Fortalecer el posgrado nacional y los ecosistemas de I+D+i+e+TT es indispensable. Chile requiere más y mejores programas, mayor financiamiento basal, infraestructura robusta y trayectorias académicas atractivas. Sin embargo, este objetivo no se logra sustituyendo lo internacional por lo local. Por el contrario, ambos niveles se potencian mutuamente: la movilidad de estudiantes y académicas/os eleva estándares, conecta redes y acelera la generación de conocimiento.

En Chile, la formación de capital humano avanzado ha sido una política clave para el desarrollo. Las becas de magíster y doctorado en el extranjero han permitido construir redes, acceder a capacidades de frontera y proyectar a nuestras universidades en el mundo. Ante el anuncio de evaluación de estas medidas, se abre una discusión necesaria, pero que debe abordarse con sentido estratégico y vocación de país.

Fortalecer el posgrado nacional y los ecosistemas de I+D+i+e+TT es indispensable. Chile requiere más y mejores programas, mayor financiamiento basal, infraestructura robusta y trayectorias académicas atractivas. Sin embargo, este objetivo no se logra sustituyendo lo internacional por lo local. Por el contrario, ambos niveles se potencian mutuamente: la movilidad de estudiantes y académicas/os eleva estándares, conecta redes y acelera la generación de conocimiento.

Más que restringir la movilidad internacional, el desafío es articular. Los sistemas más dinámicos combinan formación local sólida con inserción global activa: cotutelas, programas de articulación internacional, redes académicas de excelencia y cofinanciamiento con instituciones extranjeras. Esta integración permite que el conocimiento circule y que su impacto se multiplique en el país.

En este contexto, también se hace imprescindible reflexionar en torno a una reestructuración del sistema de becas o repensar una reestructuración del sistema de becas. No se trata solo de cantidad, sino de pertinencia y equidad.

Chile necesita avanzar hacia un acuerdo nacional que redefina criterios de asignación, áreas prioritarias, mecanismos de cofinanciamiento y compromisos de retorno e inserción. Un modelo de becas acorde al siglo XXI debe ser más flexible, inclusivo y alineado con las necesidades territoriales y productivas del país, asegurando oportunidades reales para talentos diversos y fortaleciendo tanto la formación en el extranjero como en programas nacionales de excelencia.

Finalmente, la discusión no puede limitarse a dónde se forman nuestros y nuestras estudiantes. Existe una oportunidad estratégica aún subexplotada: posicionar a Chile como un destino atractivo para talento internacional altamente calificado. Universidades en regiones y en la capital tienen fortalezas académicas relevantes, pero requieren políticas más decididas para atraer estudiantes e investigadores extranjeros.

Esto implica abordar desafíos como la oferta de programas en otros idiomas, mejorar condiciones de acogida y consolidar una política de internacionalización entre las universidades y el Estado que sea coherente y de largo plazo.

Fortalecer el postgrado en Chile es urgente. Pero hacerlo aislando al país del mundo sería un error estratégico. La tarea es más compleja y, al mismo tiempo, más prometedora: construir un sistema que combine excelencia local con proyección global, que forme talento y también lo atraiga, y que entienda la internacionalización no como un complemento, sino como un pilar del desarrollo.

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile