La emergencia que se vivió y que todavía afecta a la comuna de Las Condes, producto del aluvión, nos obliga a reflexionar sobre el estado actual de nuestra sociedad. En mi calidad de diputada del distrito 11, lo primero que quisiera decir es que una tragedia humana nunca puede ser motivo de celebración, le toque a quien le toque.

Llama la atención que algunas personas en redes sociales sostengan que los vecinos de Las Condes se merecían esta emergencia por tener más recursos o por haber votado por este gobierno. En verdad sorprende, pero no tanto, porque es una muestra más de la fractura que existe en nuestra sociedad y que requiere urgentemente sanar.

El sociólogo y académico de la Universidad Central, Luis Gajardo, advierte precisamente sobre este fenómeno al señalar que “para muchos sectores, esta situación vivida en la comuna de Las Condes es vista como una especie de justicia divina o natural”. Y agrega: “La catástrofe ya no produce un nosotros unificado, sino que es una forma de reacción a la fractura social. Hay un ellos y un nosotros”.

Yo provengo de Peñalolén, una comuna muy distinta a Las Condes. Sin embargo, eso no altera mi juicio respecto de lo que pude ver en terreno: familias que lo están pasando mal, independientemente de dónde vivan o de los recursos que tengan. Porque no todo se reduce a lo material. También existe una dimensión emocional y psicológica que no podemos ignorar. Por ejemplo, hay quienes se volcaron en sus autos y quedaron atrapados en medio del agua y el barro. Afortunadamente no tenemos pérdidas humanas, pero las pudimos haber tenido.

La lucha de clases, que algunos todavía reivindican, nos ha hecho mucho daño, porque termina enseñándonos a mirar al otro no como una persona, sino como parte de un grupo al que hay que rechazar.

Tenemos que hacernos una pregunta como sociedad: ¿qué nos está pasando cuando somos capaces de alegrarnos del sufrimiento de otro simplemente porque vive en una comuna distinta, piensa distinto o vota distinto?

Este tipo de juicios contamina a niños y jóvenes que, desde muy chicos, aprenden a despreciar a quien tiene más. Pero querámoslo o no, la vida es así. Algunos tienen más, algunos tienen menos, pero lo que hay que enseñarles a todos por igual, provengan de donde provengan, es que las personas no valen por su patrimonio, sino por lo que son.

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Finalmente, agregar que frente a hechos como este, quienes tenemos responsabilidades públicas debemos ser especialmente cuidadosos. Como clase política, tenemos la obligación de dar el ejemplo y fomentar la unidad y la empatía, tanto a través de nuestras acciones como de nuestros discursos.

Podemos tener diferencias profundas, defender proyectos políticos distintos e incluso discrepar sobre la forma de administrar el país, pero nada de eso justifica deshumanizar un hecho como el que se vivió en Las Condes. La ciudadanía necesita liderazgos que contribuyan a acercar posiciones, no que validen el resentimiento ni conviertan cada dificultad en una nueva fractura social.