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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Investigaciones en Finlandia revelan que el contacto frecuente con la naturaleza puede aumentar la diversidad de microorganismos en la piel y modular el sistema inmunitario. Estudios muestran que solo unas semanas de exposición a tierra y plantas son suficientes para observar cambios significativos. Experimentos con niños en guarderías al aire libre demostraron una mayor diversidad microbiana en la piel y menos presencia de bacterias patógenas. Incluso adultos que cultivaron verduras mostraron beneficios similares, como un aumento de citoquinas antiinflamatorias en la sangre. La hipótesis de la biodiversidad sugiere que el contacto con microorganismos naturales podría mejorar la salud inmunológica.

Durante décadas, ensuciarse las manos ha sido algo que intentamos evitar. Tocar tierra, plantas o barro y casi automáticamente pensamos en lavarnos. Sin embargo, distintas investigaciones desarrolladas en Finlandia apuntan a que ese contacto cotidiano con la naturaleza podría tener un efecto beneficioso inesperado: aumentar la diversidad de microorganismos que viven en nuestra piel e incluso provocar cambios relacionados con el funcionamiento del sistema inmunitario, claro que sin dejar los hábitos de higiene básicos.

Y no necesariamente hacen falta meses para comenzar a observarlos. Algunos experimentos han detectado modificaciones después de apenas unas semanas de exposición frecuente a tierra, plantas y otros materiales naturales, informó BBC.

La explicación está en un mundo que no podemos ver a simple vista. Nuestra piel alberga una enorme comunidad de microorganismos y, aunque solemos relacionar las bacterias con enfermedades, muchas de ellas cumplen funciones importantes. Una comunidad microbiana diversa puede ayudar a mantener el equilibrio y dificultar que microorganismos potencialmente dañinos terminen dominando ese ecosistema.

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Más de una vez

Mira Grönroos, ecóloga e investigadora de salud ambiental del Instituto Finlandés del Medio Ambiente, comprobó lo rápido que puede producirse este fenómeno con un sencillo experimento.

La científica pidió a participantes que frotaran sus manos durante 20 segundos con tierra, turba y musgo. Después analizaron los microorganismos presentes en su piel y encontraron un aumento considerable tanto en su abundancia como en su variedad, incluso después de que las personas se enjuagaran con agua de la llave.

“A simple vista [sus manos] parecían limpias, pero el cambio fue enorme”, explicó Grönroos.

Eso sí, ensuciarse las manos durante unos segundos una sola vez no parece suficiente para conseguir efectos duraderos. La investigadora observó que la microbiota de los participantes regresó rápidamente a condiciones similares a las anteriores. Por eso, los estudios apuntan a que la clave podría estar en mantener un contacto frecuente y prolongado con ambientes naturales.

Niños, barro y un experimento que duró años

Una de las pruebas más interesantes surgió precisamente observando a quienes menos problemas suelen tener con terminar cubiertos de barro: los niños.

En Finlandia, científicos han estudiado guarderías donde los pequeños pasan varias horas al aire libre, entre árboles, arbustos, arena, tierra y virutas de madera. Uno de esos establecimientos forma parte del proyecto Vahvistu, una investigación que busca determinar qué ocurre con el sistema inmunitario cuando se incorpora más naturaleza a los lugares donde los niños juegan diariamente.

Los investigadores analizan microorganismos presentes en la piel, saliva y heces, además de tomar muestras de sangre y cabello.

El proyecto recoge investigaciones anteriores encabezadas por la científica ambiental Marja Roslund. Entre 2016 y 2017, su equipo incorporó suelo de bosque, turba y jardineras en el patio de una guardería y posteriormente comparó a esos niños con otros que continuaron jugando en superficies pavimentadas.

Después de solo 28 días ya aparecieron cambios y, al volver a estudiarlos un año más tarde, los investigadores encontraron una mayor diversidad microbiana en la piel de los pequeños que habían tenido contacto regular con el suelo del bosque.

