Opinión


Por qué el boxeo no debería ser considerado como deporte

WorldSeriesBoxing | Flickr (CC)
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Esta es una columna de opinión escrita por el entrenador de corredores canadiense, Malcolm Smillie, publicado originalmente en la revista de medicina de Columbia Británica. La traducción es de BioBioChile.

El noble arte del boxeo… o el infame arte de revolver el cerebro humano.

El deporte de las peleas de gallos está prohibido en Canadá así como en casi todos los países del mundo. Es un anacronismo barbárico. La idea de entrenar animales para que se lastimen y maten unos a otros a fin de proveer breves momentos de entretención y placer, sin mencionar las ganancias de las apuestas, nos parece aborrecible a la mayoría de nosotros.

Pese a ello el boxeo, que tiene los mismos principios de las peleas de gallos, con mastodontes en vez de aves, guantes en vez de cuchillas, con prósperos hombres de negocios en vez de trabajadores de clase media en la organización, y con el cerebro humano como objetivo en vez de las vísceras de los pollos, continúa.

Así como las peleas de gallos no humilla a las aves sino a la audiencia y sus propietarios, el boxeo no humilla a los boxeadores, sino a sus fanáticos y manipuladores.

La finalidad del boxeo es provocar daño cerebral. La gente dice que tanto el fútbol americano, como el hockey y el rugby son peligrosos, pero son perfectamente admisibles. Su objetivo no es causar lesiones. En el boxeo sin embargo, el máximo logro es noquear a alguien. Y noquear a alguien es causarle daño cerebral.

Los médicos han hecho todo lo posible para lograr la abolición de este deporte o al menos, modificaciones. Un neurólogo una vez me hizo sentir náuseas al describirme la textura del cerebro como unos huevos revueltos ligeramente cocidos, suspendidos en una envoltura huesuda llamada cráneo. Su analogía destaca cuán frágil es nuestro órgano, pese a que tengamos la percepción de lo contrario.

Todos los años sabemos por las noticias de algún pobre boxeador que colapsó y murió tras una pelea, luego de recibir repetidos golpes en la cabeza. Peor aún, ya sabemos -porque es un hecho científico comprobado- que los golpes en la cabeza tienen un efecto tan acumulativo como devastador.

Una carrera de 20 años en el boxeo provoca el efecto conocido como borrachera de los puñetazos, fácil de reconocer incluso para un lego en la materia: arrastrar el habla, piernas temblorosas, vacíos en la memoria, tendencias violentas y la apariencia general de haber bebido demasiado. Borrachera de puñetazos es un nombre demasiado frívolo para una serie de problemas tan delicados.

Hace pocos años, la Asociación Británica de Medicina definió el boxeo como “una competencia donde resulta ganador el que le provoca más daño cerebral a su oponente del que ha recibido él”.

Con el paso del tiempo el boxeo ha tomado mayores precauciones, pero sigue sin ser seguro. Asaltos más cortos, menos torneos y reducción de errores han reducido los problemas. Pero irónicamente, las protecciones para la cabeza en los eventos amateur hacen del cráneo un blanco aún más fácil.

Existe una sola forma de hacer el boxeo seguro: prohibir los golpes a la cabeza. ¿Acaso eso no haría la disciplina más sobre agilidad y capacidades atléticas? Los fanáticos del boxeo sin embargo dicen sin sonrojarse que eso le quitaría la mitad de la diversión.

La idea de que los boxeadores eligen libremente si quieren ser golpeados en la cabeza no está en discusión. Mi percepción es que el boxeo en realidad se mantiene por quienes tienen un interés asegurado en él: managers y promotores.

Muchos años atrás vi una entrevista a Muhammad Ali donde se le preguntaba sobre el boxeo y el daño cerebral. Con la más dulce de sus sonrisas, indicó: “¿A quién le importa el cerebro de un par de chicos negros? ¿A quién le importan los cerebros de los chicos pobres de las zonas más miserables de la ciudad?”.

Mike Tyson es la personificación de una de las mayores autojustificaciones del boxeo: que es una forma de salir de los guetos. Dejemos de lado la parte ridícula de la afirmación; la afirmación implícita es que hay un trabajo como campeón mundial de peso pesado para todos los chicos de barrios marginales, si logran superar las pruebas.

Oh, sí, la gente dice románticamente que no hay deporte como el boxeo. Que ningún deporte produce tales personajes, tales confrontaciones o tan intensos torneos. Pero hay una razón sencilla para esto. La mayoría de los deportes de uno contra uno son una forma estilizada de duelo con una pelota, una raqueta o una vara. La enemistad, el ataque, la defensa, son todos metafóricos. Pero no hay metáforma en el boxeo: es una verdadera pelea, violencia genuina, un pasatiempo con el verdadero objetivo de causar daño al oponente.

Sin duda que los torneos hacen hervir la sangre. Sin duda que los participantes son hombres míticos y temibles.

Pero el punto no es que “no haya deporte como el boxeo”, sino que el boxeo no es un deporte en absoluto. Es violencia explícita desplegada para el placer de millones. Y millones es precisamente de todo lo que esto trata finalmente.

Malcolm Smillie
Entrenador de Corredores Canadiense
Publicado originalmente en la Revista de Medicina de la Columbia Británica (BCMJ)

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