Por razones de trabajo y desarrollo profesional, durante las últimas décadas he tenido la oportunidad de viajar frecuentemente a Suiza. Cada visita me ha permitido descubrir no solo su belleza natural, sino también su historia, sus instituciones y, sobre todo, a su gente.

Suiza es una de las economías más sofisticadas e innovadoras del mundo y, después de observarla durante años, he llegado a la conclusión de que su verdadera riqueza no está en sus bancos, sus industrias ni en sus tecnologías, sino en el modelo educativo que prepara a sus jóvenes para la vida laboral.

Al terminar la educación obligatoria, cerca del 70% de los estudiantes opta por una trayectoria técnico-profesional. Y es ahí donde aparece una de las claves de su éxito: la formación dual. Los jóvenes combinan clases con experiencia real en empresas, aprendiendo conocimientos técnicos, pero también responsabilidad, trabajo en equipo, comunicación y adaptación. En otras palabras, aprenden trabajando.

La diferencia es enorme. Mientras en muchos países la curva de aprendizaje comienza con el primer empleo, en Suiza empieza años antes. Cuando esos jóvenes ingresan al mercado laboral ya conocen la realidad de una organización, han desarrollado habilidades prácticas y descubierto el valor de aportar a otros.

Lo más admirable es que la formación técnica no limita el futuro. Al contrario, abre puertas. Un joven puede continuar estudios superiores, acceder a universidades de ciencias aplicadas e incluso llegar a programas de posgrado. La educación y el trabajo forman parte de una misma ruta de desarrollo.

¿Y qué tiene que ver esto con Chile? Mucho. Nuestro país enfrenta hoy un drama silencioso: más del 20% de desempleo juvenil. Miles de jóvenes que quieren trabajar, progresar y construir un proyecto de vida, se encuentran una brecha demasiado grande entre el mundo de la educación y el mundo laboral.

Por eso ha sido tan valioso el apoyo que durante años ha entregado el Gobierno de Suiza, a través de su Embajada en Chile, impulsando iniciativas de formación dual, empleabilidad juvenil y colaboración entre empresas, establecimientos educacionales y organismos públicos. Gracias a ese intercambio hemos podido comprobar que existen alternativas reales para acercar oportunidades a las nuevas generaciones.

Sin embargo, los desafíos que enfrenta Chile requieren mucho más que buenos programas, requieren una convicción compartida. Necesitamos más empresas formando jóvenes, más incentivos para que el sector privado participe activamente en el desarrollo del talento y necesitamos políticas públicas que conviertan la formación dual y el empleo juvenil en una prioridad nacional.

Porque detrás de cada cifra hay un rostro, un joven que quiere independizarse, ayudar a su familia, continuar estudiando o simplemente tener una oportunidad para demostrar su talento.

Si queremos construir un Chile más productivo, inclusivo y con mayor movilidad social, debemos atrevernos a aprender de quienes han recorrido ese camino con éxito. La experiencia suiza nos deja una lección poderosa: los países no progresan cuando invierten en sus edificios o tecnologías. Se desarrollan cuando invierten en sus jóvenes.

Invito a las empresas, academia, gremios, al Gobierno y al Parlamento a hacer de la educación conectada con el trabajo una prioridad, porque el futuro de Chile no depende de lo que hagamos por los jóvenes mañana, sino de las oportunidades que les entreguemos hoy. Y quizás, en esa tarea, la fórmula suiza tenga mucho que enseñarnos.

Juan Esteban Dulcic
Director de Recursos Humanos de Nestlé Chile

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile