El pasado domingo escribí en este mismo espacio, a propósito de las emergencias de media tarde del Gobierno, sobre cómo el Ejecutivo suele trastabillar cuando los imprevistos irrumpen en su agenda y la pericia técnica se diluye ante la falta de conducción.

En aquella columna destaqué la respuesta operativa que en episodios previos había exhibido el ministro Louis de Grange, ordenando prioridades concretas ante el descalabro.

No obstante, apenas dos días después presenciamos un retroceso desconcertante: el martes 13 de octubre, en medio del temporal que paralizaba a Santiago, la información técnica no circuló de manera adecuada ni oportuna entre los distintos estamentos, llevando al propio titular de Transportes a calificar el evento como una lluvia habitual en lugar de la granizada de proporciones históricas que realmente acontecía.

Cuando los datos necesarios no fluyen con precisión hacia quienes toman decisiones y articulan la movilidad, las orientaciones dirigidas a la ciudadanía pierden claridad y coherencia. Lo ocurrido esa tarde en la capital fue grave por sus efectos urbanos inmediatos, pero se trató de un evento acotado.

En un país cuya historia está marcada por pruebas de máxima severidad de la naturaleza, desde aluviones en Atacama hasta terremotos y megaincendios que tensionaron al máximo a administraciones anteriores, una granizada no debiera provocar un colapso generalizado de la coordinación pública. La lección que dejan las grandes catástrofes es taxativa: una comunicación de riesgo mal ejecutada no es una mera desinteligencia retórica ni un error de vocería; en situaciones complejas, una mala alerta cuesta vidas.

La respuesta estatal ante el evento quedó graficada a las 13:38 horas, cuando el subsecretario Máximo Pavez anunció el retiro de la alerta roja para la Región Metropolitana, justo antes de que el cielo descargara la tormenta más violenta.

Los datos del monitoreo digital de Qualiz confirman que este repliegue encendió la crítica ciudadana, alcanzando su punto más álgido entre las 16:00 y las 17:00 horas, intervalo que concentró el 41% de las publicaciones de la jornada.

La nube de conceptos negativos sintetizó esa angustia colectiva: términos como “alerta”, “roja”, “tormenta”, “calles”, “inundaciones”, “metro”, “emergencia” y “caos” dominaron la conversación en X. Por su parte, la nube de términos positivos reflejó el asombro popular y la tradicional ironía criolla, donde convivieron el humor del “apocalipsis”, los memes con risas desmedidas, exclamaciones de sorpresa e incluso referencias al concierto del grupo coreano BTS que coincidió con la granizada.

Semanas antes estuve en el seminario coordinado por la académica Javiera Arce, donde se analizó el estudio “Análisis de la comunicación del riesgo en política: la emergencia como discurso”, elaborado por Claudio Canales Ríos para el Centro de Estudios para la Gestión Pública de la Universidad de Valparaíso.

Dicha investigación plantea una tesis medular: deben ser indefectiblemente los gobiernos los que lideren la comunicación del riesgo. Recordando la fórmula de Peter Sandman, donde el riesgo es peligro más indignación, el documento advierte que si la autoridad no anticipa ni diferencia técnicamente entre prevención y precaución, el desamparo potencia la indignación social.

La tesis planteada por el estudio de la Universidad de Valparaíso se cumplió cabalmente durante la jornada: al abdicar el Gobierno de su rol protagónico como emisor primario, la ciudadanía buscó refugio informativo en las redes sociales de los medios de comunicación, destacando con particular fuerza el ecosistema de Instagram.

Mientras X fue la vía de catarsis y reclamo directo, Instagram concentró el grueso del impacto informativo a través de cuentas como Bío Bío, Cooperativa, CNN Chile, TVN y Radio Agricultura, junto a registros virales como el del temporal rodeando el edificio de la Bolsa de Comercio de Santiago.

¿Qué hacer ? La advertencia más certera viene de alguien con credenciales directas en la centroderecha y en La Moneda: Pablo Matamoros, primer estratega y encargado digital de Sebastián Piñera. En su reciente entrevista en La Segunda, Matamoros alertó con lucidez sobre el extravío del Ejecutivo: “en la comunicación a la población el mismo Gobierno se planteó efectos a largo plazo, y estamos viendo necesidades a corto plazo, ¡imagínate las calamidades! Su estrategia de confianza a largo plazo se ve compleja en los tiempos de hoy”.

Añadió que La Moneda funciona a base de “micronarrativas”, pero carece de un proyecto integral que conecte con la población y dé un hilo conductor.

La tarea inmediata consiste en abandonar el voluntarismo discursivo, ordenar los canales técnicos y articular una comunicación gubernamental capaz de anticipar y conducir las urgencias reales de las personas antes de que la próxima contingencia vuelva a sorprender a un Estado ausente.