Mire, Presidente, yo quiero entender. De verdad que quiero entender. Porque uno suponía que cuando la economía anda complicada, cuando cuesta encontrar empleo y cuando llegar a fin de mes se transforma en una hazaña, el Gobierno debía preocuparse de mover la economía, generar inversión y conseguir que los sueldos alcancen. Pero no. Ahora descubrimos una solución revolucionaria: aprovechar las sobras del 18.

Fantástico. La señora está preocupada porque no le alcanza para el supermercado, el trabajador porque no encuentra pega y la familia porque las cuentas siguen llegando religiosamente todos los meses. Pero tranquilos todos: si quedó media empanada, tenemos patrimonio; si sobrevivió un pedazo de choripán, tenemos inversión de largo plazo; y si apareció una papa olvidada en una olla, cuidado con botarla, porque quizás ahí está escondido el próximo plan de reactivación económica.

Y uno inevitablemente recuerda los años 80 y aquellas recomendaciones de doña Lucía para preparar cazuela con cáscaras de papa y corontas de choclo. ¡Corontas de choclo! A este ritmo vamos a terminar con alguna autoridad explicándonos cómo preparar charquicán con el mantel.

Porque una cosa es combatir el desperdicio de alimentos —algo perfectamente razonable— y otra bastante diferente es convertir la administración de la escasez en una respuesta para familias que necesitan que la economía funcione.

Pero ya que estamos hablando de sobras, tengo una pregunta, Presidente. Cuando recibió a sus amigos en La Moneda, ¿qué les sirvieron? ¿También aplicaron el recetario? ¿Había empanadas recalentadas y una deliciosa sopa de cáscara de huevos? ¿O estas recomendaciones son solamente para la mesa del pellejo?

Ese es precisamente el problema. Las personas no quieren que el Estado les enseñe a perfeccionar el arte de vivir con menos. Quieren trabajo, mejores salarios, oportunidades y tranquilidad para llegar a fin de mes. Quieren abrir el refrigerador y encontrar comida, no un instructivo explicándoles las siete vidas que todavía podría tener una coronta de choclo.

Así que antes de explicarle al país qué hacer con las sobras, sería bastante más útil preocuparse de que las familias puedan poner suficiente comida sobre la mesa. Porque hay una pequeña dificultad con toda esta brillante teoría culinaria: para aprovechar lo que sobra, Presidente, primero tiene que sobrar algo.