Entre las paradojas de la política chilena se encuentra que un porcentaje importante de las personas se autoposiciona como de centro, mientras su representación política es débil. La última Encuesta CEP ubica al 41% de los consultados en las posiciones 5 y 6 de la escala ideológica. Esa magnitud contrasta con la escasa capacidad de los partidos cercanos al centro para organizar la competencia y proyectar gobiernos estables.
Un estudio de Cristóbal Rovira Kaltwasser, Matías Bargsted y Rocío Salas-Lewin, publicado por la Fundación Friedrich Ebert, contribuye a comprender esta aparente contradicción. Los autores consideran como centro únicamente la posición 5 de una escala de 0 a 10, donde se sitúa el 18,8% de los encuestados. Si se incorpora también la posición 6, siguiendo un criterio equivalente al utilizado por el CEP, la proporción alcanza el 25,9%, según nuestro cálculo a partir de los resultados del estudio.
Quienes se ubican en el centro presentan orientaciones reconocibles. Combinan la valoración del esfuerzo individual con la expectativa de que el Estado asegure protección social y servicios adecuados. Muestran mayor adhesión a la democracia que las personas de derecha y las no posicionadas, junto con una menor disposición a justificar soluciones autoritarias. También expresan posiciones relativamente moderadas en asuntos culturales.
Estos antecedentes permiten sostener que existe espacio para una oferta de centro programática, propia y consistente. Su contenido debe traducirse en respuestas concretas frente al crecimiento económico, la seguridad, las pensiones, la salud y la educación. Un centro definido exclusivamente por su ubicación entre la izquierda y la derecha carecería de la densidad necesaria para reconstruir la representación política.
El mismo estudio de la Fundación Ebert distingue a las personas de centro de quienes rehúsan ubicarse en la escala ideológica. Los no posicionados muestran, en promedio, menor interés político, vínculos partidarios más débiles y una crítica más severa hacia las élites. En la primera vuelta presidencial de 2025, ambos grupos entregaron a Franco Parisi su mayor respaldo relativo. En el balotaje siguieron caminos diferentes. Las personas de centro se inclinaron levemente por Jeannette Jara, mientras los no posicionados favorecieron a José Antonio Kast.
La última Encuesta CEP también registra una recuperación de la identificación o simpatía partidaria, que alcanza el 44%. El contraste aparece en la confianza. Apenas el 6% manifiesta mucha o bastante confianza en los partidos y el 13% lo hace respecto del Congreso.
Estos resultados forman parte de un proceso más amplio de desinstitucionalización del sistema de partidos chileno. La elevada volatilidad electoral, la reducción y el envejecimiento de la membresía partidaria y la persistente desconfianza muestran que el vínculo entre partidos y sociedad se ha debilitado. El aumento reciente de la identificación partidaria es una señal favorable, aunque todavía insuficiente para revertir esa trayectoria.
Los cálculos del Proyecto Democracia Aplicada de la Universidad Miguel de Cervantes permiten dimensionar la transformación. La volatilidad electoral de Pedersen para la Cámara de Diputados descendió de 34,89% en el ciclo 2017-2021 a 25,24% en 2021-2025. A su vez, el número efectivo de partidos parlamentarios, calculado sobre la distribución de escaños, disminuyó de 11,50 en 2021 a 9,79 en 2025. La reducción de ambos indicadores no implica necesariamente una recuperación de la capacidad de agregación del sistema.
La polarización siguió una trayectoria diferente. El estudio postelectoral del LEAS de la Universidad Adolfo Ibáñez muestra que su índice de polarización afectiva pasó de 3,9 en 2021 a 6,7 en la medición realizada antes de la primera vuelta de 2025 y a 6,8 después de la segunda, cuyo trabajo de campo concluyó en enero de 2026. La tercera ola, levantada entre marzo y abril de 2026, registró un nuevo incremento después del cambio de gobierno.
El estudio de 3xi y Criteria aporta otra dimensión. Entre 2023 y 2025 crecieron tanto las distancias efectivas en asuntos políticos como las diferencias que cada sector atribuye a sus adversarios. En 2025 aumentaron las brechas reales en 12 de los 20 temas comparables y las percibidas en 13. La disposición alta al diálogo llegó al 34%, dos puntos menos que el año anterior. Con frecuencia, los ciudadanos imaginan al sector contrario más extremo de lo que muestran sus opiniones.
La investigación comparada de Jan Gastev muestra que la polarización mantiene una asociación especialmente consistente con la proporción de votos obtenida por los partidos nuevos. Nuestros cálculos, realizados sobre la base de los resultados oficiales del SERVEL, permiten observar la relevancia del fenómeno en Chile.
En las elecciones de diputados, los partidos nuevos reunieron el 16,76% de los votos en 2017, el 22,99% en 2021 y el 12,42% en 2025. Aunque su votación disminuyó en la última elección, todavía representa una proporción significativa. Estas organizaciones ampliaron los extremos de la oferta política e intensificaron la competencia dentro de los bloques, dos dinámicas características del actual Sistema de Atomización Polarizado.
En este sistema, los partidos ubicados en los polos cuentan con organizaciones y liderazgos que disputan la dirección de sus respectivos campos. Los partidos desafiantes han encontrado un espacio disponible entre electores con vínculos partidarios frágiles, expectativas insatisfechas y escasa confianza institucional.
La respuesta del centro se ha concentrado con frecuencia en encontrar una candidatura presidencial competitiva. Esa estrategia puede conseguir un resultado electoral transitorio, pero difícilmente reconstruye la representación. Una candidatura formada para una elección carece por sí misma de capacidad para elaborar políticas, formar dirigentes y sostener compromisos cuando cambian las circunstancias.
Las personas que se identifican con el centro requieren partidos programáticos. Necesitan organizaciones capaces de convertir preferencias dispersas en diagnósticos coherentes y propuestas realizables. La responsabilidad programática exige establecer prioridades, reconocer las restricciones presupuestarias y explicar los efectos previsibles de cada decisión.
Esos partidos pueden colaborar en la reconstitución del vínculo entre la sociedad y las instituciones. Para conseguirlo requieren presencia social, capacidad técnica y disposición a cooperar. En un presidencialismo multipartidista, la eficacia gubernamental depende de acuerdos amplios que puedan mantenerse más allá de los liderazgos individuales.
El centro requiere partidos porque las preferencias moderadas, por numerosas que sean, no se transforman espontáneamente en representación. Requieren organizaciones con propuestas reconocibles, capaces de sostener acuerdos y responder por sus resultados. En ausencia de ellas, los polos conservarán la iniciativa y las ofertas antiestablishment seguirán encontrando un espacio disponible.
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