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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Pablo Zeballos, ex oficial de Carabineros y experto en crimen organizado, destaca la influencia de creencias religiosas en bandas criminales chilenas. Advierte sobre mafias internacionales que buscan puertos en Chile para acceder a Oceanía, mercado 10 veces más rentable que EE.UU. En la fusión entre delincuencia local y transnacional, se observa una transformación violenta y adaptativa. Zonas rurales son vulnerables ante el crimen organizado por falta de presencia estatal. El libro de Zeballos, *Cuando el crimen reza*, explora la dimensión devocional en el narcotráfico, con énfasis en la Santa Muerte.

Pablo Zeballos: “Las mafias buscan nuestros puertos para acceder a Oceanía”

Pablo Zeballos es ex oficial de Carabineros, investigador de campo especializado en crimen organizado transnacional y autor de dos libros que han puesto el foco en dimensiones poco exploradas del fenómeno criminal. Su más reciente publicación, *Cuando el crimen reza*, editada por Catalonia, indaga en la dimensión devocional y religiosa dentro de las estructuras del crimen organizado, desde Italia hasta América Latina, incluyendo Chile.

En esta conversación con Radio Bío Bío, Zeballos analiza el estado actual del crimen organizado en Chile y el rol que juegan las creencias religiosas en la cohesión de las bandas. También alerta sobre la vulnerabilidad de las zonas australes del país ante el avance de mafias internacionales que buscan nuevas rutas para el narcotráfico hacia Oceanía, un mercado diez veces más rentable que Estados Unidos.

La fusión entre delincuencia local y crimen transnacional

¿En qué etapa del crimen organizado estamos en Chile en 2026?

Lo primero que hay que entender es que cuando vas a un seminario sobre crimen organizado, la respuesta que recibes depende de quién la entrega. Si es el Estado, estamos perfectos. Si es otra instancia, estamos catastróficamente mal. No creo que ambas respuestas estén equivocadas. Ambas reflejan una realidad. No podemos analizar nuestro país como un conjunto, tenemos que hacerlo sectorialmente. Si uno dice “estamos muy bien”, probablemente hable de una zona acomodada, con alta presencia policial y seguridad privada. Si dice “estamos pésimo”, probablemente es desde un entorno con menos presencia del Estado, en asentamientos precarios que han surgido por las migraciones.

Creo que hay dos procesos que han confluido en la última década en Chile. El primero es una transformación de la delincuencia a una nueva forma esencialmente más violenta, más demostrativa, más visual. Mucho menos discreta que hace 20 años, cuando el delincuente trataba de que nadie supiera, ni siquiera en su barrio, que era delincuente. Además, con conformaciones diferentes, con agrupaciones que ya no son territoriales sino funcionales: “este tipo me sirve porque dispara bien, este otro porque maneja bien”, independientemente de que no vivan en el mismo barrio o incluso vivan en poblaciones que antes estaban en disputa.

Hay que ponerle mucha atención a esta transformación, porque hay esbozos, por lo menos en Santiago y algunas zonas del norte y sur del país, de que se están definiendo líderes que son mucho más que un líder barrial.

Esto suena a una estandarización. ¿El delincuente común tuvo que estandarizarse con el delincuente que venía de otras partes?

Yo creo que es más simple todavía. Estamos ante un fenómeno darwiniano, es Darwin en estado puro: o te adaptas o desapareces. Es un fenómeno de adaptación, de supervivencia. Ese es el primer cambio.

El segundo cambio que apura todo este proceso es el ingreso de actores extranjeros, de criminales internacionales que traen sus lógicas criminales que empiezan a ser imitadas por los chilenos. Estos dos fenómenos están en proceso de fusión. No sabemos si esa fusión va a ser violenta, como son las fusiones criminales donde uno termina imponiéndose sobre otro, o si será adaptativa o imitativa.

Por ejemplo, el caso de un secuestro que vivimos hace un tiempo. Había una conformación mixta de la estructura criminal: extranjeros, pero también chilenos. ¿Qué aportaba el chileno? Conocimiento de territorio. ¿Qué aportaban los extranjeros? Conocimiento de la operación criminal. Estamos viviendo ese proceso y eso indica que en un país como el nuestro va a haber ciudades y zonas que van a avanzar mucho más rápido en esa penetración del crimen organizado, y otras que van a avanzar más lento. Lo que no significa que las que avancen más lento no les vaya a impactar más fuerte. A mí me preocupa, por ejemplo, el sur de Chile. Creo que el impacto es más lento, pero va a ser más fulminante.