Roslund utiliza una particular comparación para explicar por qué eso puede resultar positivo.

“La enfermedad es como un dictador, y la piel sana es como una democracia”, señaló.

Según sus investigaciones, los niños expuestos al suelo de bosque también presentaron una menor presencia de microorganismos potencialmente patógenos en la piel. Una posible explicación es que, al existir muchas especies compartiendo el mismo espacio, resulta más difícil que una bacteria perjudicial consiga imponerse.

“Como hay tanta abundancia de todo lo demás, no hay tanto espacio para los patógenos”, explicó la investigadora.

Los cambios también aparecieron en la sangre

Los científicos no encontraron diferencias únicamente sobre la piel. En otro experimento, Roslund comparó a niños que jugaron en areneros enriquecidos con tierra de alta diversidad microbiana con pequeños expuestos a un ambiente similar, pero con una variedad menor de microorganismos.

Como esperaban, la diversidad de determinadas bacterias aumentó en la piel de los primeros. Lo más llamativo apareció al analizar sus muestras de sangre: también detectaron modificaciones en citoquinas vinculadas con la regulación del sistema inmunitario.

Los investigadores además prestaron especial atención a las gammaproteobacterias. Su diversidad aumentó en la piel de los niños que jugaron con suelo de bosque y ese incremento apareció asociado a una mayor cantidad de linfocitos T reguladores, células que participan en el control de la respuesta inmunitaria.

Eso no significa, sin embargo, que jugar con tierra prevenga enfermedades como el asma, el eccema o las alergias. Los propios científicos advierten que todavía necesitan más estudios para establecer esa relación.

“Todavía no podemos afirmar que, por ejemplo, al tener contacto con la naturaleza no se contraerá asma. Pero parece que podría reducir la probabilidad de padecer estos trastornos del sistema inmunitario”, afirmó Grönroos.

No es cosa de niños: los adultos también mostraron cambios

Los beneficios potenciales tampoco parecen limitarse a la infancia. En otro estudio, un grupo de adultos cultivó verduras dentro de sus casas durante el invierno. Algunos utilizaron tierra con una alta diversidad de microorganismos y otros trabajaron con un sustrato visualmente similar, pero microbiológicamente menos diverso.

Tras un mes de jardinería diaria, quienes tuvieron contacto con la tierra más diversa mostraron un aumento de la variedad de bacterias de su piel y mayores niveles de determinadas citoquinas antiinflamatorias en la sangre. El otro grupo no presentó los mismos cambios.

“Es un buen ejemplo de una forma fácilmente accesible de contacto con la naturaleza, y fue bastante sorprendente que este tipo de exposición realmente mostrara cambios en el funcionamiento del sistema inmunológico”, sostuvo Grönroos.

Incluso llevar naturaleza a lugares cerrados podría generar efectos. Investigadores instalaron paredes cubiertas de plantas vivas en oficinas finlandesas y estudiaron a sus trabajadores durante dos semanas. Allí también encontraron un aumento de la diversidad microbiana en la piel, junto con una disminución de algunas citoquinas proinflamatorias en la sangre.

Los resultados forman parte de la llamada hipótesis de la biodiversidad, que plantea que el contacto con ambientes ricos en microorganismos —presentes en el suelo, el aire y las plantas— influye en nuestro propio microbioma y podría contribuir al correcto funcionamiento del sistema inmunitario.

Nunca debes dejar de lavar tus manos

La evidencia todavía no permite recomendar revolcarse en el barro como tratamiento ni abandonar hábitos básicos de higiene. Pero sí cuestiona la idea de que evitar cualquier contacto con la tierra sea necesariamente lo mejor.

Para Grönroos, algo tan sencillo como hacer jardinería, tocar plantas, recoger una piña, sentarse sobre el pasto o dejar que los niños jueguen con tierra puede convertirse en una manera cotidiana de recuperar parte de esa exposición a la biodiversidad.

“Tiene poco riesgo”, resumió la investigadora, “con muchos beneficios potenciales y sin daños importantes evidentes”.