Los estadounidenses le pasaron la cuenta al presidente Donald Trump, y la cuenta llegó con intereses. Los demócratas recuperaron la Cámara y el Senado de una sola vez y ganaron en lugares donde no lo hacían hace décadas. Kansas, Texas, Carolina del Sur. El caso más ejemplar fue el de Susan Collins. Republicana, treinta años en el Senado, para la casa.
En Chile ya partieron las lecturas de ocasión. La izquierda celebra como si hubiera votado en Ohio y una parte de la derecha se apura en decir que allá es otra cosa. Las dos lecturas son cómodas. Las dos son falsas.
Trump ganó en 2024 prometiendo orden, frontera y bolsillo. Dos años después, el votante le cobró aranceles que encarecieron la vida, una guerra con Irán que nadie pidió y recortes a la salud de los que menos tienen. La gente votó por orden, no por aventuras. Y esa diferencia, que parece de matiz, es la que separa a un gobierno que gobierna de uno que se dedica a pelear.
Lo de Estados Unidos confirma la incómoda idea de que el votante de hoy no es colectivista ni conservador ni progresista. Es profundamente individualista, sensible al corto plazo y no le debe lealtad a nadie. Premia rápido y castiga más rápido todavía. Chile lo vivió en octubre de 2019 en la calle; Estados Unidos lo acaba de vivir en las urnas.
En este contexto, al oficialismo le corresponde tomar nota sin ponerse a la defensiva. El gobierno del presidente Kast lleva ocho meses, que no es mucho, pero tampoco es una minucia. Asumió con el mandato de ordenar las cuentas fiscales y devolver la seguridad, y en eso va por buen camino. Pero el mandato tiene más cláusulas, pero por,sobre todo, bordes.
Cuando la derecha confunde firmeza con estridencia o gestión con épica, el ciudadano no aplaude la valentía, se ofusca y simplemente se cambia de vereda. Y la derecha chilena, que tiene la mala costumbre de definirse por oposición a la izquierda, corre el riesgo de llegar tarde por definirse sólo por antagonización. Sería imperdonable llegar tarde también a esta lección, que llega con dos años de anticipación y gratis.
Y una advertencia aparte. Hay quienes miran a Trump como modelo de estilo. Mala idea. Lo que la derecha sabe hacer bien, y lo que la gente le reconoce, es administrar la economía y el orden con seriedad técnica. Piñera lo entendió. Y quizás esa es la dura verdad de tragar para algunos hoy: el caudillismo de nicho y redes sociales da likes, no mayorías duraderas.
Ahora, a la izquierda chilena, que ya está descorchando, advertir también. Los demócratas no ganaron con asambleas plurinacionales ni con lenguaje inclusivo. Ganaron hablando del costo de la vida. Con candidatos que parecen alcaldes de pueblo y no dirigentes estudiantiles. Quien lea este resultado como una validación de la agenda más cercana al frenteamplismo, está leyendo el diario al revés. Acá simplemente una ciudadanía corrigió a su gobierno con votos. Nada más.
Esa es, al final, la lección más importante. La democracia norteamericana, con todos sus defectos, absorbió el péndulo sin romperse. El presidente más poderoso del mundo amaneció con contrapesos y nadie tuvo que salir a quemar una estación de metro para conseguirlo. Eso es lo que hacen las instituciones que funcionan. Dan cauce al enojo y lo convierten en corrección.
Chile debería aspirar a eso y no a imitar al ortodoxo popular de turno. Gobiernos que gobiernen, oposiciones que fiscalicen y un ciudadano que sepa que su voto sirve. Lo demás es ruido. Y el ruido, como acaba de descubrir Trump, se silencia en las urnas.
César Miranda
Investigador
Instituto Libertad
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