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Un expediente judicial de 1880 reconstruyó la estructura y los ritos de la Recta Provincia, organización chilota que el juez de Ancud calificó de asociación ilícita. Mateo Coñuecar, de 70 años, dijo ser “Rei de Santiago” y relató sentencias de muerte, una cueva en Quicaví con dos seres cautivos y un libro de hechicería atribuido a un español. Aurora Quinchem, “Reina de arriba”, aseguró que se negó a ordenar asesinatos. En 1881, Coñuecar fue condenado a tres años de prisión y otros tres acusados, a 541 días.
Nota: el artículo contiene declaraciones que datan de 1880, por lo que varios grafismos difieren del castellano actual y no corresponden a faltas ortográficas.
Mateo Coñuecar fue llevado ante la justicia el 26 de marzo de 1880. Esa tarde dejó de ser un campesino más de Tenaún: declaró ser uno de los reyes de la Recta Provincia, la sociedad que la propia judicatura chilena definiría un año más tarde como una asociación ilícita de brujos que desató una ola de homicidios en el sur de Chile.
Su testimonio —que hoy es preservado por Memoria Chilena— es la pieza angular de uno de los expedientes más fascinantes de la historia legal chilena: el Juicio a los Brujos de Chiloé.
Se trata de un proceso judicial impulsado por el entonces recién nombrado gobernador Luis Martiniano Rodríguez Herrera y el juez Luis Beytia, quienes consiguieron desarticular a la organización secreta.
Coñuecar era, justamente, una de sus más altas autoridades. En su alocución ante el magistrado contó con lujo de detalles cómo operaba la sociedad también conocida como “La Mayoría”. Habló de un libro sagrado traído por un navegante español quien podía convertirse en animales; de la cueva de Quicaví —su centro de operaciones— que era custodiada por el Imbunche y el Chivato; además del uso de objetos mágicos. Aquí figura, entre otros, el Macuñ, una especie de chaquetilla o faja que era confeccionada con la piel de brujos muertos.
Un hechicero asesinado a sangre fría
El caso que rebalsó el vaso para las autoridades chilenas fue el homicidio de Andrés Netor en febrero de 1879. Netor, a quien la comunidad local y las autoridades de la época consideraban un poderoso hechicero, fue degollado por los hermanos Santiago y Cipriano Rain debido a disputas relacionadas con sus prácticas de brujería.
Su violenta muerte obligó al gobernador Rodríguez, y a la justicia chilena a intervenir de manera masiva en la zona. Para entonces La Mayoría se había erigido como un influyente grupo de poder al interior de la isla y sus autoridades competían en poder con las de Estado chileno. Varias de las comunas del archipiélago fueron rebautizadas al gusto de los brujos.
A Netor, los hermanos Rain lo encontraron en un camino vecinal, a unos cinco kilómetros de su casa, según recortes de la prensa de la época.
“Todavía no te acaban de llevar los diablos”, atestiguó Cipriano que le gritaron a Netor antes de abalanzarse sobre él y atacarlo con palos.
La víctima intentó defenderse con un cuchillo pero los hermanos lo redujeron y lo asesinaron con esa arma. Según Cipriano le dieron un “puntazo” en el vientre que lo hizo caer a tierra.
“Cuando se hallaba en esta condición, Santiago Rain le quitó el cuchillo i le dio a Netor el corte en la garganta que le causó su muerte”, reza la transcripción de la declaración de Cipriano.
“A Netor todos le temían en la isla de Caucahué por hechicerías i brujerías que hacía”, acotó.
Un brujo español
La intervención de la justicia llevó al arresto de cerca de 100 personas que se creía pertenecían a la sociedad.
El primer líder de la Recta Provincia en declarar, según se tiene registro, fue Mateo Coñuecar, de unos 70 años. Lo hizo el 26 de marzo de 1880. Contó que entró a la organización a los 40 años, empujado por su hermano Andrés, el “comandante de la Tierra”. La razón, dijo, era práctica: entrar “para defenderse de los demás, porque era cosa que le convenía”.
