En abril de 2026, la instalación artística Al Qalam: Poetas en el Parque buscó rescatar del olvido a Little Syria, el primer barrio árabe significativo de Nueva York. Sin embargo, la placa oficial que acompañaba la obra reabrió una herida: al presentar el enclave y a sus principales figuras como “sirias”, provocó el rechazo de la comunidad libanesa local, que sintió que se le estaba apropiando parte de su legado.
Meses más tarde, en julio de 2026, la alcaldía de Zohran Mamdani publicó un mapa oficial de “Enclaves de Inmigrantes” que destacaba nuevos barrios como Little Palestine, Little Egypt y Little Senegal, pero omitiendo por completo enclaves históricos como Little Italy, los barrios judíos tradicionales, los irlandeses y Astoria, enclave tradicional griego.
Dos gestos que, juntos, iluminan un problema más profundo: la tendencia a releer el pasado de las diásporas con los mapas identitarios del presente.
Lugar de origen versus homeland
Entender la controversia requiere una distinción clave: el lugar de origen (el espacio geográfico de donde provienen las personas) no es lo mismo que el homeland (ese espacio convertido en eje emotivo e identitario a lo largo de las generaciones).
Los inmigrantes de Little Syria, activos entre 1880 y 1946 según reconstruye Gregory J. Shibley, provenían de la Gran Siria —Bilad al-Sham—, que incluía los actuales Líbano, Siria, Palestina, Israel y Jordania. Con el tiempo, ese lugar de origen se convirtió en un homeland diaspórico reconstruido en las calles del Lower West Side.
La placa de Al Qalam confunde ambos planos al proyectar hacia atrás categorías nacionales que solo se consolidaron después de 1943. En la propia diáspora de entresiglos convivieron al menos tres proyectos nacionalistas rivales, el libanismo, el sirianismo y el panarabismo, mucho antes de que existiera una sola identidad “siria” que pretendiera cubrir todas las cafeterías y bares de Washington Street.
El barrio y su vitalidad
Little Syria fue mucho más que un simple enclave. El trabajo de Randa Serhan ha identificado a más de 1.500 personas durante sus primeros veinte años, reconstruyendo sus nombres a partir de manifiestos de barcos, censos y papeles de naturalización. De día, buhoneros cargados de maletines con encajes, rosarios y sedas recorrían Manhattan; de noche, en los cafés de Washington Street, se mezclaban los asuntos prácticos de la supervivencia cotidiana con debates sobre la independencia de los territorios otomanos.
Culturalmente, el barrio publicó varios periódicos en árabe: Al-Hoda, fundado en 1898, y The Syrian World, 1926–1935, entre otros y fue pionero en adaptar la linotipia al alfabeto árabe, convirtiéndose en la capital intelectual de la diáspora arabófona en Estados Unidos. En el conjunto más amplio de la diáspora en suelo estadounidense llegaron a circular hasta una treintena de publicaciones periódicas en árabe durante la primera mitad del siglo XX.
Su desaparición no se debió solo a las demoliciones del túnel Brooklyn-Battery o el World Trade Center. El éxito económico permitió a muchos residentes mudarse a barrios más amplios de Brooklyn, dejando atrás los edificios emblemáticos del Lower West Side. Es un patrón que conviene no olvidar: el barrio no siempre muere aplastado desde afuera; a veces se vacía desde adentro.
El Mahjar y sus voces
En 1920, Khalil Gibran, Mikhail Naimy, Ameen Rihani y Elia Abu Madi fundaron en el barrio la Al-Rabita al-Qalamiyya, (la Liga de la Pluma), núcleo de la Literatura del Mahjar, uno de los movimientos renovadores de la literatura árabe moderna. La agrupación duró cerca de una década y se disolvió tras la muerte de Gibran en 1931. Sus textos fusionaron sensibilidad oriental con romanticismo y simbolismo occidentales, mientras que la crítica de Naimy, reunida en Al-Ghirbal, dialogaba incluso con el transcendentalismo de Ralp Waldo Emerson.
Junto a esos nombres masculinos, varias generaciones de escritoras de la diáspora publicaron desde las Américas novelas, poesía y prensa feminista en árabe que también formaron parte del Nahda (renacimiento) cultural, aunque la historiografía reciente aún está reconstruyendo sus trayectorias propias. Recuperar esa capa del legado es uno de los gestos pendientes más urgentes del campo.
Las ideas y publicaciones de la Liga de la Pluma circularon intensamente por las comunidades levantinas de São Paulo, Buenos Aires, Ciudad de México y otras ciudades latinoamericanas, creando un campo cultural transnacional. Las redes no eran unidireccionales: los periódicos de Ipiranga y del Once mantenían corresponsales en Manhattan.
La magnitud latinoamericana
La escala del fenómeno al sur del Río Grande es aún mayor. Solo Brasil concentra entre 7 y 10 millones de descendientes libaneses y varios millones más de origen sirio (más que la población actual del Líbano). Comunidades importantes se establecieron también en Argentina, Chile, México, Colombia y Honduras. Los inmigrantes levantinos, conocidos popularmente como “turcos”, replicaron el mismo camino de los buhoneros de Washington Street y fundaron sus propias imprentas y asociaciones, adaptando el espíritu del Mahjar a la realidad local.
En el caso chileno, esta historia adquiere una particularidad notable. Chile alberga la mayor diáspora palestina de América Latina, con cifras que rondan los 400.000 descendientes (una de las comunidades de ese origen más significativas fuera del mundo árabe). Esa colectividad convive, además, con una comunidad judía sefaradí históricamente consolidada que también llegó a Chile como diáspora de ultramar. En Santiago, las preguntas que animaron los debates de Little Syria, qué homeland defender, qué identidad priorizar, siguen abiertas.
Las disputas identitarias que vemos en la placa de Manhattan no son, por tanto, un fenómeno nuevo. Se reprodujeron en São Paulo y Buenos Aires desde la década de 1920, cuando las colectividades discutían si invertir en la causa del libanismo, del sirianismo o del panarabismo. Lo que pasa en Nueva York es la reedición de un viejo debate que atraviesa todo el continente.
Lo que Nueva York pierde y lo que América Latina debe aprender
El mapa de Mamdani, publicado oficialmente en julio de 2026, y la placa de Al Qalam son ejemplos claros de nacionalización retrospectiva del pasado. Lo que Nueva York pierde cuando borra a Little Italy, a los barrios irlandeses de Hell’s Kitchen o a los enclaves judíos del Lower East Side no es un sello turístico: es su memoria constituyente.
Los italianos levantaron gran parte del barrio bajo; los irlandeses cavaron los túneles que aún sostienen la ciudad; los judíos del Lower East Side dieron forma al garment district (el distrito de la moda) y a una constelación de prensa en yiddish. Cuando una alcaldía decide que esas capas no merecen aparecer al lado de enclaves palestinos o egipcios recientes, no está haciendo cartografía: está decidiendo qué pasados importan y cuáles no. Es un acto político que, intencionalmente, daña y cercena la memoria de la ciudad.
La misma lógica opera en América Latina, aunque con actores distintos. Cuando en Buenos Aires o São Paulo se discute la herencia sirio-libanesa como si fuera solo “turca”, o cuando en Santiago se eligen unos capítulos de la inmigración y se omiten otros, lo que está en disputa es exactamente lo mismo: qué homeland defendemos y cuál dejamos de cultivar. Lo que Nueva York exhibe ahora abiertamente es la radiografía de algo que también nos atraviesa a nosotros.
La historia de Little Syria nos recuerda que las fronteras modernas han redefinido retrospectivamente una realidad que era mucho más fluida y compartida. Para América Latina, con sus grandes colectividades de origen levantino, este episodio es una advertencia y una oportunidad: honrar la memoria completa del Mahjar, la de Gibran, Naimy y Rihani, pero también la de las escritoras que enriquecieron la Nahda con perspectivas femeninas, la de los buhoneros y la de los intelectuales, la de quienes se sentían sirios, libaneses o simplemente árabes— y hacer lo propio con las colectividades italiana, irlandesa y judía de Nueva York, cuya omisión también es nuestra, porque enseña en negativo cómo no se debe escribir la historia de una ciudad ni de un país.
Distinguir entre lugar de origen y homeland, y rechazar los borrados selectivos, sigue siendo la mejor forma de preservar el verdadero legado de estas diásporas. Ese legado, el de los sirio-libaneses de Manhattan y los irlandeses de Hell’s Kitchen, el de los italianos del Bronx y los palestinos y judíos de Santiago, sigue vivo, aunque a veces se resista a ser contado.
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