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Un chileno que fue deportado de España en 2003 y pasó años sin papeles logró rehacer su vida en Cataluña. Tras trabajar en ferias, dormir en una furgoneta y mantener una relación a distancia durante siete años con la francesa Marí, se casaron y formaron una familia. Luego regresaron a Blanes, donde abrieron Can Pelao, restaurante de comida chilena que hoy atiende hasta 220 personas al día en verano y cuenta con 50 mesas frente al mar.
Israel Muñoz intentó instalarse tres veces en Europa. Durmió en la calle, en una furgoneta y en un piso en construcción. Este es su relato.
Yo me vine a Europa con la intención de quedarme, pero no tenía papeles, no tenía nada. Tenía amigos que venían a trabajar a Andorra (un pequeño país entre España y Francia) y me decían que se podía trabajar sin papeles. Un año dije: “Pues hago lo mismo, me vengo a hacer una temporada”.
Fue a fines de 2003. Yo tenía unos veintidós años. En Chile viví hasta los dieciocho en Independencia y después en Maipú.
Cuando llegué a Barajas (el aeropuerto de Madrid), me bajé del avión y me dijeron: “Tú para allá, tú para allá, tú para allá”. Yo estaba entre los que no iban a dejar entrar. Nos dijeron que todos los de la fila izquierda íbamos a ser deportados ese mismo día.
La respuesta que me dieron fue por la apariencia. Ni siquiera nos dejaron mostrar los documentos.
Estuve todo el día en una celda en el aeropuerto. A eso de las siete u ocho de la noche, fueron a buscarme dos policías y me llevaron esposado hasta la pista, donde estaba el avión, con todos los pasajeros a bordo. Me mandaron de vuelta a Chile el mismo día que llegué.
El viaje de vuelta fue triste, triste, porque uno viene con mucha ilusión, con ganas de empezar una vida, y de golpe me tuve que devolver.

Barcelona, doscientos euros y un trabajo sin pago
Después de que me devolvieron a Chile, trabajé un poco y dije: “Voy a intentar entrar por otro país”. Finalmente entré por Holanda. Tenía un familiar que no conocía, que vivía en Francia, en Poitiers, y me hizo una carta de invitación.
Fui a conocerlo y luego bajé a Andorra, donde estaban mis dos colegas chilenos. Estuve un par de semanas, pero me agobió mucho el espacio, tan encerrado entre montañas. Intenté buscar trabajo, no me sentía cómodo. Pesqué mi maleta y me fui a Barcelona.
Dije: “En una ciudad grande a lo mejor es más fácil”.
Llegué con doscientos euros. Llamé a un colega chileno que había vivido ahí, pero ya estaba en Austria. Como yo estaba tirado en la calle, me dijo: “Llama a esta chica”. Era otra chilena, la Claudia, que me tuvo dos semanas en su casa.
Después me salió un trabajo con esta gente que hace los contratos de luz, que va casa por casa para que te cambies de compañía. En teoría era a comisión. Trabajé dos, tres meses y nunca gané nada, porque me decían que la mayoría de los contratos no los aceptaban.
Llegó un momento en que no podía seguir porque no tenía dinero. Tampoco quería volver a Chile, porque ya era la segunda vez que lo intentaba. Pero no tenía otro camino.
Antes de irme dije: “Voy a pasar a ver a mi primo, a la familia que había conocido en Francia. Me quedo un mes y luego me voy para Chile, un poco derrotado”.

