Cuando lo que está en juego es la vida humana, nuestras convicciones deben nacer de una reflexión seria y responsable.

En la sociedad, muchas convicciones no surgen de un análisis racional profundo, sino del clima cultural que define lo aceptable. Así, ideas repetidas terminan siendo asumidas sin cuestionamiento, aunque estén motivadas por buenas intenciones que no siempre descansan en un razonamiento sólido ni en una visión integral de la vida humana.

Este problema se vuelve especialmente relevante cuando el debate público involucra la vida. En este contexto, la reciente aprobación en general del proyecto que permite la interrupción del embarazo hasta las catorce semanas plantea una tensión evidente: el mismo Estado que busca habilitar esta práctica es el que, según la constitución reconoce en su artículo 19 el “derecho a la vida y a la integridad física y psíquica de la persona”, y añade que “la ley protege la vida del que está por nacer”.

De ahí surge una pregunta central: si la vida es un bien jurídico protegido, ¿cómo puede su resguardo depender de las circunstancias de origen? Para responder, es clave determinar cuándo comienza la vida humana.

Desde la filosofía, la aparición de un ser humano corresponde a un cambio sustancial, es decir, al paso desde la no existencia a la existencia de un individuo concreto. Este cambio no admite grados: o el ser existe o no existe.

A diferencia de los cambios accidentales como crecer, desarrollarse o envejecer, el cambio sustancial marca el inicio de una identidad que se mantiene a lo largo del tiempo.

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En el plano biológico, este inicio se manifiesta cuando se constituye una nueva realidad distinta de las células de origen. El cigoto no es una simple suma de partes, sino un organismo que actúa como una unidad, con un ADN propio y distinto del de la madre y del padre, con una orientación interna hacia su propio desarrollo continuo, donde cada etapa se encadena con la anterior de manera ordenada, no al azar. Siguiendo una dirección definida, la formación de un ser humano.

A lo largo del tiempo, ese mismo individuo atraviesa distintas etapas (embrión, feto, recién nacido, adulto) sin que exista una ruptura en su identidad. Los cambios que experimenta no alteran lo que es, sino cómo se manifiesta su esencia.

Por ello, cualquier criterio que pretenda establecer diferencias en el valor de la vida en función de su desarrollo o en la protección de la vida en virtud de su estadio de desarrollo introduce una distinción que no se sostiene en la naturaleza del propio proceso humano.

Cuando lo que está en juego es la vida humana, nuestras convicciones deben nacer de una reflexión seria y responsable. Si realmente afirmamos que la vida tiene valor, esa convicción debe reflejarse en nuestras decisiones, en nuestras leyes y en las prioridades que elegimos como comunidad.

En este sentido, el 25 de marzo, Día del niño que está por nacer, no debería ser solo una conmemoración simbólica, sino una oportunidad para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir: una que relativiza el valor de la vida en sus etapas iniciales, o una que sea capaz de proteger, acompañar y acoger desde su comienzo.

Rafael Silva
Siempre por la Vida

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