Se habla de la regionalización del crimen organizado: salir de las grandes urbes hacia lugares donde hay menos policías. ¿Es así?

Se necesitan ambas. Si pudiéramos entender el crimen organizado de forma muy simple, imaginemos un triángulo con tres componentes. El primer componente son las economías ilícitas: algo que está prohibido o regulado y que te genera dinero si saltas la regulación o la prohibición. Por ejemplo, el narcotráfico, el tráfico de cigarrillos, el contrabando. Nosotros no tenemos cultivos de hoja de coca y, por lo tanto, no producimos cocaína. Pero Chile está en el ciclo de la cocaína porque tenemos puertos, porque compartimos frontera con dos países que sí producen cocaína.

La segunda arista es la constitución de estructuras criminales dispuestas a explotar esa economía ilícita en el tiempo; o sea, venir y tomar el control de esa economía y pelear a muerte por controlarla. Eso, a veces, se apoya en una marca reconocida criminalmente, porque no es lo mismo robarle droga al Tren de Aragua que a una banda local cualquiera. Para mantener esa marca tienes que garantizar una continuidad operativa, y eso incluye el reclutamiento de niños y adolescentes en el circuito del crimen organizado.

La tercera arista son las condiciones sociales, que no son responsabilidad del Ministerio de Seguridad, ni de la Policía, ni de la Fiscalía, sino del Estado y la sociedad civil en su conjunto. Por ejemplo, la deserción escolar, el hacinamiento carcelario. Hay un montón de condiciones que pueden potenciar tanto la economía ilícita como la estructura criminal. En ese triángulo se configura el crimen organizado.

Entonces, si una zona rural tiene la potencialidad de generar economías ilícitas y permite que estructuras criminales puedan ocultarse y explotarla en el tiempo, vamos a tener crimen organizado que se asienta en zonas rurales. La capacidad del Estado en esas zonas siempre es menor que en las grandes ciudades.

Se habla de que donde no llega el Estado, llega el crimen organizado.

Lo dijo Giovanni Falcone, el juez italiano que fue asesinado por la Cosa Nostra: “La arrogancia del crimen organizado es del mismo tamaño que la ausencia del Estado”.

¿Hay soberbia de las policías, de las autoridades, que quieren mostrar una imagen que no se condice con lo que ocurre?

No sé si es soberbia, pero hay una cultura de transmitir tranquilidad.
Yo creo que en el caso chileno hemos ido aprendiendo. Por ejemplo, de negar la existencia del Tren de Aragua a asumir su existencia y entender que es un grupo muy peligroso para la estabilidad del Estado. Creo que hemos avanzado todos. Nadie puede decir que no ha sido soberbio en su vida, pero para investigar cualquier fenómeno social no hay que subestimar ni sobrevalorar una amenaza. Tampoco hay que quedarse satisfecho con los primeros resultados exitosos. Muchas veces el crimen organizado tiene una capacidad de resiliencia, de ocultación, de mantenerse en un estado menos visible, pero no significa que haya sido golpeado dramáticamente.

Cuando el crimen reza: la dimensión religiosa del narcotráfico

Tu último libro habla de los rituales, de los códigos que existen dentro de las estructuras del crimen organizado. ¿Cómo has visto que las bandas chilenas se están transformando en ese aspecto devocional?

Ese libro se llama *Cuando el crimen reza*. Es un estudio de campo, no basado en libros sino en la experiencia que yo y otros investigadores hemos tenido respecto al componente devocional, religioso, espiritual dentro de estructuras del crimen organizado. Tocamos diferentes lugares: partimos por Italia, avanzamos por España, después llegamos a América Latina donde el componente devocional es mucho más rico que el europeo. En México, principalmente, donde se generan fenómenos sincréticos. Y también hablamos de Chile.

Lo que estamos observando actualmente es que hay ciertas condiciones religiosas y espirituales que están tomando componentes muy sincréticos que tiene mucho que ver, según nuestra hipótesis, con los flujos migratorios. Eso no quiere decir que todo migrante es un criminal, sino que lo que se está generando es una transculturización que ciertos grupos toman como un componente identitario.