La ceremonia se hizo en la casa de Juan Quinchepane, otra de las figuras más prominentes de La Mayoría. Le hicieron hacer la señal de la cruz y Quinchepane le hizo prometer “no decir nada de lo que viera, de no divulgar los secretos, de prestar consejo cuando se lo exija y de cumplir estrictamente las órdenes que se le den”.
Ante el juez no respetó su mandato: desclasificó, por ejemplo, el origen de la sociedad.
Según su versión, todo se remonta a la aparición de un navegante español de apellido Moraleda, quien recaló su buque en Payos (hoy sectores de Queilen y Compu). Y aunque Coñuecar no lo dice, investigaciones posteriores apuntan a que se trataría de José Manuel de Moraleda, un marino, aventurero y explorador ibérico que cartografió el archipiélago de Chiloé en el siglo XVIII.
En Tenaún, dijo Coñuecar, Moraleda hizo una demostración: se presentó como hechicero, “transformándose en pescado, lobo, palomo i en otros animales”. Pero los nativos de la zona, agregó, fueron a buscar a una mujer con fama de hechicera para que se enfrentara a él. Conocida como la Chillpila, se batió a duelo con el español. La fuerza de esta última quedó demostrada cuando logró “dejar en seco el buque de Moraleda en el mismo punto donde se hallaba anclado, i después ponerlo a flote”. Sorprendido y derrotado, el español le regaló a la mujer “un libro de hechicerías para que enseñara a los demás indíjenas”.
Ese libro, impreso y con “tapas de cartón forradas en cuero”, habría sido la semilla de la organización.
“La Chillpila llevó el libro a Quicaví para que aprendieran los indíjenas i de ahí
se organizaron las asociaciones en que ahora figura el declarante”, acota el documento judicial. “Advierte también que es tradición que la Sociedad que fundó esta mujer no tenía todo el carácter perverso que se le ha llegado a dar, pues en el tiempo transcurrido se han ido haciendo innovaciones, como las sentencias que se espiden para dar muerte o hacer sufrir de otro modo a las personas”.
“El libro que dejó Moraleda existe todavía i se han sucedido en tenerlo los jefes de la Recta Provincia que habían en Quicaví, de cuyo punto los indíjenas no permitían lo llevaran a ninguna parte”, afirmó Coñuecar.
La cueva de Quicaví
Bien podría decirse que Quicaví era tierra sagrada para los brujos de Chiloé. De acuerdo con Mateo, en los tiempos de la Chillpila, los primeros afiliados a La Mayoría construyeron una casa subterránea para proteger el libro.
Mateo dijo haberla visitado una vez, cuando el rey José Merimañ le mandó a llevar carne a los protectores de la cueva. La puerta estaba disimulada: “Cubierta con una capa de tierra i césped con pasto para ocultarla”, y detrás había “una chapa” que t+se habría con la “llave de alquimia” .
Lo que salió de allí, según su declaración, fue esto: “Dos seres completamente desfigurados que se parecía el uno a un chivato (porque también se arrastraba), el otro era un hombre desnudo i con barba i el pelo que le llegaba a la mitad del cuerpo era completamente blanco”. Los llamaban Chibato e Imbunche.
Mateo explicó cómo se reclutaba a estos guardianes. El consejo determinaba quiénes serían y “aun cuando ellos no quisieran, los tomaban por la fuerza i los encerraban en la cueva”. Los mantenían con “carne de cabrito o de niños difuntos que robaban en el panteón [cementerio]”.
La razón de tanto rito, dijo, era una creencia: “Esos dos seres ya no son cristianos sino el diablo”.
Sentencias a cambio de aguardiente
Mateo contó también que guardaba, enterradas en una caja bajo un baúl en su casa, tres sentencias que había expedido.
