El Presidente volvió esta semana de Europa y en Santiago lo esperaba lo que ningún mandatario quiere encontrar: rumores de cambio de gabinete y un oficialismo que discute por la prensa. No es todavía una crisis; es algo más silencioso y, a la larga, más corrosivo. A ocho meses de instalado, el gobierno de José Antonio Kast no tiene detrás una coalición, sino apoyos que se suman o se restan según la votación del día.
La decisión fue temprana y consciente. En diciembre, recién electo, Kast pidió a los partidos que lo respaldaban colaboración y no coalición. Un gobierno de emergencia, se argumentaba, no necesitaba programa común ni estructura compartida, solo votos para un puñado de urgencias, y la propia urgencia se encargaría de ordenar a todos.
Pero la emergencia no ordena por sí sola; lo que ordena es la pertenencia. Una coalición es donde los desacuerdos se procesan antes de salir a la calle y cada partido sabe que su suerte está atada a la del gobierno. Sin ese lugar, cada socio calcula por su cuenta, y cuando las encuestas bajan los cálculos se separan.
Es lo que ha ocurrido. Kast comenzó con un 57% de aprobación y la Cadem de comienzos de octubre lo dejó en 32%. Chile Vamos mira 2028 y piensa en su sobrevivencia como derecha moderada; los republicanos creen que su crecimiento les da derecho a conducir. Nadie los obliga a conciliar ambas miradas.
La fractura quedó a la vista con la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau: los republicanos votaron en bloque y Chile Vamos se dividió. Luego vino un intercambio de apodos, «derechita cobarde» de un lado y «derechita merluciana» del otro. Cuando La Moneda propuso coordinarse fuera del comité político, Chile Vamos le respondió que formara una coalición de verdad. Los socios le devolvieron al Presidente la pregunta que él quiso esquivar.
Hoy el síntoma es el ministro Fernando Rabat, cuestionado por rebajas de penas a responsables de delitos sexuales. Su permanencia divide al oficialismo, y el Presidente ha debido contactar a parlamentarios de su sector ante una eventual acusación. La imagen de un mandatario contando votos entre aliados dice más que cualquier encuesta.
Conviene no exagerar: el gobierno legisla, conserva un núcleo de apoyo y no naufraga. Pero hace agua por una grieta que no se ve desde la cubierta. La Concertación tuvo diferencias feroces, pero contaba con reglas para procesarlas y una lealtad básica que permitía a sus presidentes absorber derrotas sin desarmarse. Aquello era menos virtud moral que arquitectura política.
Kast prometió orden, y quizá el que más le falta esté en su propia casa política. La pregunta es si está dispuesto a compartir el poder con quienes hoy lo acompañan a regañadientes, aceptando que una coalición limita al Presidente tanto como lo protege. Gobernar sin socios parecía una forma de libertad. Empieza a parecerse a la soledad.
Paulo Hidalgo
Sociólogo.
Doctor en Sociología y Ciencia Política.
Profesor universitario.
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