Un chileno sin papeles y una chica de un pueblo francés
En Francia me pasaron el mail de una chica que quería hablar español. Era la Marí. En esa época estaba el Messenger (un servicio de mensajería por internet) y empezamos a hablar cada día.
Al final me quedé dos meses y medio en Francia. Nos empezamos a gustar por internet. Me enviaba cartas y todo. Yo le enseñaba un poquito de español, porque tenía su examen.
Le comenté que me tenía que ir a Chile sí o sí. Ella me dijo: “Hombre, sería bonito que nos viéramos un poco antes de que te vayas, como para conocernos por último”.
Fui a su casa, en una ciudad que se llama Troyes. Estuve dos semanas con su familia, me presentó a su hermano, a todo el mundo. La verdad que pasó todo muy bien.
Pero después me tenía que ir. Daba pena porque no sabías cómo quedaba todo. Ella era una chica de un pueblo y yo una persona sin papeles. Para su familia era complicado: “Este chico de Chile… ¿Qué futuro, qué planes hay ahí?”.
Me devolví a Chile y pensé que se iba a quedar todo ahí. Ya era la segunda vez que lo intentaba y veía que la tercera era complicada.
Al mes me mandó una foto de que se había comprado los pasajes para ir a verme. Yo, encantado, porque no me lo esperaba. Ella tenía dieciocho años, empezaba sus estudios. Su mamá decía: “Pero ¿qué vas a hacer a Chile?”. Los miedos normales de una madre con una chica joven, con una persona que no conocía muy bien.
Ella se atrevió. Trabajó mucho el verano, limpió casas, se compró el pasaje y me fue a ver.
La llevé a Valparaíso, al Cajón del Maipo y por Santiago. Le gustó mucho Chile y le llamó la atención la artesanía de las ferias: los aros, las pulseras, los collares.
Cuando volvió a Francia, yo le decía que para mí era difícil juntar el dinero del pasaje. Ella me mandó cien euros y me dijo: “Compra cien euros en artesanía”.
Compré los aros, las pulseras, los collares y se los envié. A mi mujer le gusta el comercio. Le contaba un poquito nuestra historia de amor a la gente y les vendía los aros. Al final me envió como novecientos euros de esos cien.
Yo trabajaba de camarero en Chile, en el Estadio Israelita, en el Hotel Manquehue, en el Club Hípico. Y dije: “Me tengo que ir con esta chica”.

Aquí me quedo, este es mi sitio
La tercera vez entré por Portugal y me fui a Francia, a la casa de mi novia. Pero la situación seguía igual: no hablaba el idioma, no tenía papeles, no tenía dinero. Me vine siempre un poco así, sin pensar mucho las cosas.
Estuve cerca de un mes en casa de su madre y empecé con muchas crisis de ansiedad. Mi novia estudiaba, su familia tenía su rutina y yo estaba ahí: “Vale, pero ¿qué voy a hacer ahora?”.
Me comuniqué con los amigos que habían estado en Andorra. Uno, el Petete, se había casado con una chica de Blanes (localidad de la Costa Brava, en Cataluña). Me dijo: “Vente para acá, aquí se puede encontrar trabajo”.
Hablé con Marí. Le expliqué que no estaba bien, que no veía una salida, que me iba para España. Seguíamos juntos, pero no sabía cómo nos íbamos a ver.
Apenas llegué a Blanes vi el color del mar, el cielo azul, y dije: “Buah, aquí me quedo yo, este es mi sitio”.Mi amigo me recibió en el paseo. Había colegas de él y uno me preguntó: “¿Buscas trabajo?”.
Le dije que sí.
“Pues vente conmigo”.
Me llevó a hablar con unos gitanos que trabajaban en las ferias y empecé el mismo día. Íbamos a vender zapatos a Figueras, a Girona, a otras ciudades. Al principio eran cinco días a la semana.
Ahí me cambió un poco el ánimo, la cabeza, porque ya podía mantenerme por mi cuenta. Tengo un recuerdo muy grato de ellos. Me ayudaron bastante, los considero amigos.

