al poder, acompañado de afirmaciones de competencia estatal que, en otros ámbitos, no habilitarían siquiera para administrar una industria ni la propia casa.

A ello se agregan administraciones cuestionadas, vínculos con espacios económicos e institucionales, y cercanías que, en ocasiones, rozan zonas sensibles de designación.

No se trata de hechos aislados. Se trata de un patrón.

Ese patrón adopta una forma visible: una política de superficie. Autoridades definidas por la imagen, la exposición constante, la necesidad de aparecer. Se corre, se posa, se anuncia, se acusa. Se administra poco. La función pública se simplifica hasta volverse reconocible, pero ineficaz.

A esa forma le sigue un fondo. La densidad intelectual es sustituida por intensidad. La vida privada —parejas, afectos, rupturas expuestas con liviandad, incluso la exposición de los propios hijos— se convierte en insumo político. La propia identidad —incluida la sexualidad— se instrumentaliza como atributo de validación pública; y la emocionalidad se ofrece como autenticidad. La falta de preparación se disimula bajo la cercanía.

Y esa lógica es transversal. En unos, se ensayan superioridades morales apoyadas en símbolos de validación —como aquel delantal blanco que prometía credibilidad ante el pueblo— que se desdibujan al entrar en contacto con el poder. En otros, se invocan tradiciones de orden que conviven con prácticas que no logran sustraerse de las mismas lógicas que se critican, incluyendo proximidades con estructuras económicas que han erosionado la confianza pública —con una eficacia comparable a la que, en su momento, tuvieron los episodios de colusión.

Pero el deterioro no se agota ahí. La deliberación ha sido sustituida por la exposición del otro. Antiguos compañeros que, al distanciarse, recalifican —desde la intimidad compartida— lo que antes toleraron: insuficiencias, oportunismos, liviandades. La política deja de discutir ideas y comienza a ordenar biografías. En paralelo, emergen audios, registros y conversaciones en momentos decisivos. No para esclarecer, sino para incidir. No se argumenta: se instala.

En ese punto, el problema deja de ser solo político. Se vuelve moral.

Se ha instalado la idea de que basta ajustarse a procedimientos para obrar correctamente, como si la moral pudiera reducirse al cumplimiento de reglas generales. Pero la acción justa no se decide en abstracto, sino en lo concreto.

Ejemplos recientes —como los indultos— muestran esa tensión con claridad: lo jurídicamente posible no siempre coincide con lo moralmente debido. No todo lo permitido es justo.

En contextos de deterioro, la indiferencia deja de ser neutral. La política no se corrige solo con reglas, sino con carácter.

Y, sin embargo, la respuesta institucional ha sido confiar en la alternancia, como si el relevo bastara. Pero la alternancia reciente muestra otra cosa. Un ciclo dejó tensionadas las bases materiales del orden; el que le siguió comenzó a tensionar su confianza institucional. El deterioro no desaparece: cambia de forma.

Mientras tanto —y no sin ecos reconocibles—, la premura en el acceso al poder se compensa con apariencias de experiencia. Se organizan núcleos y redes que sostienen una élite cuya cohesión no proviene de la excelencia, sino de la funcionalidad.

En ese contexto, el gobierno entrante enfrenta una exigencia que no es meramente programática, sino de carácter: restituir densidad al ejercicio del poder. Recuperar la gravitas, gobernar por criterio y no por exposición, evitar la tentación de sustituir decisión por procedimiento. Porque cuando el mando se vacía de contenido, no solo se debilita la autoridad: se enseña que todo se encuentra disponible.

Roma conoció este momento. Cuando la uirtus fue desplazada por la ambitio, la política dejó de orientarse por la excelencia y comenzó a regirse por la búsqueda de reconocimiento. La promesa prevaleció sobre el programa; la simpatía, sobre la competencia.

Las repúblicas no caen de golpe. Persisten en sus formas mientras su contenido se vacía. Roma tardó en advertirlo. Cuando finalmente lo hizo, la República aún existía. El problema era que el Foro ya se había llenado de personajes.

Pedro Antonio Goic Martinic
Doctor – PUC; PhD U. Siena; MBA U. Bordeaux
Profesor Investigador
Centro de Derecho Regulatorio y de la Empresa
Universidad del Desarrollo

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