VER RESUMEN

Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Ricardo House, chileno radicado en Cataluña, administra la librería El Siglo, un vasto espacio en Mercantic con más de 150,000 libros de segunda mano. Destaca que pese a pequeños robos, la pasión por la lectura fomenta un ambiente de empatía y solidaridad entre los clientes, quienes disfrutan de la amplia oferta literaria. La librería no solo vende libros, sino que alquila espacios para eventos, manteniendo así su vitalidad.

Ricardo House llegó a Cataluña siguiendo la pista de Roberto Bolaño y hoy dirige un espacio de novecientos metros cuadrados, con más de ciento cincuenta mil libros.

A las diez de la mañana, Ricardo House abre la puerta, recorre una a una las siete salas y enciende las luces.

Parte por los pasillos, sigue por la sala de lectura, revisa los baños, la cocina. Todavía no hay nadie, pero los libros ya están ahí: más de ciento cincuenta mil ejemplares de segunda mano que lo rodean.

“¿Roban libros aquí?”, le preguntamos. “Hay pequeños robos: de repente veo libros que estaban y ya no están, que no han pasado por la caja. Pero son muy pocos. Y, al final, yo creo que quienes roban no leen, o quienes leen no roban, en principio. Pero, bueno, tengo el contraejemplo de Roberto Bolaño, que robaba libros para leer”, responde.

Ricardo House recuerda una idea que escuchó en el programa La belleza del pensar, donde Roberto Bolaño hablaba sin culpa del robo de libros en su juventud, no como delito, sino como parte de una formación.

“Si alguien roba un libro para leerlo, bienvenido ese robo”, dice House desde la caja, mientras las primeras personas empiezan a entrar.

Nació en Santiago en 1952. Vivió décadas en México -casi treinta años-, donde levantó una productora de televisión educativa y cultural. La cerró antes de venirse a Europa. Llegó a Cataluña en 2011 para investigar la vida de Roberto Bolaño. Un año antes había estrenado en la Casa de América de Madrid el documental La batalla futura, el primero de tres trabajos dedicados al escritor, centrado en su etapa en México.

Ya en Cataluña continuó ese trabajo en terreno, siguiendo el paso de Bolaño por Girona, Blanes y Barcelona. En ese tránsito conoció a una chilena. La decisión no fue inmediata, pero se fue formando. Entre 2011 y 2012 resolvió quedarse. Hoy trabaja en la librería El Siglo, en Sant Cugat, a unos 20 kilómetros de Barcelona.

Ricardo House
Ricardo House | Foto de Ignacio Molina (BBCL)

Libros hasta el techo

La librería ocupa cerca de novecientos metros cuadrados. Siete salas conectadas dentro de Mercantic, un antiguo recinto industrial reconvertido en mercado cultural permanente, en el sector de Volpelleres. Afuera hay ferias, muebles, ropa, discos, objetos antiguos, además de conciertos y presentaciones.

“Viene mucha gente, mucha gente joven”, dice House.

Las mesas se alinean en filas largas. Libreros metálicos, bajos, obligan a inclinarse. Los libros quedan a la altura de las manos: ásperos, tibios, con olor a papel viejo que se mezcla con el polvo y la madera. Al fondo, las paredes suben hasta el techo con estanterías llenas. La luz cae amarilla y espesa sobre los lomos, como si el aire también se hubiera quedado a vivir ahí. De las vigas cuelgan libros abiertos, suspendidos.

Podría ser un museo. Podría ser el depósito de alguien que robó libros durante toda una vida y luego los escondió acá. House lo define como la librería de segunda mano más grande de España.

“Uno piensa que la gente joven va muy digital, pero vienen buscando libros en papel todavía”, agrega.

Luego entran los primeros clientes. “Estoy en la caja cuando hay público. Y cuando no, ordeno, organizo libros y recibo donaciones”. El negocio no depende solo de vender. “Esta librería no se sustenta en vender libros, sino en alquilar los espacios para eventos. Eso es lo que le da vida”.

Librería El Siglo
Librería El Siglo | Ignacio Molina (BBCL)

Lectores que se quedan

Una chilena recorre las mesas sin apuro. No mira todo. Elige. Un catalán se queda unos pasos atrás, abre un libro y se detiene en las primeras páginas. No hablan mucho. Se mueven con una coordinación silenciosa.

“Yo lo traje porque me gusta mucho este espacio”, dice Daniela Muñoz.

Llegó en 2008 desde Santiago por un intercambio desde la Universidad Católica. Iba a quedarse seis meses. Luego entró a Historia del Arte en la Universitat Autònoma de Barcelona. El plan se estiró. Nunca volvió. Hoy trabaja como profesora de arte.

El catalán, José López, toma un libro sin dudar: Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela. Dice que lo tenía anotado, que suele moverse entre clásicos y que prefiere ir sobre seguro. Se acercan a la caja, pero no pagan de inmediato. Se quedan conversando.

“Leí Una novelita lumpen”, dice José, y aclara que no le gustó.

José López y Daniela
José y Daniela | Foto de Ignacio Molina

House asiente, menciona sus trabajos sobre Bolaño y luego recomienda otro título: “Lee Estrella distante”.

José lo anota en el teléfono. No usa Goodreads ni aplicaciones de lectura. Es una lista simple.

Afuera, Mercantic sigue abierto. Catalanes y turistas caminan sin apuro entre un galpón y otro. La librería no es una parada aislada: es parte de un recorrido en el que se puede pasar toda la mañana.

Las prietas

Un poco después, otra chilena entra y saluda a House por su nombre. No mira los libros: va directo a la caja. La hija la sigue.

