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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El psiquiatra Awais Aftab sostiene en un ensayo que un diagnóstico de salud mental es una descripción útil pero imperfecta y cambiante, no una prueba de daño cerebral ni la definición de quien lo recibe. Explica sus beneficios, sus límites y cómo evitar que se vuelva una etiqueta paralizante.

«Del mismo modo que casi todos tenemos problemas de salud física, como infecciones o lesiones, la mayoría de las personas tendrá uno o más problemas de salud mental a lo largo de su vida. Hoy, sólo una fracción de quienes los sufren llega a ser vista por un especialista», afirma el psiquiatra Awais Aftab.

Aftab, que ejerce en Cleveland, Estados Unidos, y es profesor asistente clínico de psiquiatría en la Universidad Case Western Reserve, publicó su ensayo en la revista de ideas Psyche, dedicada a la salud mental y el bienestar. Su tesis es que un diagnóstico psiquiátrico no es ni una sentencia ni un papel sin valor, y que conviene entender para qué sirve y hasta dónde llega.

Primero, lo que sí aporta. «Muchos viven años con un sufrimiento sin explicación, aislados y cargando un peso invisible que cuesta poner en palabras. Identificar y nombrar esas experiencias es un paso importante hacia la comprensión y el tratamiento», sostiene.

Un diagnóstico, agrega, puede dar alivio, orientar hacia ayuda adecuada y traer «la tranquilizadora certeza de que otras personas viven lo mismo y de que clínicos e investigadores ya lo han estudiado con cuidado».

El problema aparece cuando se lo malinterpreta. «Algunas personas esperan que un diagnóstico describa sus problemas a la perfección. Otras se sienten tentadas a descartarlo como una simple etiqueta. Otras lo entienden como la identificación de una anormalidad o enfermedad en el cerebro», enumera el psiquiatra.

Un diagnóstico es una descripción

Aftab parte por bajar expectativas. «La mayoría de los diagnósticos psiquiátricos son descriptivos: se refieren a patrones observables y reportables de experiencias y conductas que causan angustia o dificultades en la vida de una persona», explica. El trastorno de ansiedad generalizada, por ejemplo, se diagnostica cuando alguien siente una preocupación excesiva e incontrolable, junto con otros síntomas como inquietud, tensión muscular o problemas de sueño, durante cierto tiempo.

Aquí viene lo que sorprende a muchos. «Por ahora, el diagnóstico no se basa en exámenes médicos (salvo para descartar causas como los trastornos hormonales), ni identifica una causa biológica o psicológica de fondo», precisa. O sea, no hay un escáner que marque la casilla.

Eso no significa que no explique nada. Para el autor, los diagnósticos ofrecen «una forma limitada de explicación, la de reconocer y emparejar patrones». Cuando un clínico diagnostica, «le transmite al paciente que su cuadro coincide con este patrón bien conocido y no con otros que podrían aplicarse», lo que permite usar tratamientos ya estudiados. Por eso, asegura, diagnósticos precisos de autismo o TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) pueden ser explicaciones poderosas, aunque las causas sigan sin conocerse.

Los manuales oficiales, como el DSM (siglas en inglés del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) y la Clasificación Internacional de Enfermedades, traen criterios estrictos, pero la mirada clínica es más flexible.

«Estas categorías suelen entenderse como prototípicas: se basan en el ejemplo típico o ilustrativo de un problema de salud mental, del cual los casos reales a menudo se desvían», dice Aftab.

Algunos casos encajan mejor que otros, «igual que un gorrión es un ejemplo más típico de ave que un avestruz». Dos personas con depresión mayor pueden tener síntomas distintos, una con fatiga y despertar temprano, otra con inquietud y más apetito.

También explica por qué es tan común recibir más de un diagnóstico. Según datos que cita el autor desde revistas científicas, alrededor de la mitad de las personas cumple criterios de dos o más trastornos a la vez, y casi el 90% de quienes tienen uno terminará calificando para otro en el curso de varias décadas. «Tener más de un diagnóstico no significa necesariamente tener varios trastornos sin relación y con orígenes independientes; significa que los síntomas encajan con más de un prototipo», aclara.

Y el diagnóstico puede cambiar. «Un diagnóstico que fue adecuado en un momento puede dejar de ser el mejor ajuste si aparece información desconocida, surgen síntomas nuevos o el patrón cambia», advierte. Una depresión puede pasar a ser bipolar tras un episodio maníaco, y el síndrome de Asperger quedó dentro del espectro autista en la quinta edición del DSM.

Un diagnóstico no describe la esencia de una persona

La parte más delicada del ensayo es la identidad. Aftab recuerda que un diagnóstico es una mirada parcial, que convive con otras. 

«La depresión mayor es un trastorno médico, pero también puede representar una crisis existencial y espiritual que exige reevaluar a fondo las metas y valores de una vida. La ansiedad generalizada es un problema psicológico, pero también puede ser una respuesta ligada a la precariedad socioeconómica, que demanda soluciones políticas», sostiene.

El riesgo, advierte, es quedar reducido a una sola palabra. «Tras recibir un diagnóstico, una persona puede empezar a verse sobre todo a través de esa categoría, reduciendo su yo complejo y multifacético, con todos los matices de su personalidad, su historia y sus experiencias, a un solo aspecto», escribe. 

Quien tiene un diagnóstico de ansiedad, ejemplifica, puede empezar a evitar situaciones que en realidad no le provocarían angustia.

Para Aftab, la clave está en la proporción. «Lo esencial para mitigar estos riesgos es recordar que un diagnóstico es solo una pieza de un rompecabezas mucho más detallado que es la persona. Verlo como una herramienta útil pero falible ayuda a quien lo recibe, y a quienes lo rodean, a no perder de vista su individualidad, incluidas sus fortalezas, intereses, ambiciones y relaciones», plantea.

«Los problemas de salud mental no son inmutables por defecto. Las personas pueden recuperarse y los síntomas pueden remitir. Incluso sin remisión, pueden mejorar mucho su funcionamiento con el tiempo y lograr vidas plenas y exitosas. La posibilidad de crecer y transformarse casi siempre está ahí», concluye Aftab.

¿Cómo hicimos esta nota?

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