Por ejemplo, a mí me interesa mucho el fenómeno del ingreso muy fuerte de la palería en América Latina, también en Chile (nota de la redacción: la palería es una religión de origen africano fuertemente arraigada en Cuba y otros países de América). También de la santería, pero específicamente de la Santa Muerte. Quedó demostrado en el veredicto inicial de un caso en Arica, donde alguien se hacía llamar obispo de la Santa Muerte y que tenía una red trafico de mujeres extranjeras. La Santa Muerte parece ser el fenómeno devocional religioso de moda en el narcotráfico.

Durante la investigación para este libro estuve en varias ciudades y localidades de Chile, y me sorprendí al ver que estatuillas de la Santa Muerte estaban suplantando en la venta en ferias a las estatuillas tradicionales de la Virgen María o de algún santito.

¿Eso tiene que ver con lo identitario?

Sí. El crimen organizado es un fenómeno humano y el ser humano, históricamente, ha buscado en la fe un sentido de protección o de pertenencia, a veces ambas.

En el mundo de la criminalidad, donde los espacios son complejos y violentos, donde no sabes si vas a seguir vivo, cuando entrevistamos a soldados del crimen organizado, ellos dicen: “Necesito que algo me proteja más allá de mi arma de fuego, de mi grupo”. Ahí entra muy bien la religión.
Lo más atractivo de todo eso es la capacidad de lograr sincretismo. O sea, “sigo creyendo en la Virgen María porque es mi mamá, porque me perdona, pero ella me exige que yo cambie y no quiero cambiar. Entonces incorporo a mi altar, además, a la Santa Muerte, que no me pide que cambie, sino que es mi compañía permanente”. Qué mejor que tener como aliada a la muerte: es mi certeza final y no me pide que cambie, solo que yo sea fiel con ella, fiel con mis principios.

Eso es lo que más estamos viendo hoy día: una tendencia muy fuerte de generar estructuras no solamente basadas en la identidad criminal, sino en la identidad religiosa.

¿Las autoridades lo saben? Porque si uno entiende mejor las cosas, la policía puede diseñar estrategias mejores en las investigaciones.

No solamente las policías, es todo el Estado. Porque al final es una guerra de narrativas. Tenemos que convencer a un niño de 15, 12 ó 13 años. ¿Qué le ofrecemos nosotros como Estado, como sociedad civil, para que no tome el camino de la criminalidad y no termine con el destino tradicional de quienes toman tempranamente ese camino?

La amenaza en las zonas australes y las nuevas rutas del narcotráfico

Hace poco un reportaje de T13 hablaba de la mafia albanesa que está buscando nuevas rutas y llegó al puerto de Valparaíso. Pero hay otros puertos a lo largo de Chile. ¿Cómo ves esa situación?

Llevo más de siete u ocho años estudiando las organizaciones criminales de los Balcanes occidentales, no solamente la mafia albanesa. Ellos hoy día dominan gran parte del sistema del narcotráfico de cocaína. Eso significa que están en Sudamérica, y de seguro en los países que envían cocaína, entre ellos Chile. Lo que descubrió la investigación en Chile es la evidencia de la existencia de delegados criminales que vienen a generar estas nuevas rutas. ¿Qué rutas buscan? Las más fáciles de explotar y las menos pensadas por la policía. Obviamente, están buscando salidas portuarias desde Chile. La incidencia por cada 100.000 habitantes de consumo de cocaína en Oceanía es 3.6, mientras que en Estados Unidos es 1.6. De ahí la importancia de acceder al océano Pacífico. Pero hay otra cosa: una dosis de esa droga en Nueva Zelanda cuesta 263 dólares, frente a los 30 dólares que cuesta en Estados Unidos. Es diez veces más rentable.

Eso significa que van a buscar rutas. ¿Qué rutas? Puertos. ¿Qué puertos? Puertos que tengan buena conexión, ojalá binacional, que puedan conectarse terrestremente con otros países para mover drogas. Por eso me preocupan las zonas australes de Chile, que están en una situación de debilidad. Hay que poner atención y hay que ponerla a tiempo.