Cosas del fútbol…
En una reciente entrevista en el podcast de su país, nombrado “La Fábrica”, el general en retiro argentino Edgard Calandín renovó la polémica con Chile iniciada por otros de sus colegas en servicio activo y en retiro. Durante una interesante entrevista que permite visualizar “el querer ser geopolítico” argentino en la Antártica y en la “cuestión de Malvinas”, el general afirmó que nuestro Puerto Williams “depende del gas argentino” y, a renglón seguido, advirtió que, si dicho poblado chileno fuera “competencia para Ushuaia”, el problema se resuelve “cerrándole la llave del gas”.
Un tópico central de la conversación consistió en elogiar lo que con sus contertulios llamó “la malvinización” de su país, esto es, el sentimiento patriótico que inunda a Argentina luego del “episodio de la bandera” durante la final del Campeonato Mundial de Fútbol. Obviando el rechazo transversal que -en el resto del planeta- generó ese acto, los participantes de la entrevista celebraron que la sociedad argentina haya tomado conciencia de la trascendencia ontológica de la “causa de Malvinas”.
Sí, porque -al igual que el fútbol- la cuestión de Malvinas aglutina a la sociedad argentina, su “malvinización” abarca todos los aspectos de la vida, incluida la relación bilateral con Chile.
Los hechos, los porfiados hechos
Regresando a la cuestión de “la llave del gas” de Puerto Williams, en la realidad esa ciudad chilena no solo no depende del gas argentino, sino que Ushuaia sí depende -y por partida doble- de la cooperación chilena.
Primero, porque para unir Río Gallegos con Río Grande y Ushuaia, la logística argentina necesita de la cooperación magallánica para la mantención de una carretera de alto estándar, y del cruce de la Primera Angostura del estrecho de Magallanes. Segundo, porque, desde Punta Arenas, empresas chilenas garantizan un apoyo logístico de importancia estructural para el funcionamiento de la industria del turismo antártico argentino. El general Calandín reconoce que desde allí “se irradia” la influencia de su país.
Lo que el general no conoce (o no reconoce) es que, sin apoyo chileno, la próxima temporada de cruceros en Ushuaia (y la irradiación de la influencia argentina hacia “la Antártida”) sería un desastre económico.
Sobre esto también hay que hacer notar que -en el área compartida del canal Beagle en el que se ubican Puerto Williams y Ushuaia- la cooperación chilena se extiende a ciertas interpretaciones “amplias” del Anexo de Navegación del Tratado de Paz y Amistad de 1984, que “explican” la apertura de un paso internacional ad hoc entre Ushuaia y Puerto Navarino.
Dicho paso internacional ad hoc permite a los operadores argentinos aprovechar cruceros chilenos al cabo de Hornos (aguas interiores nacionales), en base a una lectura “imaginativa” de la norma del Tratado de 1984 que prescribe un único track para la navegación a partir de “puertos argentinos en el canal Beagle”. Dicho de otra manera, el TPA prohíbe, comenzando por el estratégico canal Murray, el ingreso de las actividades económicas argentinas a las aguas interiores chilenas.
En concreto, el “paso marítimo” entre Ushuaia y Puerto Navarino habilita a los operadores de Ushuaia para acceder al cabo de Hornos trasladando a sus clientes en lanchas a un puerto chileno ubicado justo al frente, a solo 7 kilómetros. Una vez cruzados los turistas, estos continúan hacia Puerto Williams, al que ahora el general Calandín quiere dejar “sin gas”. Desde ese puerto chileno en el canal Beagle los turistas arribados por mar desde Argentina pueden visitar los múltiples activos escénicos chilenos de importancia mundial que, de otra forma, no son accesibles desde Ushuaia.
Desde ese mismo punto en la costa chilena del canal Beagle, turistas que arriban y regresan a Argentina, pueden acceder al sector de los glaciares del Paso Noroeste y el Paso Suroeste del canal Beagle chileno.
Esa es la manera en la que los operadores argentinos multiplican la oferta de Ushuaia que, comparativamente, incluye muchas menos alternativas que el sector chileno. Los hechos, los porfiados hechos.
Sin reciprocidad
La “flexibilidad chilena” ocurre no obstante que, en el ámbito de un acuerdo sobre pasos fronterizos suscrito en 1997, el paso Ushuaia-Navarino no está considerado.
Sí lo está, y en la categoría de “permanente”, aquel que debería unir a Puerto Almaza con Puerto Willams. A través de ese paso internacional, el transporte terrestre chileno debería acceder a la isla Navarino. Esto, en reciprocidad a lo ocurre más al norte con el transporte argentino que atraviesa el chilenísimo estrecho de Magallanes, para conectar “por tierra” a Ushuaia con Buenos Aires.

