Tenemos que enseñarles a nuestros niños a admirar al que, en buena ley, le va bien creando valor para la sociedad.

La semana pasada un sismo 6.9 sacudió Calama. En cualquier otra parte del mundo, eso es un terremoto. Acá, un susto y nada más. Los videos circularon rápido. El que más se viralizó fue el de trabajadores de Codelco Chuquicamata almorzando como si nada mientras vasos y platos caían al suelo. No es indolencia. Es confianza en que el edificio aguanta porque hay ingeniería, fiscalización y responsabilidad penal para quien construye fuera de regla.

Esto no llegó solo. Chile reforzó sus normas después de los terremotos de 1960, 1985 y 2010. A eso se sumó la cultura. La Operación Deyse (hoy PISE) nos enseñó desde el jardín infantil a evacuar sin correr. Una de las culturas sísmicas más sofisticadas instalada en 50 años. Si fuimos capaces de construir todo eso desde cero, ¿qué nos impide hacer lo mismo en innovación y emprendimiento?

Edgar Schein, profesor del MIT y referente mundial en cultura organizacional, lo explicó en su libro Organizational Culture and Leadership. Toda cultura opera en tres niveles. Los artefactos visibles (programas, ferias, slogans). Los valores declarados (lo que decimos en voz alta) y los supuestos básicos (creencias profundas que damos por sentadas y que efectivamente guían cómo decidimos cada día).

Schein señala que el cambio cultural real sólo ocurre en el tercer nivel. Exactamente lo que hicimos con los sismos. Nadie en Chile discute hoy que hay que evacuar ordenadamente cuando tiembla. Está en el centro del cerebro de cada uno de nosotros.

Con innovación y emprendimiento seguimos en la superficie. Corfo, ANID, hubs e incubadoras. Artefactos. Mientras tanto, en el fondo, los supuestos básicos juegan en contra. La Encuesta Bicentenario UC 2025 lo confirma. 62% de los chilenos percibe un “gran conflicto” entre ricos y pobres y 53% entre trabajadores y empresarios. +6% con respecto al año anterior.

El odio a los ricos se transformó en bandera de lucha para una parte de nuestra sociedad. Y de tanto repetirlo, terminó instalándose en mucha gente como la explicación a todos nuestros males. Es lo mismo que pasa con el terraplanismo. Una idea absurda, científicamente desmentida hace siglos, y aún así cientos de miles siguen creyendo que la Tierra es plana. Las creencias profundas son así de poderosas. Eso es lo que tenemos que cambiar de raíz.

Tenemos que enseñarles a nuestros niños a admirar al que, en buena ley, le va bien creando valor para la sociedad. Dominique Rosenberg, que en 2006 fundó DBS Beauty Store y hoy lidera un holding de belleza que factura US$100 millones al año. Isidoro Quiroga, ingeniero de la U. de Chile que partió exportando orégano y terminó vendiendo Enphase Energy en US$819 millones. Bruno Fritsch, que en 1977 abrió una concesionaria con 10 empleados en Concepción y hoy lidera un grupo automotriz con 2.300 colaboradores en tres países. Cientos de empresarios y emprendedores chilenos que partieron de cero, arriesgaron, fallaron, aprendieron y hoy crean empleos, pagan impuestos y aportan al país.

En Estados Unidos Steve Jobs, Jeff Bezos o Elon Musk son ídolos y ejemplos a seguir. Esa admiración pública al emprendedor es el supuesto básico que sostiene cualquier ecosistema de innovación de clase mundial. No sacamos nada con seguir haciendo eventos y ferias si esas ideas no cambian. Aprendimos a construir, en 50 años, una cultura que el mundo admira. Si lo logramos con los terremotos, también podemos lograrlo con la innovación y el emprendimiento.

Arturo Herrera
Socio de Innspiral

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