En los últimos años, los principales directores ejecutivos y científicos de la industria de la inteligencia artificial (IA) han protagonizado un fenómeno inédito en la historia del capitalismo moderno: acudir a foros globales, conferencias de prensa y despachos gubernamentales para advertir que la tecnología que ellos mismos construyen podría poner en riesgo la supervivencia de la humanidad.

Sin embargo, detrás de esta narrativa apocalíptica y aparentemente altruista, economistas, analistas de políticas públicas e investigadores independientes advierten la presencia de una compleja y fría estrategia corporativa.

Construyendo muros alrededor del mercado

Existe un concepto económico denominado captura regulatoria, que describe cómo las empresas dominantes de un sector influyen en el diseño de las leyes para proteger sus propios intereses. Al presionar activamente a gobiernos para que establezcan licencias estatales obligatorias, auditorías de seguridad multimillonarias y estrictos marcos normativos amparados en el riesgo existencial, los gigantes tecnológicos buscan garantizar que solo las corporaciones con presupuestos colosales puedan cumplir con los requisitos formales.

Esta maniobra ahoga de forma directa el avance de las empresas más pequeñas, la comunidad de código abierto (open source) y bloquea la llegada de startups emergentes que no poseen los recursos financieros para costear regulaciones tan severas. Todo esto, neutraliza la competencia sin tener que competir en innovación o precios.

El marketing de la omnipotencia

Afirmar que un producto es tan poderoso que podría destruir el mundo constituye una de las campañas de marketing publicitario más efectivas jamás creadas. Esta narrativa le envía un mensaje implícito devastador al mercado: la tecnología en cuestión no es un simple modelo estadístico de lenguaje, sino una entidad al borde de alcanzar la Inteligencia Artificial General (AGI) o superinteligencia.

Sin embargo, la comunidad científica rigurosa señala constantemente que no existe ninguna evidencia empírica de que los modelos de IA actuales posean conciencia, comprensión real o capacidad de auto-mejora autónoma sin supervisión humana.

Esta construcción narrativa de la AGI sirve primordialmente para inflar valoraciones bursátiles de cientos de miles de millones de dólares y justificar inversiones multimillonarias sin demostrar primero sostenibilidad financiera.

El show de los “exempleados arrepentidos”

Uno de los elementos más efectivos para consolidar esta narrativa de peligro inminente ha sido la recurrente puesta en escena de altos ejecutivos e investigadores de empresas como OpenAI (varios investigadores renunciando por supuestos riesgos), Google (Blake Lemoine quien creyó hablar con una máquina consciente) y recientemente Anthropic (Isaac Coxon quien renunció por temores de los riesgos de algo super poderoso que estaban desarrollando) que renuncian de forma “dramática” a sus puestos, aludiendo que la empresa está avanzando demasiado rápido hacia una superinteligencia incontrolable sin suficientes resguardos de seguridad.

Aunque algunos renunciantes pueden actuar movidos por convicciones personales o por la subcultura del Altruismo, mediáticamente estas salidas funcionan como la mejor confirmación publicitaria para la empresa: el público y los medios validan la premisa de que la tecnología en efecto es tan avanzada y peligrosa que asusta a sus propios trabajadores o creadores. Esta escenografía oculta que las herramientas continúan siendo modelos probabilísticos propensos a errores (ej. alucinaciones en las respuestas, acciones incorrectas que ejecuta un agente, etc), fallas lógicas básicas y dependientes de enormes cantidades de datos etiquetados por humanos.

Todo esto sigue un patrón estructural que ya había acontecido desde Estados Unidos, entre otros:

– Marzo del 2023: se genera una carta abierta internacional que pedía la pausa de la IA por seis meses, liderada por el empresario Elon Musk. Un mes después se descubrió que esto había sido una “pantalla” para dar más tiempo al crecimiento de la propia empresa de Musk (XAI).

– Octubre del 2023: El expresidente de EEUU, Joe Biden, “presionado” por los CEO de las empresas desarrollando tecnologías de IA, firma una orden executiva para resguardar y abordar las preocupaciones en término de los riesgos que estas tecnologías podrían producir.

Esto evidenció la asimetría entre el discurso y la práctica. Mientras se pedía un freno global apelando a la seguridad planetaria, de forma paralela las empresas continuaban comprando hardware, recaudando capital y lanzando modelos, demostrando que la apelación al pánico funcionaba como una “cortina de humo estratégica”.

Cortina de humo sobre los riesgos inmediatos y reales

Al desviar la atención hacia escenarios hipotéticos de ciencia ficción —como superinteligencias tomando conciencia o extinguiendo a la civilización—, el debate público se aleja de los problemas concretos y urgentes que afectan a la sociedad en el presente y que ya están siendo abordados por las regulaciones de IA vigentes y/o aquellas en discusión:

• Derechos de autor y propiedad intelectual: Demandas judiciales masivas por la extracción desautorizada de contenidos para el entrenamiento de grandes modelos de IA.

• Impacto ambiental y energético: El consumo desmedido de energía eléctrica y recursos hídricos para alimentar los centros de datos masivos.

• Efectos socioeconómicos directos: La precarización laboral, la automatización indiscriminada y la proliferación de desinformación mediante deepfakes.

• Riesgos sociales: sistemas o modelos que contienen sesgos, no cumplen aspectos éticos y de transparencia, no pueden rendir cuentas en la toma de decisiones, entre otros aspectos.

Aunque existen sectores dentro de Silicon Valley con preocupaciones éticas genuinas sobre la auto-mejora tecnológica, la aparente contradicción es insostenible: ninguna de estas corporaciones ha frenado sus lanzamientos comerciales de manera unilateral.

En última instancia, la narrativa de la AGI y el riesgo existencial —alimentada por renuncias de alto perfil y discursos apocalípticos— funciona como un mecanismo eficaz de protección corporativa en un momento crítico donde la IA se consolida como la tendencia económica del futuro.