“Absolutamente aterrorizado”: Así dijo estar el recién fallecido Presley Gerber, hijo de la modelo Cindy Crawford, solo unos meses atrás, cuando se sometió a un controvertido tratamiento para el síndrome de abstinencia con ibogaína, sustancia que se extrae de la corteza de la raíz de un arbusto africano, el Tabernanthe iboga.
Vale recordar que el modelo de tan solo 27 años murió este domingo en un centro de rehabilitación en Los Ángeles, Estados Unidos, según informaron medios de espectáculos como TMZ, sin dar respuesta a la causa exacta del fallecimiento.
Aterrorizado: el tratamiento contra la abstinencia de Presley Gerber
No era un secreto que Presley llevaba años batallando contra la adicción a las drogas, ya que él y su familia hablaron en numerosas ocasiones de sus problemas de salud mental.
En sus propias redes sociales, el hijo mayor de Cindy Crawford detalló en varias ocasiones sus problemas de adicción, incluso revelando que estuvo a punto de morir por una sobredosis de fentanilo en el 2024.
Así, solo unos meses antes de morir, Gerber compartió un post sobre su tratamiento con ibogaína: “Antes de recibir una dosis alta, viví un momento de calma. Estaba absolutamente aterrorizado y sabía que volvería a sentirme así si alguna vez tenía que enfrentarme de nuevo a algo parecido”, mencionó.
En la oportunidad, tanto sus padres (Crawford y Rande Gerber) como su hermana (Kaia Gerber) elogiaron su “coraje”: “¡Eres un guerrero! ¡Atravesaste el fuego para encontrarte a ti mismo! ¡Estoy muy orgullosa!”, escribió la modelo de 60 años, mientras que Kaia, también profesional de las pasarelas, añadió: “Estoy muy orgullosa de ti y de tu valentía”.
¿Qué es la ibogaína?
La historia de la ibogaína como tratamiento contra las adicciones nació en 1962, casi por casualidad. Howard Lotsof, un joven que consumía heroína, notó que, tras tomar una dosis de esta sustancia, los síntomas de abstinencia (esos malestares físicos y psicológicos que aparecen cuando el cuerpo deja de recibir la droga a la que estaba habituado) desaparecían casi por completo, tanto en él como en amigos que atravesaban lo mismo.
Desde entonces, distintos estudios —algunos con pacientes reales bajo supervisión médica— han repetido ese hallazgo. Así lo describe una revisión publicada en 2023 por la Revista de Psiquiatría del Uruguay.
En uno de ellos, un 80% de los participantes con dependencia a opioides reportó una reducción drástica o total de los síntomas de abstinencia tras el tratamiento. En otro, personas dependientes de cocaína pasaron en promedio 5,5 meses sin consumir después de una sola sesión, y hasta 8,4 meses si repetían el tratamiento.
La ibogaína también parece aliviar síntomas de depresión y ansiedad, algo frecuente en personas con adicciones. En experimentos con ratas, una sola dosis logró un efecto antidepresivo similar al que la fluoxetina (un antidepresivo común) solo consigue después de tres dosis.
Cómo actuaría en el cerebro
Los científicos aún no saben con precisión por qué funciona. Se sabe que la sustancia interactúa con varios receptores del cerebro a la vez, y que promovería la generación de proteínas que ayudan a las neuronas a “repararse” y adaptarse, un fenómeno llamado neuroplasticidad.
En simple: la ibogaína podría ayudar al cerebro a reconectar circuitos que quedaron alterados por el consumo crónico de drogas, algo que los tratamientos actuales —enfocados solo en calmar síntomas— no logran hacer.
Curiosamente, la ibogaína también provoca un estado de vigilia con características parecidas al sueño REM (la fase del sueño donde soñamos más intensamente), lo que explicaría por qué quienes la consumen describen experiencias similares a sueños vívidos, incluso con los ojos abiertos.
El lado oscuro: por qué es tan controvertida
Aquí está el problema que ha frenado su avance como medicamento aprobado: la ibogaína puede provocar arritmias cardíacas graves, incluso mortales. Esto ocurre porque bloquea unos canales del corazón encargados de regular su ritmo eléctrico, lo que puede desencadenar un trastorno llamado síndrome de QT largo, capaz de producir latidos peligrosamente irregulares.
Se han registrado alrededor de 37 muertes asociadas al consumo de ibogaína, la mayoría en clínicas alternativas sin control médico ni monitoreo cardíaco adecuado. Ese uso “casero” o poco regulado es justamente lo que ha complicado que avancen estudios clínicos más grandes y rigurosos.
Por eso, los investigadores insisten en que su administración solo debería hacerse bajo supervisión médica estricta, con monitoreo constante del corazón y evaluaciones previas de salud del paciente.
A pesar de su potencia y de los efectos casi alucinatorios que produce, la evidencia hasta ahora sugiere que la ibogaína no genera adicción en sí misma, algo poco común entre las sustancias psicoactivas.