Se dice que, cuando un mal no se vive, se piensa imposible. Lo cierto es que somos tan impotentes frente a la saña de la naturaleza como ésta lo es ante el Antropoceno. Es un mano a mano en el que nunca se sabe quién asestará finalmente el último golpe.
Por suerte, el aluvión de Las Condes no cobró víctimas fatales. Aun así, nadie puede objetar que «El Niño» se ha excedido contra Santiago últimamente. ¿Quién sabe? Tal vez solo añoraba volver a jugar con Iván Torres. Porque atribuir estos eventos al karma —como algunos esputaron— al menos a mí no me hace sentido. De hecho, me resulta perturbador imaginar que el destino utilice semejante modus operandi para andar cobrándose cuentas por ahí. Un fenómeno climático carece de criterio para hacer distingos y fungir como instrumento ejecutor. Dios sí se valió de ello en el pasado… pero juró no volver a repetirlo (Génesis 9:11).
Además, si de eso se tratase, podría atestiguar que he visto a un muchacho de Apoquindo recoger la tapa de su Danky Nogatonga, y también a cerrillanos lanzar el palito de Fruna desde la 101. Pienso que toda desgracia le puede pasar a cualquiera y que aquel que posea mayores recursos podrá recuperarse más pronto, tal como ocurrió tras el aluvión: algunos condinos renovaron sus autos en menos de una semana. Otros continúan trasladándose en Uber Black hasta que su compañía de seguros les responda por la cobertura «a todo riesgo». Los demás, probablemente llevaron sus vehículos al taller, resignándose al rigor de la factura.
A la par de estos sucesos, varios organismos estatales acudieron en socorro de los damnificados de manera tan diligente que su accionar desprendió chispas en las galerías de Santiago y del resto del país, las cuales alegaron que, ante desastres similares ocurridos en sectores menos pudientes y en regiones alejadas de la capital, nunca se vio respuesta tan oportuna por parte del gobierno. Debido a esto, se les acusó de favoritismo y de sesgo social.
Si bien la discusión sobre la hegemonía centralista capitalina es un tema recurrente en nuestro país, algunas de las reacciones del «pueblo» ante la catástrofe de Las Condes revelaron aristas muy preocupantes que fueron abordadas desde la reflexión por diversos personajes y medios de comunicación. Porque, cuando un ciudadano publica en las redes «Me alegro de que les pasen desgracias a los cuicos», ya no se trata de una simple tensión entre clases, sino de un resentimiento ontológico donde la desgracia del otro opera como catarsis punitiva.
Comentarios como estos abundaron en las redes, apoyando la hipótesis de que haber nacido en condiciones económicas menos favorables convierte al otro grupo en merecedor de alguna desgracia. Atribuir a la «justicia divina» la inundación de doscientas hectáreas y más de dos mil viviendas de San Carlos de Apoquindo con un fluido de limo y detritos es desconocer el mandamiento de amor al prójimo que sostiene la doctrina de un país cristianizado.
Debo reconocer que al enterarme de aquello me embargó un profundo sentimiento de vergüenza. ¿Será porque pertenezco a la generación que erguía su pecho orgulloso mientras Don Francisco lloraba en cadena nacional denominándonos «los campeones de la solidaridad»? No lo sé, pero recuerdo a mi hermana gemir frente al noticiero porque un conductor arrolló a una madre con sus hijos en Las Condes… y mi hermana era de Cerrillos. Me acuerdo también de cuando ricos y pobres lamentamos juntos la partida del «Halcón de Chicureo» y de que, sin distinción, todos aplaudimos por los «33». Pero me quedé estupefacto cuando, hace solo unos años, se estrelló el helicóptero de Piñera… ¡y la red fue espameada de memes despiadados!
No sé el cómo ni el porqué, pero en un instante de este siglo el chileno empezó a sucumbir ante la lucha de clases y la envidia maliciosa. Solíamos ser un país de gente cálida y altruista. Pero de un tiempo a esta parte nos estamos perfilando como un pueblo apático, resentido y receloso. Algunos han culpado al choque cultural provocado por la intempestiva apertura migratoria iniciada hace una década; otros aluden a la atrofia del tejido comunitario tras la reclusión pandémica del coronavirus. Sea cual sea el origen del mal, mi temor radica en que dicha erosión de la empatía se torne irreversible.
Lo cierto es que, si existe solución, esta no llegará si continuamos escondiendo la cabeza. Como pregonaba aquel entrañable eslogan de Sprite, digamos las cosas como son: siempre ha habido chilenos resentidos con los ricos. Los desastres naturales son una constante en nuestro país. Pero lo que sí pertenece solo a este siglo es el ostensible hastío en contra de los inmigrantes, la descomunicación patológica con el prójimo y esa impronta del «nuevo chileno» que festeja con indolente descaro la desgracia de sus compatriotas.
Revuélquese la osamenta de Chito Faró y sonrójense las estrofas de su amada «Si vas para Chile» al constatar —tras el reciente desastre— la alevosa antipatía que sienten algunos chilenos hacia el «pueblito llamado Las Condes», comuna que atesoró, en sus años mozos, la dignidad de representar la esencia de un pueblo amable y hospitalario a través de ese himno que rezaba: «Y verás cómo quieren en Chile»…
Resuene aquel verso en nuestras conciencias como el eco de una identidad de la que un día nos enorgullecíamos.
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