La superioridad moral no gana elecciones frente a la privatización del debate público por plataformas tecnológicas que dictan el comportamiento electoral. Las redes sociales no operan como la esfera pública deliberativa de Habermas –quien subestimó el rol algorítmico–, sino como infraestructuras de gobernanza sin neutralidad, donde la victoria depende de intervenir vulnerabilidades cognitivas.

El ciclo electoral chileno de 2025 ilustra esta erosión democrática, sumado a la fragmentación de la izquierda y la pérdida de capital político, el ecosistema mediático sucumbió ante algoritmos que recompensan la fricción. La ultraderecha triunfó mediante dos ejes desinformativos: cheapfakes que acusaron un falso deterioro cognitivo de Evelyn Matthei, y la fabricación de una crisis macroeconómica adjudicada a Gabriel Boric. Esto capitalizó el pesimismo cultural que, como demuestran los estudios de Rachel Théodore, imperaba desde el Estallido Social.

Una etnografía digital encubierta reveló que perfiles inorgánicos y nodos superdifusores de desinformación inyectaron estos datos, los cuales fueron legitimados por la prensa tradicional mediante astroturfing (montaje) corporativo. El fact-checking fracasó por el misremembering o “falso recuerdo”, esto es la exposición constante a mentiras emocionales genera amnesia de la fuente, donde el votante olvida el desmentido institucional pero retiene la ira, fenómeno que burla a los sistemas legales que asumen electores racionales en lugar de viscerales.

En contraste, la victoria de Lula da Silva en Brasil demuestra que estas reglas pueden ser subvertidas. Liderada por André Janones, la campaña ejecutó una guerra asimétrica que trasladó la movilización de bases a la red. Mediante el canal unidireccional de WhatsApp “Ejército de Lula” –que agrupó a 11 millones de seguidores en tres semanas–, se orquestó una vuelta de mano ciudadana.

Votantes reales ejecutaron misiones para saturar comentarios y manipular algoritmos de búsqueda (trendjacking) con lenguaje memético o de “memes”. Esta táctica de enjambre generó 119,4 millones de interacciones, superando los 73,5 millones de Bolsonaro y anulando su inversión publicitaria. Lula multiplicó por 3,3 sus ataques directos, revirtiendo la tasa de interacción a su favor (10,5% frente a 8,8%) y reduciendo la abstención.

El escenario exige dos respuestas inmediatas. Institucionalmente, el Estado debe consagrar la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) desde la infancia y exigir transparencia algorítmica a las transnacionales.

Políticamente, las fuerzas democráticas deben abandonar la ingenuidad digital: la verdad empírica es inútil si el adversario controla la matriz emocional. El algoritmo de la posverdad y la desinformación sólo retrocede ante un enjambre organizado con voluntad de poder.

Marysol Díaz Serón
Abogada y Analista de Política.

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