Muchos políticos utilizan el populismo a sabiendas de que sus medidas no entregarán una solución real. Y seamos claros: debemos diferenciar entre apuestas políticas que escapan de la teoría y pueden ser verdaderos avances, y aquellos casos en los que saben muy bien cuál es la solución, pero no la aplican porque no es popular.

En el caso de las pensiones, por ejemplo, estos políticos hacen creer que la solución para ellas puede surgir de diversas fórmulas casi mágicas, como ocurrió con el intento de la exministra Jara de modificar completamente el sistema de AFP, que terminó en una reforma que comenzaremos a experimentar desde el próximo año, pero que, si bien no es catastrófica como la propuesta inicial, no soluciona el problema y nos quita libertad con la aplicación de fondos generacionales. Además del presunto préstamo al Estado, que, si bien mientras no exista incumplimiento mantiene esa calidad, aparte de abrir una puerta al reparto, no acarrea una real certeza de restitución.

Menciono esto porque, cuando participé en la mesa técnica de pensiones convocada por la, en aquel entonces, ministra del Trabajo, Jeannette Jara, en el año 2023, logré apreciar cómo los técnicos economistas de todos los sectores (Gallegos, González, Muñoz, Charme, Solimano, Chahín, entre otros) coincidían en que, sin importar si el sistema era de reparto, cotización individual o mixto, los problemas reales y que no se solucionarían por los políticos porque ello no era popular, eran: aumentar la edad de jubilación, tanto para hombres como para mujeres; adoptar medidas que permitan evitar las lagunas durante la vida laboral, cubrir el periodo de infancia, niñez y juventud para que existiera un ahorro incluso previo a iniciar su vida laboral; aumentar la tasa de cotización; y, al mismo tiempo, generar mecanismos que permitieran mejorar los ingresos sin provocar un sobrecalentamiento de la economía.

Es en medio de esta lógica, utilizada por parte de nuestra clase política, que las pensiones difícilmente pueden mejorar. Y esto nos lleva al tema central de esta columna, porque esta problemática esconde una contradicción que pareciésemos no querer mirar.

Le decimos a las personas que deben trabajar durante años, que necesitamos aumentar la cantidad de años de cotización, que debemos fortalecer las pensiones y que una sociedad que envejece necesita que sus trabajadores permanezcan activos por más tiempo. Pero, al mismo tiempo, después de los 40 años comienza a hacerse cada vez más difícil encontrar un empleo y, después de los 50, el problema puede transformarse en una verdadera pesadilla.

Los datos son preocupantes. En septiembre de 2026 se ha conocido que profesionales mayores de 50 años pueden tardar casi 15 meses en encontrar un nuevo trabajo. No estamos hablando de personas que necesariamente hayan perdido sus capacidades, sus conocimientos o sus ganas de trabajar. Estamos hablando de personas que todavía tienen años de vida laboral, pero que comienzan a enfrentar un mercado que parece valorar cada vez más la juventud y cada vez menos la experiencia.

¿De qué sirve decirle a un trabajador que debe permanecer hasta los 65 años en el mercado laboral si el propio mercado comienza a cerrarle las puertas cuando todavía le quedan décadas de capacidad productiva? Este problema no puede reducirse solamente a las pensiones ni a las cotizaciones. Las cotizaciones son una consecuencia de algo mucho más importante: tener un trabajo. Y precisamente ahí está el verdadero problema que debemos comenzar a discutir.

Nuestro país está envejeciendo aceleradamente. Si algún político apuesta a que hijos de inmigrantes que ingresaron ilegalmente a Chile sean la futura fuerza laboral, están jugando con el destino. Nuestra tasa de natalidad ha disminuido y, por lo tanto, las próximas generaciones serán cada vez menos. Y, al mismo tiempo, aumenta la esperanza de vida, lo que significa que tendremos una sociedad con más personas mayores y, potencialmente, menos trabajadores jóvenes disponibles para sostenerla.

Sin embargo, cuando hablamos de empleo, la mirada de los últimos gobiernos continúa concentrándose en cómo incorporar a los jóvenes al mercado laboral. Y, por supuesto, que debemos preocuparnos de ellos, pero ¿qué ocurre con quienes tienen 40, 50 o 60 años?

