“Fundamente su respuesta”. Muchos recordamos esa instrucción en las pruebas del colegio. Era una invitación a explicar lo que pensábamos, ordenar nuestras ideas y dar razones para sostener una conclusión. Un aprendizaje cuyo valor se extiende mucho más allá de la sala de clases.

El verbo “justifique” nos ayuda a comprender por qué pensamos de determinada manera. Nos lleva a revisar la información que tenemos, reconocer nuestros supuestos y considerar otros puntos de vista. En ese proceso desarrollamos criterio propio y aprendemos a hacernos responsables de lo que afirmamos.

Hoy, ese ejercicio resulta especialmente necesario. En las redes sociales y en las conversaciones cotidianas, muchas veces opinamos antes de conocer los antecedentes. Compartimos un titular, comentamos una frase o tomamos posición frente a una discusión sin detenernos a revisar su contexto. La facilidad para expresar una opinión también nos exige mayor responsabilidad al hacerlo.

Con la inteligencia artificial aparece otro desafío: los jóvenes pueden preguntarle de todo, pero esa facilidad puede llevarlos a buscar una respuesta inmediata sin detenerse a pensar por sí mismos. Consultar una herramienta no equivale a preguntarse qué sabemos, qué nos falta comprender o por qué una respuesta nos parece válida. Su aporte al aprendizaje depende también de que examinemos lo que nos entrega y elaboremos una reflexión propia.

Por eso, aprender a fundamentar es parte de la formación ciudadana. La libertad de pensar y expresarnos se fortalece cuando contamos con herramientas para analizar, preguntar y distinguir entre hechos y opiniones. Esas capacidades nos permiten participar de manera informada y comprender mejor las decisiones que afectan nuestra vida en común.

La educación tiene un papel central en esta tarea. Desde pequeños podemos aprender a explicar nuestras decisiones, escuchar una opinión distinta y reconocer cuándo necesitamos más información. Una pregunta tan sencilla como “¿por qué piensas eso?” puede abrir una conversación valiosa, siempre que exista una disposición real a escuchar la respuesta.

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Ese aprendizaje ocurre en el colegio y también en la casa. Al conversar sobre una noticia, resolver una diferencia o tomar una decisión familiar, tenemos oportunidades para practicarlo. Los adultos enseñamos con nuestra manera de participar: cuando explicamos nuestras razones, reconocemos un error o cambiamos de opinión frente a un argumento que no habíamos considerado.

También es importante que los niños y jóvenes encuentren espacios donde puedan preguntar con confianza. Formar personas con autonomía requiere darles oportunidades para elaborar sus propias respuestas, contrastarlas y comprender que una diferencia de opinión puede ser una ocasión para aprender.

Esa disposición contribuye a una mejor convivencia y a una sana comunicación entre pares. Escuchar las razones de otra persona nos permite entender su posición, aunque mantengamos nuestro desacuerdo. Una conversación puede ser valiosa sin terminar en una opinión compartida: basta con que nos ayude a comprender mejor el tema y a quienes participan en ella.

“Justifique su respuesta” sigue siendo una invitación vigente. Recuperar su sentido en la educación y en la conversación pública es una forma concreta de fortalecer el pensamiento crítico, el respeto y la participación responsable. Aprender a explicar lo que pensamos también es aprender a convivir. Ante la próxima respuesta que encontremos en una pantalla, vale la pena preguntarnos: ¿podríamos explicar con nuestras propias palabras por qué tiene sentido?

María José Domínguez
Directora Faro Escolar UDD

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