Cuando Chile lanzó su Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde el año 2020, el mundo proyectaba una rápida expansión de los mercados internacionales para este energético y sus derivados. La expectativa era razonable: pocos países cuentan con la combinación de recursos renovables, estabilidad institucional y capacidad industrial que tiene Chile para transformarse en un productor competitivo a escala global.

Sin embargo, el desarrollo de una nueva industria, rara vez sigue una trayectoria lineal. En distintos mercados, varios proyectos han debido ajustar sus calendarios de inversión, mientras la demanda internacional por hidrógeno de bajas emisiones avanza a un ritmo más gradual que el anticipado.

También los organismos que siguen de cerca este mercado, como la Agencia Internacional de Energía, muestran una realidad más matizada: entre 2023 y 2024 la producción de hidrógeno de bajas emisiones creció cerca de un 10%, pero aun así representó menos del 1% de la demanda mundial de hidrógeno en 2024. Esta realidad no representa un fracaso, sino una oportunidad para preguntarnos cómo utilizar este tiempo para prepararnos mejor.

Durante años, el debate público se concentró casi exclusivamente en los grandes proyectos de exportación. Pero toda industria sólida requiere algo más que ventajas naturales: experiencia operacional, proveedores especializados, infraestructura, capital humano, modelos de negocio validados y consumidores capaces de utilizar estas tecnologías de manera eficiente. El foco actual de Corfo en la producción y el consumo local de hidrógeno y sus derivados no reemplaza la visión exportadora; es su condición habilitante.

Ejemplos de ello ya pueden encontrarse en distintos sectores. Empresas como Walmart Chile, Copec, Arauco, Colbún, Abastible, Marval, Fosfoquim y Comasa están impulsando iniciativas que incorporan hidrógeno o sus derivados en logística, transporte, industria química y producción de fertilizantes.

En conjunto, estos esfuerzos están movilizando cerca de US$50 millones en inversión pública y privada, lo que demuestra que la construcción de una industria del hidrógeno de bajas emisiones no depende únicamente de grandes proyectos exportadores, sino también de la capacidad de generar aplicaciones concretas, demanda local y aprendizaje tecnológico. Cada aplicación que logra operar en condiciones reales reduce incertidumbres, acelera curvas de aprendizaje y contribuye a desarrollar las capacidades que esta industria necesitará para escalar.

Las industrias exitosas no emergen sólo porque exista una oportunidad de exportación. Se consolidan cuando desarrollan ecosistemas productivos completos, donde productores, consumidores, proveedores e instituciones públicas aprenden y avanzan juntos. Esa es la etapa que Chile está construyendo hoy. El desafío inmediato no es solo producir más hidrógeno de bajas emisiones, sino generar la demanda capaz de utilizarlo, validarlo y hacerlo económicamente sostenible.

Cuando esa demanda se consolide, no necesariamente tendrán éxito los países que esperaron el momento perfecto para comenzar, sino aquellos que aprovecharon este período para prepararse mejor. Chile tiene condiciones excepcionales para ser uno de ellos. Contamos con recursos renovables de clase mundial, una industria energética sofisticada y una capacidad creciente de innovación tecnológica. Pero, sobre todo, tenemos la oportunidad de construir desde hoy la experiencia, la infraestructura y las capacidades que permitirán competir mañana.

Impulsar el consumo local, desarrollar proveedores y fortalecer los encadenamientos productivos no es una desviación del objetivo original. Es la forma más responsable de alcanzarlo. La meta sigue siendo que Chile se transforme en un actor relevante de la economía global del hidrógeno de bajas emisiones. Lo que cambió es que hoy entendemos con mayor claridad que, para liderar el mercado del futuro, primero hay que construir las capacidades que lo harán posible. Y ese trabajo ya está en marcha.

Fernando Hentzschel
Gerente de Capacidades Tecnológicas de Corfo.

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