Pareciera que estamos mirando solamente la puerta de entrada al mercado laboral y hemos dejado de mirar todo lo que ocurre después. Una persona de 50 años no es una persona que haya terminado su vida productiva. En muchos casos posee décadas de experiencia, conocimientos adquiridos, redes profesionales, capacidad para resolver problemas y una comprensión de su oficio que difícilmente puede adquirirse en una sala de clases. Entonces, ¿por qué estamos tratando esa experiencia como si fuera una desventaja?

Hoy, cuando el Estado prioriza políticas públicas para fomentar el empleo joven, el porcentaje de jóvenes llamados “ninis” (que no estudian ni trabajan) alcanzó un 21,6% en el segmento etario de 25 a 34 años durante el trimestre mayo-julio de 2026. Porcentaje al que debemos sumarle a los jóvenes que estudian y no trabajan. En este sentido, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Empleo (ENE) procesada por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y analizada por el Barómetro Laboral del CIES de la Universidad del Desarrollo, la población juvenil en Chile (de 15 a 24 años) se distribuye principalmente entre la formación académica y el empleo.

En primer lugar, los jóvenes que se dedican exclusivamente a formarse (estudian y no trabajan) representan aproximadamente el 40% de este segmento. Por otra parte, la inserción laboral combinada con la educación es más acotada: se estima que solo entre un 9% y un 11% de los jóvenes logra estudiar y trabajar simultáneamente en el país, desempeñándose en su gran mayoría bajo la modalidad de jornada parcial.

Entonces, si lo pensamos, hemos construido un sistema en el que cada vez comenzamos a trabajar más tarde. Pasamos por el jardín infantil, la educación básica, la enseñanza media y luego ingresamos a carreras universitarias que, en muchos casos, se extienden durante varios años. Después vienen los diplomados, los magísteres, los MBA, los doctorados y una interminable necesidad de continuar acumulando certificaciones para demostrar que seguimos siendo empleables.

Necesitamos una política laboral que deje de mirar la edad como una barrera y comience a verla como un activo. Y aquí quiero ser claro: no se trata de obligar a las empresas a contratar personas mayores por ley. Se trata de generar las condiciones para que resulte conveniente hacerlo. Incentivos a la contratación, capacitación y reconversión laboral, modalidades de trabajo compatibles con distintas etapas de la vida y, especialmente, una cultura social que comprenda que la edad no es sinónimo de invalidez.

Hoy, cuando una persona mayor pierde su trabajo, muchas veces termina buscando las pocas alternativas que el mercado parece dispuesto a ofrecerle. La conserjería, por ejemplo, se ha convertido en una alternativa frecuente para personas que necesitan continuar trabajando, y no hay absolutamente nada indigno en este trabajo, pero el problema es otro: ignorar que una persona cuenta con décadas de experiencia profesional, conocimientos técnicos o capacidad de gestión, y normalizar que termine siendo considerada únicamente para aquellas labores que el mercado todavía está dispuesto a ofrecerle por su edad.

¿Hasta cuándo empujaremos a las personas a la informalidad? ¿O acaso creemos que alguien que no encuentra un empleo estable va a emprender de la nada y pagará impuestos, con la asfixiante carga impositiva que existe hoy?
Tenemos que comenzar a preguntarnos qué trabajos podemos crear para una sociedad que inevitablemente tendrá cada vez más personas mayores. No podemos suponer que todos encontrarán una segunda vida laboral como conserjes, ni que bastará con capacitar a los jóvenes para resolver el problema. Necesitamos aprovechar la experiencia de quienes ya están preparados. Y aquí está, a mi juicio, el verdadero desafío.

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Nuestra sociedad está pensando demasiado en lo que necesitamos producir hoy y demasiado poco en la estructura laboral que necesitaremos dentro de veinte o treinta años.

No podemos pedirle a una persona que trabaje hasta los 65 años si a los 45 el mercado laboral ya comenzó a considerarla no contratable. Por esto, reitero que ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente cómo conseguir que los jóvenes encuentren su primer empleo y comenzar a preguntarnos cómo conseguiremos que los trabajadores de 40, 50 y 60 años puedan encontrar el siguiente.

Si queremos mejorar las pensiones, necesitamos cotizaciones. Si queremos cotizaciones, necesitamos empleo. Y si queremos empleo, debemos construir un mercado laboral capaz de valorar tanto la energía de la juventud como la experiencia de quienes llevan décadas construyendo este país.