Señor Director:

El conflicto entre Estados Unidos e Irán podría ser considerado como el primero en que participa el gigante norteamericano en esta Nueva Guerra Fría. La Guerra de Rusia y Ucrania es anterior, pero al parecer su análisis todavía responde a las dinámicas propias del mundo post Guerra Fría entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética.

En primer lugar, llama la atención la actitud predominante en la cobertura del conflicto. Hasta cierto punto, pareciera que existe un verdadero interés por que Estados Unidos sea derrotado, y en algunos casos humillado geopolíticamente.

Por supuesto, esto no es más que una nueva manifestación de un profundo sentimiento antiestadounidense, a lo que de seguro se suma un importante factor: el abierto desprecio por la figura del actual mandatario, Donald Trump.

Pero no deja de llamar la atención que no se informe en detalle el nivel de destrucción a infraestructura crítica (redes eléctricas, acerías, plantas petroquímicas y puertos) en Irán producto de la Operación Furia Épica a contar del 28 de febrero de 2026.

En efecto, se estima que los daños producidos solamente en los primeros tres meses de conflicto podrían alcanzar los 270 mil millones de dólares estadounidenses, con un plazo promedio estimado de reconstrucción de cinco años. Es interesante considerar que estos daños se estiman equivalentes a todos los daños causados durante la guerra Irán-Irak de la década de 1980, con una duración de ocho años.

En segundo lugar, queda abierta la interrogante en torno al éxito de Estados Unidos en la consecución de los objetivos. En efecto, esta situación se produce en parte debido a las declaraciones del propio presidente Trump.

Cuando comenzó la operación, los objetivos declarados fueron terminar con el programa nuclear y con el programa de misiles balísticos de Irán. El problema es que Donald Trump incluyó en sus intervenciones la idea de cambio de régimen. ¿Era el cambio de régimen un objetivo públicamente declarado o no?

Comunicacionalmente no ha quedado claro, y además, en caso de no ocurrir, con justa razón podría considerarse como un fracaso.

En este sentido, tiene más importancia entender por qué el presidente Trump se arriesgó a mencionar el cambio de régimen públicamente, más allá si era o no uno de los objetivos de la operación.

Finalmente, pareciera que hay dos ausentes en este conflicto: China y Europa. El gigante asiático decidió no intervenir directamente, y al parecer, tampoco indirectamente.

No es que la situación en el Estrecho de Ormuz no le afecte, pero es importante recordar que China no es la Unión Soviética, y que su matriz para la toma de decisiones es otra.

Europa, por su parte, sigue administrando lo que ya puede ser calificado de ocaso o decadencia como actor geopolítico relevante. En efecto, su negativa a colaborar con Estados Unidos terminó siendo del todo irrelevante, al igual que su ausencia del conflicto.

Alvaro Iriarte
Director de Contenidos Instituto Res Publica