Cerca del mediodía de este jueves 3 de septiembre el presidente Javier Milei ingresará a La Moneda. El mandatario chileno y residente del Palacio, José Antonio Kast, lo recibirá —seguramente— con su habitual sonrisa extendida y sostendrán una cita fraternal digna de dos líderes y aliados en el mundo de las derechas latinoamericanas. Amistad que, por estos días, ha evidenciado límites.

Pese a la cercanía de ambos jefes de Estado, el encuentro se ha visto manchado por la controversia abierta por el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, Gustavo Javier Valverde, quien hace unos días matizó respecto de la soberanía chilena en el Estrecho de Magallanes. Quien, por lo demás, no es el primer trasandino en hacerlo.

Y si bien en los días posteriores sus declaraciones fueron corregidas por otros altos mandos de las Fuerzas Armadas y autoridades argentinas, lo dicho, dicho está. Y como sabemos, en geopolítica y soberanía lo que se escribe o sale de la boca importa. Especialmente considerando que siempre hay espacio para interpretaciones y nuevos antecedentes que en el futuro pueden costar caro.

No cabe ahondar en la relativización del uniformado proveniente del país de Messi. Como se ha establecido, el Estrecho de Magallanes es chileno y así lo dice el Tratado de Límites de 1881 y lo reafirma, en términos particularmente relevantes para la controversia actual, el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Con esto a la mano, lo relevante no es entender qué se quiso decir, sino el momento en el que se abre este debate que ha transformado a Magallanes en un verdadero polvorín.

¿Qué tiene Magallanes? Mucho potencial. ¿Por qué? Porque es calificada como una zona excepcional para la producción de hidrógeno verde debido a su gran capacidad eólica que, en un futuro cercano, podría transformar a nuestra región austral en una potencia mundial energética. Todo esto, en caso que el planeta se ponga de acuerdo en asumir el desafío de combatir el calentamiento global.

Pese a que el mercado del hidrógeno verde aún no logra explotar como se tenía previsto, es una oportunidad que Chile no puede dejar de guardada en el escritorio. Por el contrario, para que no se repitan viejas historias, debemos estar listos para abrir nuestro local cuando el mall del H2V atraiga clientela.

Y aquí entra el estrecho. En Magallanes podemos producir energía eólica que se transforma en electricidad que permite la generación de hidrógeno verde, que a su vez puede transformarse en amoníaco, metanol o combustibles sintéticos. En castellano, energía limpia fácil de transportar y, por lo tanto, que se puede vender.

En esta cadena, los puertos y rutas marítimas se vuelven determinantes. Y pese a que Magallanes cuenta con una excelente ubicación con el Pacífico y el Atlántico en la palma de la mano, Argentina ha sido explícita sobre la valoración estratégica que le otorga al extremo sur del continente. Y cómo no, cualquiera quisiera estar presente en un paso estratégico que, según se espera, podría retomar la importancia que poseía previo a que Estados Unidos decidiera seguir el sueño francés de partir América en dos y culminará los trabajos del canal de Panamá en 1914.

Es por esto que asegurar la soberanía no es solo una cuestión simbólica o militar. Es un tema de seguridad energética y, sobre todo, de oportunidad comercial. Mientras los argentinos tienen petróleo para vender al mundo y principalmente a Chile, ¿por qué no soñar con convertirnos en un exportador de combustible (en este caso limpio) para Argentina y todo el planeta?

Si esa fuera la ambición, tener claridad respecto de nuestra soberanía en el Estrecho será clave ya que es esta condición la que determina quién posee las facultades jurídicas y políticas para planificar, regular, proteger y desarrollar la infraestructura del territorio.

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En ningún caso se podría pretender usar el Estrecho como una llave de paso que se puede abrir o cerrar, acción que por lo demás está explícitamente prohibida por el mismo Tratado de 1881, sino para ser protagonistas de algo mucho más sofisticado: una zona estratégica internacional.

Con su soberanía, Chile puede ejercer importantes facultades de regulación, administración y desarrollo de infraestructura en el espacio bajo su jurisdicción. Es decir, mantener control sobre instalaciones que serían vitales para el desarrollo de una industria global centrada en la exportación de energía chilena.

Demás está decir que el mismo Estrecho de Magallanes es la puerta de entrada para la Antártica, continente que en un futuro más lejano será mucho más relevante que todo lo que se ha abordado aquí. Tema de interés mundial que seguramente quedará para el postre entre Kast y Milei. Por el momento, lo relevante es que con el Estrecho, no nos desayunen.