Una de ellas fue la de Catalina Güenel, de Tenaún, a petición de Catalina Canto, “porque aquella le había quitado su marido”. El procedimiento, según su declaración, tenía tarifa: “Catalina Canto pagó al declarante por la sentencia tres botellas de aguardiente, i éste a Raicagüin un peso cincuenta centavos en jénero blanco para que ejecutara su orden”.
Coñuecar aseguró que Raicagüin, “era brujo i servía como policial para cumplir las órdenes que se le dieran”. Mateo aseguró que la mujer sentenciada murió “a la semana siguiente” y que él no sabía cómo. Algo parecido contó de Juana Canto, a quien se condenó a morir tras la queja de Juana Carimonei: “Falleció a los dos o tres días”.
También declaró haber ordenado la muerte de dos hijos de don Fabián Cárdenas, porque, decían los indígenas, el hombre “tenia muchos víveres i les cobraba mucho cuando les compraban”.
Coñuecar dijo que “no dio ninguna medicina para cumplir su orden, pero el hecho es que los hijos de Cárdenas (…) fallecieron como a los ocho días después”.
La declaración del detenido terminó abruptamente, según se desprende del acta, pues “se niega por ahora dar más explicaciones”.
La reina que no sentenció
Juan José Chodil, una de las más altas autoridades de La Mayoría también terminó muerto. Ostentaba un cargo de enorme jerarquía: “Presidente sobre la Tierra”. Alcanzó a ejercer su cargo por solo unos seis meses antes de fallecer de forma repentina.
Su esposa, Aurora Quinchem, declaró un día después de Coñuecar ante la justicia. Dijo que Chodil había muerto envenenado por otros miembros de la orden por “envidia del cargo que desempeñaba”. Tras su deceso, la viuda fue nombrada como Reina de Arriba de la Recta Provincia. Su cargo la obligaba a reparar, dar consejo y sentenciar (es decir, enviar a matar) cuando fuese conveniente.
Aurora aseveró que nunca ejerció esa última facultad. “A causa de que ella no sentenciaba como querían, Estevan Carimonei i Domingo Coñuecar la querían mal i ellos le atropellaban sus facultades para hacer lo que querían”, versa el acta de su declaración.
También entregó al juez un recetario. De él se desprende que la organización cultivaba su fama con medicinas y con males.
Entre los venenos, relató que utilizaban el “bocado” hecho “de lagartijas” y “sapos que secan al sol y molidos en polvo”, para provocar “una enfermedad que les hincha la barriga, que les da mucha sed i muchos vómitos”. O el “cachin”, “terrible enfermedad” que, según su explicación, “se forma de una clase de hormigas” que obtenían de los palos secos y podridos.
Los brujos, afirmó, recogen esas hormigas y” se las largan a quienes quieren hacer sufrir”.
La condena de los brujos
Aunque varios fueron condenados a prisión, la falta de pruebas y la dimensión mítica del caso llevaron a la absolución o liberación de muchos de los detenidos. Y pese a las muertes causadas por la Recta Provincia, la sentencia del juez Beytia, dictada el 2 de marzo 1881, solo incluyó un delito menor: asociación ilícita.
El documento judicial describe una organización con un “número excesivo de afiliados” y una estructura propia: un rey y reina como jefes supremos, presidentes y vicepresidentes, intendentes, secretarios, comandantes, reparadores y médicos.
Sus miembros —reza el escrito— aceptaban su puesto “bajo la obligación de sijilo i obediencia” y se financiaban, según el fallo, aprovechando la credulidad ajena: la facilidad para “estafarlos, cobrándoles honorarios por notificaciones y sentencias”.
Mateo Coñuecar fue condenado a tres años de cárcel. Aurora Quinchem, Cristino Quinchem y Domingo Coñuecar recibieron apenas 541 días.
El fallo agrega un diagnóstico sobre cómo había sobrevivido la sociedad tanto tiempo: la Recta Provincia “era tolerada porque se ignoraban sus malas tendencias” y “se le creía más bien una institución piadosa con fines humanitarios”.
Luego de terminado el juicio, se presume que la organización decayó en poder e influencia y terminó desarticulada.
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