En la negociación del tratado de 1997 Argentina solicitó, entre otras cosas, la habilitación de los Pasos Radman/Bellavista (Tierra del Fuego), y Agua Negra (IV Región). Chile consintió y cumplió su compromiso. En cambio, en el canal Beagle, Argentina, simplemente, “se limitó” a no cumplirlo. La razón: nuestro vecino no permite ningún apoyo directo a Puerto Williams, pues, en su interpretación geopolítica de la relación austral con Chile, dicha ciudad -cuya posición geográfica tiene múltiples y evidentes ventajas- “amenaza” a la industria argentina del turismo antártico radicado en Ushuaia.
¿Qué pasaría entonces si le “cerráramos la llave” al paso Ushuaia-Puerto Navarino?
El paso fronterizo entre Ushuaia y Navarino se abre cada verano para -como indico- permitir que turistas de todo el mundo que llegan a Ushuaia (por avión desde Buenos Aires), continúen hacia el cabo de Hornos y el sector de las galerías de glaciares del canal Beagle chileno. Por ello es que algunos sitios web de turismo “venden” esas excursiones como actividades en “territorio argentino”, mientras, como indico, el Paso Almanza-Puertos Williams nunca operó.
En el mismo ámbito conviene mencionar que “el gobierno de Ushuaia” ya dio señales de pretender que Chile “habilite” un nuevo paso fronterizo entre el Parque Lapataia y la Bahía de Yendegaia. El objetivo: después de un traslado “por tierra” de unos 25 kilómetros, permitir que sus clientes arribados por vía aérea desde Buenos Aires accedan al camino chileno que conectará con el estrecho de Magallanes (camino Vicuña-Yendegaia, que el gobierno actual se comprometió a terminar).
A través de un hipotético paso Lapataia-Yendegaia y el camino chileno que unirá a ese último punto con Porvenir y Cerro Sombrero (Bahía Azul), el turismo argentino accedería directamente a otros sitios de primer nivel escénico para el desarrollo del turismo magallánico (Cordillera de Darwin, Río Azopardo, Seno Almirantazgo). Asimismo, y volviendo a la terminología del Tratado de 1984, desde Yendegaia, a los efectos “un puerto chileno sobre el canal Beagle”, Argentina podría terminar de normalizar el acceso directo del turismo de Ushuaia a las aguas interiores del cabo de Hornos y al canal Beagle occidental (para “seguir vendiéndolos” como propios). Esta es una anomalía en ciernes.
Si aquello -hipotéticamente- sucediera, el sacrificio que “en beneficio de la paz” significó -entre otras- nuestra renuncia chilena a la proyección de 200 millas de las “islas al sur del canal Beagle” (Picton, Nueva, Lennox) habría ocurrido en vano.
La “malvinización” como “trastorno del estado anímico”
En el programa de “La Fábrica” que refiero, también participó el comunicador Gerónimo “Momo” Benavides, quien ha sido “tendencia” en las redes afirmando que “las Malvinas son argentinas, y se escriben en español”. Se trata, obviamente, de “una idea fuerza” para “consumo interno”, que va acompañada de la afirmación que dicta que los habitantes de las Falkland/Malvinas son “población implantada”.
Sobre lo primero, la expresión “Malvinas” no es en realidad una voz castellana, sino una traducción del topónimo francés Îles Malouines, conocido a partir de la década de 1700, después de la Guerra de Secesión Española y el acceso al trono español del rey Borbón Felipe V, quien autorizó a naves francesas para acceder a puertos españoles en el Pacífico Sudeste.
Siguiendo un track de navegación popularizado con las “memorias” impresas de dos generaciones de piratas y corsarios ingleses, franceses y holandeses del siglo XVII, esas naves avistaban dicho archipiélago durante el cruce del Océano Atlántico entre las islas de cabo Verde y el estrecho de Magallanes (en verano), o la ruta del cabo de Hornos (en invierno, con menos viento del Noroeste).
No está acreditado que antes de 1764 ningún navegante español o francés visitara las islas (desembarco). En realidad, el archipiélago solo cobró valor económico con la irrupción de la industria ballenera y de la industria de la caza de focas, practicada por naves norteamericanas, inglesas y francesas. Hasta 1764 el conocimiento español de las Îles Malouines se limitaba a los avistamientos informados por navegantes que cruzaban el océano desde Saint-Malo o Cádiz en dirección a Chiloé, Talcahuano o Valparaíso. Por ejemplo, en la carta marina de la región austral publicada en 1716 con la relación de viaje a Chile publicada por el ingeniero francés Amédée-François Frezier ese archipiélago aparece parcialmente representado bajo el nombre de Isles Nouvelles (nuevas islas).
La expedición francesa de 1764 liderada por Louis de Boungainville (que estableció una pequeña colonia) fue un fracaso no solo por el reclamo español, sino porque, a diferencia de las expectativas de los expedicionarios, antes de su desembarco no existían noticias concretas que informaran de que en ellas no había bosques (madera) para construir fuertes o viviendas, o que el suelo no era cultivable, o que el viento, la lluvia y la nieve reducían drásticamente las actividades posibles se realizar. Por ello, el mismo 1764, Boungainville debió alcanzar el estrecho de Magallanes para obtener madera para fuertes y viviendas, realizando así el primer viaje de avituallamiento a dichas islas desde territorio chileno.
