Cuando se habla de frontera, el debate suele centrarse en la seguridad, el control migratorio o el combate contra el crimen organizado. Sin embargo, existe una discusión menos visible y quizás más profunda: cómo el desarrollo, la inversión pública y los incentivos económicos pueden ayudar a repoblar y dinamizar territorios que durante años han permanecido postergados.

En Visviri, en la comuna de General Lagos, esta realidad es evidente. Mientras al otro lado de la frontera las localidades cuentan con electricidad permanente y servicios básicos, en territorio chileno hay familias que todavía dependen de generadores a petróleo para tener energía apenas algunas horas al día. Algunos hogares complementan su consumo con paneles solares, pero eso no reemplaza un suministro continuo y estable.

Cuesta entender que en pleno siglo XXI existan compatriotas que no puedan conservar alimentos en un refrigerador, estudiar con herramientas digitales o desarrollar sus actividades productivas con normalidad por no tener electricidad permanente. Esa es la realidad de más de 160 familias de siete localidades de General Lagos.

Esta situación no nació ayer. El proyecto de electrificación comenzó en 2008 y, durante casi dos décadas, enfrentó obras inconclusas, problemas técnicos, dificultades ambientales y una larga cadena de trámites. Mientras tanto, las familias siguieron esperando una solución.

Cuando asumí como gobernador regional, decidí que esta deuda no podía continuar postergándose. No se trataba solo de recuperar una obra abandonada, sino de enfrentar una realidad que afecta la calidad de vida y el futuro de quienes habitan nuestra frontera.

Junto al Consejo Regional, el municipio, los organismos técnicos, el Gobierno Central y CGE hemos trabajado para destrabar los obstáculos y recuperar esta iniciativa. Ha sido un proceso complejo, que ha exigido coordinación y decisiones para avanzar en las autorizaciones ambientales y recuperar la infraestructura.

El proyecto contempla cerca de 94 kilómetros de líneas de media tensión y más de cuatro kilómetros de redes de baja tensión, con una inversión regional de alrededor de $1.500 millones. Su impacto va mucho más allá de las conexiones eléctricas: significa mejores condiciones para las escuelas, las postas rurales, la actividad ganadera, el turismo y los emprendimientos locales.

Pero la electrificación también abre una conversación más amplia: cómo logramos que la frontera vuelva a ser un espacio de oportunidades. Porque una vez que la energía llegue, el desafío no termina. Comienza.

Necesitamos que el Estado mire estos territorios con una lógica distinta. Así como el Gobierno Regional ha impulsado inversiones para mejorar la calidad de vida en zonas despobladas, el país debe debatir mecanismos que incentiven la llegada de actividad económica a la frontera. Facilidades para la inversión, incentivos al empleo y políticas especiales para zonas extremas podrían transformarse en herramientas concretas para combatir el despoblamiento.

No podemos pedirles a las nuevas generaciones que permanezcan en sus localidades si no cuentan con condiciones básicas para construir allí su futuro. Tampoco podemos hablar de desarrollo fronterizo mientras nuestros habitantes siguen viviendo con carencias que en otros lugares del país parecen impensadas.

Algunos podrán preguntarse si una inversión de esta magnitud se justifica para una comuna con poca población. Mi respuesta es clara: el valor de una persona no depende del lugar donde vive ni de cuántos habitantes tenga su localidad. La presencia del Estado no puede calcularse únicamente con criterios de rentabilidad.

General Lagos es Chile. Sus habitantes cumplen un papel fundamental en el desarrollo de nuestro territorio. Vivir en la frontera no puede significar tener menos derechos ni recibir menos oportunidades.

Además, una frontera viva también es una frontera más segura. Donde hay actividad económica, empleo, servicios y familias proyectando su futuro, hay menos espacio para el abandono y para fenómenos asociados al contrabando, el narcotráfico o el robo de vehículos. La soberanía no se ejerce únicamente a través de los controles fronterizos; también se fortalece cuando existen comunidades que habitan, producen y desarrollan estos territorios.

Nuestro desafío es avanzar hasta que estas familias cuenten con suministro eléctrico continuo. No queremos seguir acumulando promesas. Queremos que la energía llegue a los hogares y se traduzca en una mejor vida para las personas.
Porque la frontera no se defiende solamente con presencia institucional. También se defiende entregando condiciones dignas para vivir, trabajar y emprender. Y en General Lagos, esa tarea comienza por encender la luz.