El océano no es infinito. Y el desafío no es elegir entre crecimiento o conservación. El verdadero desafío es construir una economía capaz de desarrollarse sin destruir aquello que la hace posible.

Las recientes intervenciones públicas sobre la Ley Lafkenche abren una preocupación profunda para quienes habitamos y trabajamos en los territorios costeros del sur de Chile. Cuando se instala la idea de que esta legislación debe ser modificada para facilitar el desarrollo económico, el riesgo es reducir una discusión compleja a una falsa oposición entre crecimiento y protección territorial.

La Ley Lafkenche no nació para frenar el desarrollo. Nació para reconocer algo básico: que existen pueblos y comunidades que históricamente han vivido del mar, que han construido formas de uso y cuidado del borde costero, y que deben ser parte de las decisiones sobre esos espacios.

Los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO) son una herramienta de gobernanza territorial, no un obstáculo para la actividad económica.

Quienes tenemos raíces en territorios costeros o en una isla en el sur de Chile, hemos podido entender que el mar no es solamente una industria. Es trabajo, alimento, identidad y memoria. Muchas comunidades hemos desarrollado, por generaciones, conocimientos asociados a la pesca artesanal, la recolección y la acuicultura de pequeña escala.

En mi caso, la mitilicultura forma parte de esa historia: aprender desde joven los ciclos del mar, el cultivo de ostras y choritos, y comprender que la sostenibilidad no es un concepto abstracto, sino una condición para que exista futuro.

Por eso preocupa que hoy se pretenda instalar que la protección territorial es incompatible con la inversión o el crecimiento. El verdadero problema sería avanzar en desarrollo económico destruyendo los ecosistemas que sostienen la vida y también la productividad del sector.

Hace algunas semanas, como parte de una delegación chilena integrada por líderes de pueblos originarios y de la pesca a pequeña escala, participamos en la Seafood Expo Global en Barcelona, el principal encuentro mundial de la industria pesquera.

Allí se reúnen empresas, compradores y representantes de la industria pesquera global para discutir el futuro de los productos del mar. Y precisamente una de las conversaciones más relevantes que pusimos sobre la mesa fue cómo garantizar sostenibilidad real en un contexto de crisis climática y presión creciente sobre los océanos.

En ese espacio quedó claro que la sostenibilidad ya no puede entenderse únicamente desde indicadores técnicos o productivos. Cada vez existe mayor conciencia de que los ecosistemas donde opera la industria son territorios habitados, y que excluir a las comunidades de la toma de decisiones termina generando conflictos, pérdida de legitimidad e incluso riesgos para la continuidad productiva.

Los ECMPO representan justamente una oportunidad para avanzar hacia modelos más equilibrados. Permiten articular conservación, uso productivo y participación territorial. Debilitar esa herramienta en función de urgencias de corto plazo sería una señal equivocada, no solo desde el punto de vista ambiental, sino también económico.

La propia industria global comienza a entender que conceptos como trazabilidad, sostenibilidad y reputación dependen cada vez más de cómo se relaciona con los territorios y las comunidades. Integrar conocimientos tradicionales y formas locales de gestión no es solo una cuestión de justicia: es una estrategia inteligente para asegurar continuidad y estabilidad en el tiempo.

El océano no es infinito. Y el desafío no es elegir entre crecimiento o conservación. El verdadero desafío es construir una economía capaz de desarrollarse sin destruir aquello que la hace posible.

Desde nuestros territorios, esa conversación ya comenzó hace mucho tiempo. Lo preocupante sería que Chile decida retroceder justo cuando el mundo empieza a entender su importancia.

Yohana Coñuecar Llancapani
Dirigenta mapuche williche de la Isla Llanchid, comuna de Hualaihué, región de Los Lagos.

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