El encarcelamiento femenino en Chile atraviesa un momento crítico y su solución no recae solo en el Estado. Entre 2021 y diciembre de 2025 la población de mujeres privadas de libertad aumentó de 2.824 a 5.050, el máximo histórico registrado en el país. Estas cifras hablan de una crisis penitenciaria, pero también plantean un desafío a nivel de reinserción social a los distintos sectores, actores y organizaciones, incluidas las instituciones culturales.

Lúcidamente, la historiadora Ana María Stuven, fundadora de la Corporación Abriendo Puertas, analiza cómo las mujeres privadas de libertad constituyen uno de los grupos más invisibilizados. Sus trayectorias suelen estar atravesadas por la violencia, la pobreza, la desigualdad y la necesidad de sobrevivir en contextos muy adversos, pero esas experiencias no pueden convertirse en condenas permanentes. Como sociedad, debemos ser capaces de abrir espacios donde puedan reconstruir sus vínculos, recuperar la confianza y volver a imaginar un futuro.

Ante estos desafíos, quienes nos dedicamos a la cultura, a través de los lenguajes sensibles de las artes, de nuestro poder de convocatoria con diferentes actores y sectores de la sociedad, y de programas de educación y mediación, tenemos la capacidad y la responsabilidad de generar experiencias que propician el encuentro y el diálogo. Dejar atrás una trayectoria delictiva rara vez ocurre por un solo hito, como conseguir un empleo o aprender un oficio, sino que es un proceso en el que las personas además deben articular nuevos relatos en torno a sí mismas.

Ahí es donde entra la cultura, en una viaje que es de ida y vuelta: por una parte esos relatos necesitan ser dichos y reconocidos frente a otros para volverse reales, como también la cultura puede abrir barreras a mundos estigmatizados carentes de oportunidades. Así, tanto el cine, la literatura como otras expresiones artísticas pueden permitir que todas las personas conozcan y conecten con las historias de estas mujeres.

Durante los últimos seis años, desde el Centro Cultural La Moneda hemos trabajado junto a mujeres privadas de libertad y organizaciones de la sociedad civil, impulsando procesos de formación, creación y economía orientados a la reinserción, con errores y aciertos.

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Un ejemplo es la Feria Malqueridas, co-organizada con la productora Errante, que por tercer año consecutivo reúne a diferentes organizaciones en el centro cultural para colaborar y reflexionar en conjunto sobre la reinserción desde la cultura, el encuentro y el diálogo democrático. Esta experiencia nos ha permitido comprender que para reconstruir una vida fuera de la cárcel las mujeres además de reconstruir su vida económicamente, también necesitan recuperar su autoestima y volver a sentirse parte de la sociedad.

Los espacios culturales, en este contexto, no solo programamos exposiciones y actividades artísticas. Somos un lugar de creación y articulación entre miradas, sensibilidades y experiencias distintas, y ese cruce de mundos es quizás nuestro aporte más singular a la reinserción social: la posibilidad de que estas mujeres se paren en pie de igualdad simbólica frente a una ciudadanía que rara vez las mira sin el prejuicio de la condena.

Gabriel Hoecker Gil
Jefe de Comunidades del Centro Cultural La Moneda

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