El medio Ex Ante, que suele reportear bien en los pasillos de la derecha, anunció en una nota de esta semana el cambio de gabinete que venía, incluyendo modificaciones al segundo piso. Su tesis es que era estructural y por cierto incluía al ministro Rabat.

Como sonaba completamente lógico, quedó instalado y varios se hicieron ternos con los sastres que no viajaron a Europa y cargaron sus celulares. Pero a la vuelta el presidente lo descartó de un plumazo y, para que no quedaran dudas, invitó al mismísimo ministro cuestionado a la ceremonia de izamiento de la gran bandera Bicentenario.

Decía el viejo periodista Ismael Llona que lo lógico no siempre era lo justo, y este es el caso. Es lógico pues según la encuesta Brecha Pública Qualiz UCEN que salió esta semana, el gobierno cayó en dos meses a un mísero 22% de aprobación, un número similar a lo que obtuvo en primera vuelta. Esa encuesta es realizada en dos dimensiones, pues aplica el mismo instrumento a una muestra aleatoria de ciudadanos y a un panel de formadores de opinión.

En el segundo universo, la desaprobación a la conducción presidencial llega a un demoledor 80,4%, superando por 16 puntos el 64,3% de la calle, lo que evidencia el descontento que alcanza a Chile Vamos, que se siente cada vez más incómodo con el desgaste del gobierno. Como han hecho ver varios personeros cercanos al presidente, la actitud de la coalición puede ser lógica, pero no es justa, acusándolos derechamente de deslealtad.

La fractura no es retórica; los números del sondeo revelan una gestión que hace agua por sus propios cimientos. Un abrumador 61,5% del panel político y un 58,7% de la ciudadanía coinciden en que La Moneda no ha cumplido casi ninguna promesa de su programa.

A la par, el espejismo de la reactivación se desvanece: el 52,7% de los consultados percibe al país en contracción o recesión, y un 52,5% anticipa que la economía de su propio hogar empeorará en los próximos meses.

En ese pantano, el 90,5% del panel identifica la situación económica doméstica como el motor de la desaprobación. Y para rematar, un 91,3% de los ciudadanos siente que las autoridades entienden poco o nada sus problemas reales.

Frente a semejante cuadro, cualquier diseño político elemental aconsejaría abrir las compuertas de Palacio, ceder ministerios sectoriales y refugiarse en los cuadros experimentados de Chile Vamos para capear el temporal.

Pero la resistencia de Kast tiene una lógica identitaria mucho más tozuda: no quiere que la “derechita cobarde” entre a colonizar su gabinete y que su administración termine pareciéndose a un tercer gobierno de Piñera.

Para el relato republicano, transar con el piñerismo tradicional es una capitulación imperdonable, una derrota doctrinaria que en su cálculo resulta infinitamente peor que haber dinamitado su propio estandarte de seguridad con el escándalo de la reducción de penas a abusadores sexuales y narcotraficantes. Ceder ante los socios tradicionales sería admitir que su proyecto hegemónico fracasó y que depende del mismo establishment al que despreció en campaña.

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Así, lo que presenciamos no es un golpe de timón, sino una puesta en escena que recuerda a la famosa controversia de Not Milk.

En su momento los lecheros se lanzaron contra la marca para evitar que ocupara la palabra leche o una vaca, pese al Not. En este caso el gobierno insiste que estamos frente a un Not cambio de gabinete, pese a los reclamos de Chile Vamos, pues el gabinete actual tiene sabor a leche, textura de leche, viene en caja de cartón de leche, se le echa al café en las mañanas, pero el gobierno insiste que no lo es.

El problema para el inquilino de Palacio es que al llegar a su piso histórico, y tener el riesgo de perder su mayoría en la acusación constitucional que viene, el producto que tiene en su gabinete tendrá fecha de vencimiento y perderá por completo el control sobre ello.