La furgoneta
Había temporadas más flojas y momentos complicados. Un día el gitano me dijo: “Yo tengo la furgoneta ahí, si quieres te echas por atrás y duermes”.
Estaba cerca del centro, en un descampado. Pasé un par de meses en la furgoneta, con los zapatos. La verdad, no lo veo como algo terrible. Lo cotidiano era levantarse e ir a trabajar, volver, poco más. Salíamos a las seis y media y a las tres de la tarde ya estábamos listos.
Los papeles me salieron más o menos al quinto o sexto año de haber llegado, cuando todavía trabajaba en la venta de zapatos. Había una chilena con nosotros, la Andrea, cuya madre tenía una empresa de transporte, creo. La señora me conocía desde hacía años, me tenía mucho cariño.
Le pregunté si me podía ayudar y me hizo un contrato. Cuando llegó la autorización del permiso de trabajo, tenía que presentarme en el consulado en Chile. No tenía ahorros ni dinero para el viaje.
Fui a tocarle la puerta a mi amigo el gitano y le dije: “Tengo dos semanas para estar en Chile para que me den los papeles”.
El hombre sacó mil euros del bolsillo: “Toma, vete, haz tus cosas”.
Un colchón y una bicicleta
Después, cuando ya dejaba la venta de zapatos y pasé a un restaurante, conocí a un chileno de la construcción. Me dijo: “Tengo la llave de un piso en construcción, si quieres te vienes para allá. Yo no vivo casi nunca ahí”.
Era en Calella (otra localidad de la costa catalana). Había un colchón y una duchita con una manguera.
En el restaurante trabajaba de diez de la mañana hasta las seis de la tarde y después volvía a las siete y media, hasta las dos de la mañana. A esa hora tenía que irme en bicicleta a Calella. Tardaba como una hora, por un camino de bosque donde no se veía nada. Al otro día, otra vez una hora de bicicleta.
Eso lo recuerdo un poco negro.
Cuando Marí venía a verme, tenía que esperarme todo el día ahí hasta que yo llegaba en la noche.

Siete años entre Francia y Cataluña
Al principio nos veíamos cada tres, cuatro meses. Ella se compraba un pasaje. Yo, cuando podía, iba a dedo hasta su casa; a veces tardaba dos días.
Así aguantamos siete años de relación a distancia.
Con el tiempo ella se acercó hacia España. Terminó en Perpiñán (una ciudad del sur de Francia, cerca de la frontera española), a unas dos horas de Blanes. Ya podía venir casi todos los fines de semana, aunque yo trabajaba.
Con Marí nos casamos en Perpiñán, cuando ya llevábamos ocho años de relación. En parte fue para agilizar los papeles para Francia, pero no era tan fácil como casarte y poder trabajar al momento. Ella siguió allá y yo en España. Incluso casados seguimos separados un tiempo.
Unos siete meses después nos fuimos a vivir juntos a Toulouse. Ahí vivimos seis años y nació mi primera hija.
Mari aguantó mucha tontería, con todo lo que pasamos. Para ella fue bastante complicado, porque no tenía por qué pasar por todas esas cosas. Pero mira, puro amor y lealtad.
Chorrillanas y pisco sour frente al mar
Siempre nos gustó Blanes. Un día dijimos: “Nos volvemos y vamos a intentar hacer algo”.
Después de varios años de trabajo de los dos, ahorramos un poquito y alquilamos un local pequeño en el centro. Era el primer Can Pelao: cinco o seis mesas, como una taberna.
Después un colega me habló de otro local de la playa. Yo dije: “Pero, a ver, no tengo dinero”.
Hablé con la gente, les expliqué que tenía muchas ganas, que me dieran la oportunidad. Podía pagar un poco, pero no lo que ellos querían. Me tuvieron confianza y me dejaron el local.
Estamos en el número 44 del Passeig de Pau Casals, en el paseo marítimo de Blanes. Tenemos una terraza frente al mar.
El local llevaba años en alquiler y nunca nadie aguantaba más de un año. Cuando vimos que nos dio beneficios, que el primer año ya iba bien, dijimos: “Mira, qué bien nos ha ido”. Ahí fue cuando dijimos que lo logramos.
Mi mujer es la que recibe a la gente. Yo estoy en cocina, en la barra, un poquito por todos lados.
Tenemos chorrillanas, carne mechada, a veces empanaditas, anticucho de entraña y pisco sour. Antes hacíamos también empanadas de camarón queso, la típica de pino y una de pollo con pimiento. Ahora las hacemos por encargo.
Tenemos nuestra clientela del pueblo y clientes chilenos que vienen bastante. Como mi mujer es francesa, también viene mucho francés.
Ahora hemos cogido también el local de al lado. Se va a llamar Al Hueveo, para hacer un poquito de música en vivo. Este año no va a abrir; pienso que será de cara a marzo del próximo año.
En verano abrimos los siete días de la semana y atendemos entre doscientas y doscientas veinte personas por día, más o menos. Empezamos con cinco o seis mesas. Ahora tenemos cincuenta frente a la playa.
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