Respecto de lo segundo, aquello de la “población implantada” en las Falkland a la cual el discurso oficial argentino niega el “derecho a la autodeterminación” contemplado en el Derecho Internacional, nos parece que estamos frente a un argumento esencialmente peligroso, explicado solo por el estado anímico al que conduce la “malvinización de la vida”.
Según ese mismo criterio, la población argentina de la Patagonia y de la Tierra del Fuego es igualmente “implantada”, pues el poblamiento de ambas regiones fue planeado y ejecutado por el Estado argentino, el cual, por ejemplo, fundó ciudades y distribuyó enormes extensiones de terreno que antes pertenecieron a lo que ahora llamamos, “pueblos originarios”. En el caso particular de Ushuaia, su poblamiento solo se catalizó después de 1878, cuando el Estado argentino autorizó la “implantación” de una misión anglicana llegada desde Port Stanley, la cual es incluso más antigua que su base naval.
Más recientemente, el Estado argentino dictó una serie de leyes de excepción para, precisamente, “implantar población” en Tierra del Fuego e inclinar en su favor la balanza demográfica respecto de Chile. Debido a esa “implantación de población” dicha provincia argentina roza los 200 mil habitantes, mientras que la provincia chilena de Tierra del Fuego ni siquiera alcanza las 9 mil personas.
En consecuencia, si a los ciudadanos de Ushuaia, cuyo arraigo en el lugar es mucho menos antiguo que aquella de los vecinos de Port Stanley, les asiste el derecho a la autodeterminación para, si lo quieren, “seguir siendo argentinos” ¿Por qué a los vecinos de Port Stanley no les asiste el mismo derecho para ser, si así lo deciden libremente, seguir siendo británicos?
Las definiciones pendientes
Mirado el fenómeno de la “malvinización” desde Chile, las interrogantes que nos surgen son diversas. Por ejemplo:
No obstante que somos un país que declara que su inserción internacional se articula conforme con el Derecho Internacional ¿De verdad queremos desconocer el derecho a la autodeterminación de la pequeña comunidad de las Falkland? ¿En serio?
¿Estamos dispuestos a declararlo abiertamente? Esto es, en voz alta decir: ¿Chile no reconoce el derecho de autodeterminación de esos isleños?
Luego ¿Estamos dispuestos a “malvinizar” nuestra interpretación de “los tratados vigentes” y, enseguida adaptar la correcta doctrina de límites del país a la solidaridad con “la causa de Malvinas”, incluyendo, por supuesto, lo relativo al régimen que gobierna el estrecho de Magallanes?
¿Debemos, como exigen dos excancilleres chilenos, evitar “declaraciones destempladas”, ergo, “desequilibradas”, para resguardar ciertos intereses personales o, en el mejor de los casos, “de algunas empresas con inversiones en Argentina”?
¿Debemos renunciar a la defensa del interés permanente del pueblo chileno para atender las urgencias materiales que representan los dos mencionados excancilleres?
¿Debemos suponer que “la buena relación con Argentina” se focaliza “en lo comercial” y en “lo diplomático” (apoyo en los organismos internacionales cada vez más deslavados) en desmedro de nuestra integridad territorial y/o el cumplimento de buena fe exigible a la contraparte de las obligaciones pactadas, es decir -parafraseando a un querido colega embajador de carrera- debemos seguir confundiendo la hinchazón con la gordura?
En lo que a quien suscribe concierne, la respuesta a todas las preguntas anteriores es rotundamente no.
No, porque Argentina nunca solidarizó con Chile en los conflictos con sus vecinos del norte (la historia es bien conocida).
No, porque la “cuestión de Malvinas” es un asunto estrictamente bilateral de Argentina con el Reino Unido. “Thank you, no thank you”.
No, porque desde el punto de vista de los principios del Derecho Internacional, para un país como el nuestro, negar, según el estado anímico de un tercero (Argentina), la aplicación de un principio de Derecho es incoherente e imprudente (autodeterminación).
No, porque subsisten diferendos limítrofes no resueltos con Argentina en el Campo de Hielo Sur y en la plataforma continental magallánico-antártica.
No, porque sigue siendo inaceptable el intento argentino de reinterpretar tratados vigentes “imaginando” cierta “Boca Oriental del estrecho de Magallanes” sobre la que tendría “prerrogativas” para alterar el modus vivendi austral.
No, porque es inaceptable que Argentina nos vuelva a amenazar con declaraciones que nos recuerdan aquellas del período de 1977 a 1984, por ejemplo, que “no está descartado” que intercepte, detenga o multe a un buque chileno que, saliendo o regresando al estrecho de Magallanes, se dirija o regrese a las islas Falkland.
Sostengo que la “malvinización” de las cosas que intenta imponer Argentina nos resulta “inoponible”. ¿Qué piensa Usted?
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