El presidente Kast tiene en sus manos una oportunidad concreta para dejar una huella duradera en esta materia.

El debate sobre el rol de la ciencia en Chile ha vuelto a la agenda pública. Es una discusión legítima y necesaria, pero a veces se queda en lo superficial: ¿cuánto se gasta?, ¿en qué?, ¿realmente sirve para algo práctico?

Más allá de las diferencias legítimas entre gobiernos, hay un campo del conocimiento que debería concitar el máximo consenso nacional y la prioridad estatal: las Ciencias de la Tierra.

Chile es, literalmente, un laboratorio natural. Vivimos en el país más sísmico del planeta. Tenemos la cordillera más joven del mundo, decenas de volcanes activos, glaciares que se derriten, zonas enteras expuestas a aluviones. Al mismo tiempo, nuestra principal riqueza (el cobre, el litio, el hidrógeno verde, la geotermia, entre ellos) está bajo la superficie.

Conocer mejor esa tierra no es un lujo académico. Es una necesidad estratégica.

El presidente Kast ha señalado en diversas ocasiones que el desarrollo de Chile pasa por el orden, la seguridad y el aprovechamiento responsable de los recursos naturales. Precisamente, una política seria y sostenida en Ciencias de la Tierra contribuye directamente a los tres:

Primero, la Seguridad nacional. Mapas de amenazas sísmicas, volcánicas y de remoción en masa permiten construir mejor, ubicar infraestructura crítica en zonas seguras y, en definitiva, salvar vidas cuando ocurre una catástrofe. No se trata de predecir el futuro, sino de no llegar tarde.

Segundo, soberanía sobre los recursos. Conocer nuestras reservas de litio, agua subterránea, cobre o tierras raras es el primer paso para explotarlas con inteligencia, no solo con urgencia comercial. Sin geociencia, firmamos acuerdos a ciegas sobre un territorio que apenas conocemos.

Tercero, competitividad económica. La minería, que es pilar de nuestra economía, invierte millones de dólares cada año en exploración geológica. Si el Estado aporta información básica de calidad, toda la industria gana eficiencia, y las regiones mineras dejan de depender de la mera extracción para agregar valor con conocimiento.

No se trata de aumentar el gasto público sin control. Se trata de priorizar bien.

Instituciones como Sernageomin, los centros de investigación en geofísica y geología, y las universidades regionales cumplen un rol que el mercado no cubre por sí solo: generar el conocimiento base y de largo plazo sobre el territorio que habitamos. Ese conocimiento no es un gasto. No es solo una inversión, sino que es infraestructura invisible.

El presidente Kast tiene en sus manos una oportunidad concreta para dejar una huella duradera en esta materia. Una hoja de ruta clara con financiamiento estable, indicadores de logro y articulación público-privada no es cara en comparación con lo que cuesta un desastre natural mal prevenido o una oportunidad minera mal evaluada.

Chile ha demostrado al mundo que puede levantarse después de los terremotos. El siguiente paso es demostrar que podemos anticiparnos. No con adivinanzas, sino con ciencia.

Esa es la clase de desarrollo que todos, más allá de las siglas políticas, deberíamos apoyar.