Hace unas semanas, la Universidad Católica congregó a decenas de estudiantes en la Cumbre de Jóvenes Chile para debatir sobre los trabajos del futuro. Al ver las imágenes de ese auditorio repleto de rostros expectantes, fue inevitable cruzar esa postal de esperanza con el balde de agua fría que el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) nos arrojó a fines de mayo: la desocupación entre los jóvenes de 15 a 24 años llegó a 22,8%. Si excluimos la pandemia, estamos frente a la cifra más alta de desocupación juvenil registrada para este período del año.

En Fundación Puente atesoramos con especial emoción el día de la titulación de nuestros becados. Cuando un joven, que en la inmensa mayoría de las veces es el primero de su familia en acceder a la educación superior, sostiene su título, es la confirmación empírica de que en Chile el esfuerzo individual, cuando es acompañado, todavía puede mover la aguja de la movilidad social. En ese abrazo de graduación sentimos que el país funciona y que el mérito tiene sentido y recompensa.

Sin embargo, la frialdad de las estadísticas nos advierte que el puente se está quedando sin la otra orilla. Hoy, graduarse pareciera no ser suficiente.

El análisis del mercado laboral elaborado sobre la base de la Encuesta Nacional de Empleo del INE confirma la magnitud del problema: durante el último año se perdieron 59 mil empleos formales en el tramo de 25 a 34 años, precisamente la franja etaria en la que muchos jóvenes salen a buscar su primer trabajo profesional.

El deterioro no se detiene ahí: los ocupados formales con educación universitaria o mayor acumulan ya tres trimestres consecutivos a la baja, y según cifras publicadas ayer por el mismo organismo, su desocupación subió 9,4% en doce meses, la novena alza consecutiva y el nivel más alto de toda la serie. La paradoja es dramática. Tenemos a una generación más formada que nunca enfrentando un mercado laboral más estrecho, más informal y más hostil para su primera inserción.

Este cuello de botella no afecta a todos por igual. En Chile, las redes personales y el capital social influyen tanto en la probabilidad de encontrar empleo como en las oportunidades que se abren una vez dentro del mercado laboral; quienes provienen de hogares con menos redes y menor respaldo económico enfrentan más barreras entre la titulación y el primer empleo.

A eso se suma que no todos pueden darse el lujo de esperar. Mientras algunos jóvenes cuentan con respaldo familiar para aguardar una oportunidad alineada con su vocación, muchos de los jóvenes de nuestra fundación necesitan generar ingresos apenas se titulan para aportar de inmediato a sus hogares.

La consecuencia de esa urgencia es el riesgo creciente de subempleo: aceptar trabajos por debajo de la formación obtenida, o fuera de la trayectoria profesional que se estudió para construir. Esto ocurre en un contexto donde la informalidad crece, el empleo formal retrocede incluso entre profesionales universitarios, y el número de puestos que exige altas calificaciones no crece al ritmo de quienes egresan de la universidad. La literatura sobre empleo juvenil advierte que una inserción inicial precaria o desalineada con la formación puede dejar secuelas persistentes, como mayor probabilidad de informalidad futura, menores salarios y trayectorias laborales más frágiles.

¿Por qué ocurre esto? Porque cuando las ofertas para cargos junior exigen de entrada uno o dos años de experiencia y el dinamismo económico del país se estanca, el filtro de selección se vuelve más estrecho y la recomendación de pasillo empieza a pesar más que el potencial. La literatura sobre empleo en Chile confirma que una proporción muy significativa de las personas encuentra trabajo a través de amistades o familiares, un patrimonio que los jóvenes de sectores vulnerables no heredan; ellos salen a la cancha, muchas veces, únicamente con su mérito.

Dejar a este talento en la sala de espera no es únicamente una injusticia social, es también un error económico para un país que arrastra un prolongado estancamiento en productividad. La empresa privada no tiene la obligación de hacer beneficencia laboral, pero sí el imperativo estratégico de mirar a estos nuevos profesionales como lo que realmente son: una inyección de resiliencia, adaptación y talento que el sector productivo necesita con urgencia.

Sabemos, desde el trabajo social, que la educación puede seguir siendo un ascensor de movilidad, pero solo si hay un piso al cual llegar y puertas dispuestas a abrirse. Y eso exige, de parte de gerencias y jefaturas de personas, un ejercicio de audacia: tender puentes concretos y flexibilizar las barreras de entrada para quienes recién egresan. Darle la primera oportunidad a un profesional que logró titularse contra todos los pronósticos socioeconómicos es mucho más que un acto de confianza: es invertir en uno de los talentos más valiosos que este país puede ofrecer.

Daniela Torres
Directora Ejecutiva de Fundación Puente

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