VER RESUMEN

Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

En el siglo XIX, los hospitales eran lugares de olores desagradables y prácticas médicas cuestionables. Ignaz Semmelweis, médico húngaro, descubrió que lavarse las manos podía prevenir la fiebre puerperal, una enfermedad mortal en mujeres después del parto. A pesar de su revolucionario hallazgo, fue rechazado y finalmente murió en un hospital psiquiátrico por una infección.

Imagina entrar a una sala de hospital donde el olor a sangre, vómito y descomposición impregna el aire. Los médicos pasan de una autopsia a un parto sin cambiarse de ropa ni lavarse las manos, mientras una enfermedad misteriosa mata a miles de mujeres después de dar a luz. En medio de ese escenario, un joven médico se atrevió a desafiar las creencias de su época con una idea tan simple que hoy parece obvia. Lo que ocurrió después cambió para siempre la historia de la medicina.

Ir a un hospital hoy es sinónimo de altos estándares técnicos y sanitarios para evaluar y tratar a los pacientes. Pero si nos remontamos a 180 años atrás, la realidad era muy distinta. En el siglo XIX, el olor a orina, vómito y otros fluidos corporales estaba a la orden del día en los hospitales.

Si bien en esa época ya existían médicos especializados, la práctica de la medicina era muy diferente a la que conocemos actualmente.

Aun así, había profesionales adelantados a su tiempo que comenzaron a introducir mejoras que terminaron salvando millones de vidas. Uno de los casos más llamativos fue el del médico húngaro Ignaz Semmelweis, protagonista de esta historia.

Semmelweis era un hombre que primero quiso ser abogado, pero abandonó el Derecho para estudiar Medicina en la Universidad de Viena. En 1844 logró graduarse y esperaba ejercer como patólogo en el Hospital General de Viena. Sin embargo, su solicitud fue rechazada por ser judío y extranjero, ya que, según las normas sociales de la época, se trataba de un puesto de prestigio reservado para austríacos sin ascendencia judía.

Ante ello, Ignaz Semmelweis se dedicó a la obstetricia, un campo relativamente nuevo para los médicos y dominado por la partería, una disciplina menos prestigiosa donde era más fácil encontrar una vacante.

Así, el médico húngaro comenzó a trabajar en la división de obstetricia del Hospital de Viena el 1 de julio de 1846, según detalla The Conversation.

Ignaz Semmelweis y la idea que lo cambió todo

Apenas llegó al recinto, Ignaz demostró ser un observador nato, lo que le permitió detectar que algunas prácticas médicas parecían provocar más muertes que vidas salvadas.

Según explicó Justin Lessler, profesor adjunto de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins, Semmelweis fue un hombre de su tiempo. Lessler describió aquella etapa como “el comienzo de la edad de oro del médico científico”, en declaraciones a la Radio Pública Nacional de Estados Unidos (NPR).

Asimismo, profesionales como Semmelweis comenzaron a interesarse por las estadísticas y la recopilación sistemática de datos.

Ignaz Semmelweis | Silmara Mansur

“Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias”, afirmó a la BBC, el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.

“A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas ‘miasmas"”, reveló el doctor Lerner al citado medio.

A todo esto, durante su trabajo en el pabellón de Obstetricia, el médico húngaro observó que la tasa de mortalidad materna era alta, ya que muchas mujeres morían de fiebre puerperal en las salas, una enfermedad que provocaba la emanación de pus en el canal del parto, además de sufrir abscesos en el abdomen y el pecho, todo ello en apenas 24 horas posteriores al nacimiento del bebé, indicó una publicación de la Cadena de Televisión Pública de Estados Unidos (PBS, en inglés).

Entonces Semmelweis quería averiguar por qué tantas mujeres enfermaban gravemente después del alumbramiento, una cuestión que pudo responder tiempo después.

Se resuelve el misterio

Después de percatarse de que las embarazadas, morían en los pabellones, Ignaz se abocó a revisarlas, donde en una sala era atendida por estudiantes masculinos de Medicina, mientras que la otra estaba bajo la tutela de las parteras.

En ese sentido, el doctor observó que el pabellón de los estudiantes de Medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.

Entonces Semmelweis notó que, cada vez que una paciente moría de fiebre puerperal, un sacerdote recorría lentamente la consulta, acompañado de un individuo que hacía sonar una campana. En esta ocasión, Semmelweis teorizó que el sacerdote y el sonido de la campana instigaban la enfermedad, pues posteriormente las mujeres contraían fiebre, enfermaban y morían.

Luego de descartar esta primera hipótesis, ya que después de comprobar que este rito no era la causa de las muertes, Ignaz verificó que uno de sus colegas, un patólogo, había enfermado y fallecido. Un suceso totalmente anormal, según contó Jacalyn Duffin, profesora de historia de la Medicina en la Universidad Queen’s de Kingston, Ontario. Así pues, Semmelweis estudió los síntomas del patólogo y se dio cuenta de que había fallecido de la misma enfermedad que las mujeres a las que había realizado la autopsia, publicó la NPR.

En consecuencia, la fiebre no era exclusiva de las mujeres embarazadas, por lo que Semmelweis, decidido, puso su atención en los médicos jóvenes que atendían los partos.

De esta forma, se percató de que los doctores que atendían partos también practicaban disecciones y autopsias; el médico húngaro postuló que las “partículas cadavéricas” que trasladaban eran las causantes de las muertes por fiebre puerperal. Debido a que no usaban guantes ni otras formas de protección en la sala de disección, no era inusual ver a esos estudiantes de Medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa, recogió BBC Mundo.

Según Jacalyn Duffin, “la gran diferencia entre la sala de médicos y la sala de matronas es que los médicos realizaban autopsias y las matronas no”, expresó a la NPR.

Después de responder que la violenta fiebre puerperal era causada por “material infeccioso” de un cadáver, el doctor Ignaz resolvió el problema con una simple pero efectiva solución: llevar un cuenco lleno de solución de cal clorada en el hospital, pidiendo a todo el personal que se lavase las manos. Semmelweis, que no sabía nada sobre gérmenes, intuyó que el cloro podía ser el líquido que ayudaría a mantener limpias las manos de sus colegas.

El triste final de Ignaz Semmelweis

Eso sí, la idea revolucionaria del médico húngaro cayó mal en la hermética comunidad médica de Viena, que vio que la hipótesis de Semmelweis contrariaba a siglos de práctica profesional.

Por otro lado, se supo que Semmelweis mantenía cierta hostilidad en el trato con sus colegas, así que pronto el húngaro perdió su trabajo en el Hospital de Viena por insistir a sus compañeros que se lavaran las manos.

Ignaz retornó a Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario en la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.

Tanto en ese humilde recinto como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde fue académico, Semmelweis desterró la fiebre de sus pabellones.

Ya en el año 1861, se cree que Ignaz padeció una enfermedad mental, posiblemente causada por sífilis o incluso se especula que haya padecido Alzheimer en sus últimos años.

Hasta que un día, un colega de Semmelweis lo engañó para internarlo en un hospital psiquiátrico.

Dos semanas después, golpeado y humillado por los guardias del manicomio, Semmelweis murió porque una herida en una mano había vuelto gangrenosa; paradójicamente, la causa de muerte fue por una sepsis, la misma emergencia que intentó prevenir con el lavado de manos.