Se llama Marjorie, vive hace años en Sant Cugat. Dice que este es uno de los sitios típicos del sector, que los fines de semana todo el mundo pasa por aquí, que siempre hay algo que ver.

La hija se llama Carmen, tiene acento español y ha estado en Chile. Dice qué fue lo que más le gustó: “Las prietas”. Después habla del norte, del sur, de las distancias. Marjorie nombra la comida, la familia y luego baja el tono: dice que están bien acá.

Cuando se van, House las mira un momento y comenta: “Hay un sentimiento de solidaridad, de empatía”. Dice que mantiene algunas costumbres, que a veces va a restaurantes chilenos, como El Torres del Paine o La Costa Gastronómica, donde pide pastel de choclo y humitas. También cocina en casa. Después vuelve a la caja.

Marjorie y Carmen
Marjorie y Carmen | Foto de Ignacio Molina (BBCL)

Libros que llegan, libros que se van

En El Siglo la gente no entra y sale rápido. Circula, se detiene, toma un libro, lo abre, lo deja, cambia de mesa, vuelve. House señala dos estantes cerca de una de las entradas: “Tengo esas dos primeras columnas, que son los libros del librero, los que tarde o temprano los piden”. Ahí se repiten nombres. Donoso. Saramago.

“Tengo cien categorías: filosofía, geografía, psicología, psiquiatría, sociología, arte, literatura, viajes”, explica.

—¿Cualquiera puede encontrar un libro acá?

—Sí. Y, más bien, el libro es el que encuentra aquí al dueño.

—¿Qué libros son los que más busca la gente?

—Piden de todo: magia, ocultismo, autoayuda, ciencia ficción, filosofía.

Ricardo House
Ricardo House | Foto de Ignacio Molina (BBCL)

También hay gente que llega con libros. Óscar Soria, 62 años, llegó así. Lo cuenta otro día, lejos de la librería, en la Universitat Autònoma de Barcelona, en Bellaterra, donde cursa francés.

Recuerda que la primera vez que fue no entró a comprar: venía de vaciar el piso de su padre, con libros y revistas que no podía conservar. Dice que descubrió la librería por cercanía, que le gustó el lugar y que volvió. Ha ido varias veces. Han conversado. Incluso han dicho que se tomarán una cerveza, pero aún no se concreta.

“Él vende libros ahí. Pero si tú le llevas libros o revistas, no paga”, dice Óscar.

No lo dice como queja. Lo dice como una forma en que funciona el lugar. Llevó los libros en varias tandas y después volvió, esta vez como lector. Recuerda uno en particular, de una colección de novela negra en catalán: La Cua de Palla.

Cuando pasa por Mercantic, entra. Dice que suele pasar por El Siglo. “Ricardo tiene una conversación muy fluida, muy próxima”, comenta. En esas conversaciones, agrega, House le contó que era de Chile, que había salido después del golpe y que llegó a México.

Librería El Siglo
Ignacio Molina (BBCL)

El ritmo de la librería

Todo el tiempo suena música. No es fondo. Marca el ritmo del lugar. Podría estar en la banda sonora de Midnight in Paris. House no solo administra la librería, no solo vende, no solo atiende al público: también decide lo que se escucha. Cambia discos, ajusta el tono, mide el ambiente. Hace de DJ.

“Voy ambientando según cómo siento que está el espacio”, dice. Habla de una suma. Música, libros, gente. Un estado de ánimo que se arma y se sostiene.

Jazz clásico. Canciones de Rod Stewart, sobre todo de la serie Great American Songbook. “Mucha gente me viene a preguntar por los playlists”, dice.

Las personas que entran por primera vez se detienen. Levantan la vista. Algunos sonríen sin darse cuenta. Otros sacan el teléfono. Graban. Fotografían. “La gente que entra por primera vez aquí es un poema”, comenta.

Menciona que ahí se genera algo difícil de repetir. Que funciona de boca a oído. Que muchos llegan porque lo ven en redes, en videos, en fotos.

Afuera, en otra sala, se empieza a armar un pequeño escenario. En un rato habrá música en vivo. La librería abre de jueves a domingo: los jueves y domingos hasta media tarde, y los viernes y sábados se extiende hasta la noche.

Ignacio Molina (BBCL)
Ignacio Molina (BBCL)

Herido por las letras

House lleva cerca de siete años en la librería El Siglo. Quince en Cataluña. Cuando llegó, no entró de inmediato al mundo de los libros. Su primer trabajo fue en la comunicación de la Barcelona World Race, una regata alrededor del mundo con veleros de dos tripulantes.

“Me contactaron porque había un piloto chileno y necesitaban apoyo en comunicación”, recuerda.

Después vino lo demás: la búsqueda, los trabajos intermedios, la librería.

“Estoy bastante inserto en la cultura catalana”, dice.

En su casa se habla castellano. Su pareja es chilena, psicóloga clínica, y trabaja en Barcelona. La vida cotidiana se arma entre ese ritmo y la librería.

Dice que el catalán es reservado, que no es fácil entrar en su mundo privado. Pero también que son correctos, que un sí es un sí y un no es un no. Que hay una relación natural con el trabajo y con que las cosas resulten.

—¿Parla ja català? (¿Habla ya catalán?)

—Una mica (Un poco).

—¿Tiene alguna palabra favorita?

—Lletraferit.

Dice que le gusta cómo suena. Que define a alguien herido por las letras. “Un bibliófilo”.

House llegó por un escritor. Se quedó entre libros. En un país que no es el suyo, pero que eligió.

“Este sí es mi lugar. Es como un trabajo fijo. Va a ser el último”.